En este texto podemos ver cómo se da el paso de las “obras” de Jesús a la “gran obra” reveladora de Dios en la Cruz. Como dice Jesús: ‘Crean al menos por las obras, y así sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre’ (10,38).

El evangelio de Juan no es de un fácil triunfalismo. La fuerza y la tenacidad del mal, la apatía, que a causa del pecado, se encuentra incluso en el corazón de los hombres de buena voluntad y les lleva a malinterpretar y a rechazar al Verbo enviado al mundo.

Ya vimos ayer cómo los adversarios no logran comprender de dónde proviene Jesús y, peor, le rechazan porque la consideran una herejía su afirmación de que él viene de Dios y es manifestación viva del mismo Dios de la Alianza revelado en la historia del pueblo.

Ahora nos situamos en nuevo contexto. Jesús acaba de contar la alegoría del Buen Pastor (Juan 10,1-18) y de exponer como son sus relaciones con su comunidad (10,22-30).

Ocurre entonces que el auditorio se divide en dos: un grupo lo rechaza agarrando piedras para tirarle (10,31), pero otro cree en él (10,41-42)..

Primero, el punto crítico:

Los adversarios reaccionan ante la declaración de Jesús sobre su comunión profunda con el Padre:“Yo y el Padre somos uno” (10,30).

Ellos dicen que se trata claramente de una blasfemia: “Tú siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (10,33).

Pero Jesús replica: “A aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’?” (10,35-36).

Entonces exhibe la credencial, el certificado de sus obras: Muchas obras buenas que vienen del Padre les he mostrado… Crean por las obras, y así sabrán y conocerán que el Padre está en mí y yo en el Padre” (10,32.38b).

Importante este punto. Jesús habla de obras, no ‘milagros’. En el evangelio de Juan se habla de ‘signos’ porque lo importante es lo que está detrás de cada hecho, esto es, nos remite al conocimiento de Dios y de su intervención salvífica.

Por eso va más allá del milagro como hecho extraordinario, en las acciones de Jesús hay una narración de Dios, un lenguaje que hay que leer y traducir.

¿Qué se aprende?

  1. Que el Hijo está en el Padre en una relación de armonía perfecta de pensamiento y de acción (10,38).
  2. Que Dios está ofreciendo al mundo salvación por medio de su enviado, que es su Hijo.

Por lo tanto hay que conocer mejor a Jesús si no se quiere falsear su misión, desconocer su identidad implica perder su oferta de salvación.

Las obras son indicadores que llevan a la fe, que invitan a una relación de comunión profunda con Jesús y en esta comunión con Jesús participa de la relación de amor que sostiene con el Padre.

Segundo, estamos llamados a reflejar la luz de Dios en nuestras obras

En medio de la discusión los adversarios afirman que no rechazan a Jesús por sus obras buenas sino por una blasfemia: presentarse como Dios.

Jesús entonces cita la Escritura (10,34): ‘Yo os he dicho, dioses sois’ (Salmo 82,6). Por tanto si esto se dice del hombre, ¿qué no se deberá decir de ‘aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo’? (10,36).

La afirmación es sobre Jesús, pero tiene consecuencias para el discípulo:

Uno. Ser persona en el proyecto de Dios quiere decir hacerse como Dios. Esa es nuestra vocación y a veces se nos olvida: la comunión con Dios. Fuera de la comunión con Dios nuestra vida siempre estará incompleta.

Esto mismo lo dice claramente la segunda carta de Pedro 1,3-4, un pasaje que vale la pena recordar:

‘Su potencia divina nos ha dado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad [una vida santa], mediante el conocimiento perfecto del que nos llamó con su poder y su gloria. Con ello nos ha dado bienes grandísimos y preciosos que nos habían sido prometidos, para que por medio de ellos seamos partícipes de la naturaleza divina’.

Lo que Jesús comunica es que Dios desea compartirnos su misma naturaleza, él que la pone a nuestra disposición por medio de todo lo que realiza con nosotros.

Dos. Para ello tenemos que leer las obras de Jesús. Dios ha escrito lo que él es en la persona de Jesús, Verbo encarnado. Su vida es narración de Dios y todo lo que hace habla alto. Así con cada una de sus obras y particularmente con su gran obra que ocurre en la cruz.

Tres. Dios continúa haciendo esas obras. Sus signos y el gran signo de la Cruz están ante mis ojos, en están a cada paso de mi vida. Entonces, o los acepto o les tiro piedras.

Quizás el problema hoy no sea tanto el de las piedras de nuestra aversión declarada, sino las de la indiferencia ante sus signos. El problema es la ceguera y la sordera intencional para no captar las evidencias que Dios pone ante mí.

La indiferencia no sólo perpetúa la pasión de Cristo, termina por apagarnos a nosotros mismos sepultándonos en la tumba de nuestra insensibilidad.

Cuatro. Queda abierta la cuestión: si las obras son la ruta que conduce al negación o a la captación de la revelación de Dios en Jesús, ¿qué sucederá con la gran obra, que es su muerte en la Cruz?

Tercero, la luz positiva de los que que sí creen

Hay un grupo que es sensible, que abre los ojos como los abrió el ciego de nacimiento, y recibe a Jesús con docilidad : “Y muchos allí creyeron en Jesús” (10,42).

Estas personas ven en Jesús la realización completa del anuncio de Juan bautista: ‘Juan no realizó ningún signo, pero todo lo que dijo Juan de ése era verdad’ (10,41; ver 1,29-30).

Entonces, quienes dan el paso de la fe, en este evangelio, son aquellos que han sido testigos del obrar de Jesús y captan su sentido a la luz del testimonio del profeta. En un pasaje anterior que leímos la semana pasada, los tres testigos eran: Juan Bautista, las obras y la Escritura.

En fin…

Por detrás de todas estas palabras de Jesús es bello encontrar a un Dios sediento, a un Dios que tiene ganas de amistad conmigo y que me tiende la mano. Un Dios que me da señales, que me hace guiño de ojo para que venga donde él.

Y él quiere que en comunión con él, me haga como él, que sea imagen y semejanza de él, siendo como él. La invitación es a ‘poner cara de Dios’ en todo lo que hago, es decir, reflejar en mí su luz, su rostro, su manera de ser.