Hace mucho asistí a un Congreso Nacional de Jóvenes donde el día final hubo un momento de adoración y oración. Los participantes estaban conectados desde un principio con aquel momento tan sublime. Al terminar, una señora que estaba a mi lado se me acercó para decirme cómo había sido su experiencia. En el transcurso de la conversación me preguntó qué había sentido en la oración, mientras buscaba la manera de responderle, ella me decía con cierta solemnidad: “Sentí un calor profundo que me erizaba la piel y un cosquilleo en mis brazos…esa era la presencia del Señor” Aún no tenía la respuesta, pero me sentía tan pequeño ante la descripción de aquella señora que pensaba en responder algo parecido.

En ese instante, su acompañante interrumpió la conversación contando su experiencia: “Sentí un fuego que me recorría por dentro…fue maravilloso” Entonces miré a mi alrededor y había pequeños grupos de personas que hablaban de su experiencia. Sentía pánico, pero respondí con la verdad: No sentí nada. Los rostros de ambas mujeres se miraron sorprendidos que no dijeron palabra alguna. Pasado unos minutos se despidieron.

Esto me pasó a mí, es posible que a ti también. No estoy en contra con el sentir en la oración, pero no podemos basar siempre que para que nuestra oración sea eficaz debe haber un sinnúmero de emociones y ese es el primer error de muchos de nosotros, creer más en la emoción que en el poder de la oración. La acción del espíritu santo es distinta para cada persona. Muchas veces el espíritu regala paz, alegría, gozo, silencio, serenidad, etc.

La oración es un encuentro cara a cara con Dios que nos lleva siempre a su presencia y es por eso que es un momento sublime, único. Muchas veces escuchamos oraciones que parecen una lista de mercado o aquellas que son quejas y más quejas…Si, es claro que existen momentos difíciles, y peticiones que necesitamos, pero también podemos dar gracias, alabarlo, contemplarlo. Son formas de oración que son válidas para alabarle, lo cual también nos lleva a nuestra posición ante la oración en el que cualquiera es libre de hacer.

Hay personas que prefieren estar de pies, otras, de rodillas, sentadas, etc. No hay una posición estandarizada para orar, la única posición es en la que te sientas cómodo y te entregues a la acción de Dios. Por último, La oración debe ir acompañado de la acción. No podemos orar y luego no hacer por lo que pedimos. Eso sería hacer algo por hacer. Por ejemplo: si pides a Dios paz, ten la certeza que encontrarás situaciones donde tendrás que poner en práctica la paz, si pides tolerancia, tendrás momentos de tolerancia con tus allegados. La oración no es acto de magia, es un acto de fe.

Hoy abre tu corazón para vivir a Jesús en la oración.

No te preocupes si hay silencio, muchas el silencio es el ruido que Dios hace para hablarte al corazón. Y si no sabes que decirle, te regalo esta pequeña frase para motivar tu oración personal: “Señor, quisiera que cada latido de mi corazón sea una oración para ti, así mis días serían en tu presencia”.

Tarea: Dedicó veinte minutos diarios para orar a Dios.