El ruido que llevamos dentro

¿Cuándo fue la última vez que estuviste en verdadero silencio?

No en ausencia de sonido. Sino en quietud interior. Sin que la mente estuviera procesando, planeando, recordando, juzgando. Sin esa voz interna que nunca para.

Para la mayoría de nosotros, ese momento cuesta recordar.

Vivimos en una época de ruido sin precedentes. No solo el ruido exterior —las notificaciones, las noticias, el tráfico, las conversaciones. Sino el ruido de adentro: la mente que salta de pensamiento en pensamiento sin descanso, como una llama que el viento no deja quieta.

Los investigadores en neurociencia lo llaman “mente errante”. Estudios muestran que pasamos casi el 47% de nuestras horas despiertas pensando en algo diferente a lo que estamos haciendo. Y ese estado de distacción constante está directamente relacionado con el malestar emocional.

Pero esto no es solo un problema moderno. El Salmo 46 lo dice con claridad: “Estad quietos y sabed que yo soy Dios.” El mandato no es solo externo —es interior. Dios habita en el silencio. Y si nuestra mente nunca descansa, ¿cómo vamos a escucharlo?

San Juan de la Cruz lo describió con una imagen hermosa: el alma es como un lago. Cuando está agitado, no puede reflejar nada con claridad. Pero cuando se aquieta, refleja el cielo entero.

El ruido interno no es un defecto de carácter. Es la condición natural de una mente sin entrenamiento. Como el agua de un río que siempre corre —no porque sea mala, sino porque esa es su naturaleza.

La buena noticia es que el silencio interior no se fabrica. Se descubre. Ya está ahí, debajo del ruido. Como el fondo quieto del océano, que permanece en calma aunque la superficie esté agitada.

Este minicurso es una invitación a encontrar ese fondo. No es una técnica de relajación. Es un camino antiguo —practicado por contemplativos y orantes de todas las épocas— de regresar a la presencia de Dios que ya habita en nosotros.


Momento de reflexión

Cierra los ojos por un instante. Sin hacer nada especial. Solo observa: ¿qué está pasando en tu mente ahora mismo?

No lo juzgues. Solo míralo, como quien mira pasar nubes desde una ventana.

Eso que notaste —esa actividad constante— no es el problema. Es el punto de partida.


Práctica del día (5 minutos)

Reserva 5 minutos hoy. Siéntate en un lugar tranquilo. Cierra los ojos.

No intentes vaciar tu mente —eso no es posible ni necesario. Solo observa los pensamientos sin seguirlos. Cuando notes que te fuiste con uno, regresa suavemente, sin juzgarte.

Al final, di en voz baja o en el corazón:

“Señor, aquí estoy. En el silencio, te busco.”

Eso es todo. Ese gesto sencillo, repetido con constancia, es el comienzo de todo.

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