Con relativa libertad inicie el descubrimiento del mundo, lo hice gateando. El vestido obligatorio para ese deporte era una batica unisex, a la que se hacía un nudo para asegurar la felicidad de los desplazamientos.

Así recorrí primero la habitación natal, cuarto amplio con tres puertas. En el centro estaba la cama de madera, donde dormían mis padres, y un escaparate grande, para la ropa. Al retirar alguno de sus cajones, se tenía un acceso a otros cajoncitos escondidos, que llamábamos “las secretas”.

Ese cuarto paterno abría una de las puertas hacia el claustro principal, otra hacia el claustro posterior y la tercera hacia el comedor. También esta se comunicaba por una puerta muy ancha con el claustro principal y por una puerta lateral con un zaguán que unía ambos claustros.

En el comedor estaba la mesa alrededor de la cual se congregaba toda la familia, para sentarse a manteles había taburetes, con armazón de madera y asiento de cuero o “de vaqueta”. Al fondo de ese cuarto estaba el seibó, de madera y vidrio, en donde se guardaban la vajilla de porcelana y una jarra de cristal, con sus vasos engalanados con un molino de viento, cuyas aspas parecían moverse.

Frente a la habitación de mis padres, al comedor y al zaguán aledaño a éste, y flanqueado por cuatro corredores entablados, estaba el patio central, cruzando por dos caminos perpendiculares entre sí y por dos diagonales, todos en piedra. Esos senderos formaban ocho eras, sembradas rosas, novios, geranios y espuma de mar.

Atravesando el patio se llegaba a la antesala, a la sala y al zaguán de la entrada. La antesala se convertía a veces en pieza de huéspedes. La sala se engalanaba con un juego de muebles de Viena, elegantes y discretos: un canapé, dos sillas mecedoras, dos sillones, una mesa redonda en el centro y seis taburetes. En las paredes de la habitación resplandecían dos espejos de cristal, con marcos dorados, y en la mesa central dos porcelanas: un niño, una niña, y un par de caballos. Una imagen del corazón de Jesús añadía un toque de respeto y

devoción a la sala, reservada a las visitas. Finalmente un contra portón daba acceso a un zaguán con piso embaldosado al termino al cual se abría la puerta de la calle. También con la calle se comunicaban la sala y la antesala por medio de sendas ventanas, en madera, terminadas con balaustres arrodillados.

Pero no salgamos de la casa, sin haber visto el claustro interior. A él se llegaba por el segundo zaguán que desembocaba en un espacio amplio. Tres corredores, protegidos por barandas de macana, flaqueaban “el patio de atrás”.

Sobre uno de los corredores se abría la cocina, y en el del frente, tres recintos: el cuarto del perro o de san alejo, la habitación del servicio y el escusado, en donde había un sanitario de tanque elevado y su cadena para halarlo, cuya corriente causaba, al descender, un ruido característico. Allí se apilaban también: bacinillas de peltre, llamadas popularmente beques o micas, o, según San Pablo “vasos de ignominia”, cada noche se distribuían, bajo las camas, para evitarnos salidas bajo el frio de la media noche o la madrugada, y luego retornaban a su puesto habitual.

En Antioquia se usa la expresión “más ordinario que un beque de higuerón”, o “de yarumo”, y se ha popularizado ese instrumento en muchos dichos y coplas, como la que dice:

“una vieja se comió
Tres libras de mantequilla,
Y a media noche decía:
‘préstenme la bacinilla’”

O esta otra:

“oiga, señor carpintero,
Le manda a decir mi mamá
Que por cuanto le hace un beque
Que suba solo a la cama”

Eso lo desearía el avaro, de que hablaba Emilia Sánchez que, en sus estertores, empezó a señalar algo bajo la cama. La gente pensaba que quería revelar el lugar donde ocultaba su dinero. Pero él, al verse incomprendido, saco fuerza de su debilidad y dijo con voz tonante: “el beque”.

En un rincón del escusado, en un cajón, quedaba los modestos limpiones (trapos de inmundicia, dice la profeta Isaías), que luego se reemplazaron por cuadritos de papel periódico mientras inventaban el papel higiénico.

Unas escalas de piedra descendían hasta el patio en donde se lavaba la ropa. A su alrededor, en sótanos, posibles por el terreno quebrado de mi pueblo natal, se hallaban el cuarto de carbón, el sanitario del servicio doméstico, el subterráneo, con su oscuridad misteriosa y la puerta que daba ingreso al solar. Este ocupaba el espacio posterior de la casa. Al fondo, cerca al muro de tapia, atravesaba un caño para las aguas lluvias, en el centro se alzaban dos árboles de durazno, no muy generosos en sus cosechas, algunas matas de uvitas o de cartuchos blancos y una piedra con dos niveles en forma de sofá, lugar apropiado para la lectura y los baños del sol. El resto lo cubrían algunas matas de ruibarbo, pues aunque en la casa había azadón, pala y barra, nadie en la familia tenía vocación de agricultor.

Por ese lado oriental, la casa se abría sobre un panorama extenso: campiñas Verdi azules, maizales, espigados y huertas de legumbres se avizoraban sin obstáculos desde una ventanita del baño, que se convertía periódicamente en solitaria atalaya para descubrir lejanías.

Esa fue la casa que recorrí gateando primero y, luego, con pasos inseguros que se fueron afirmando y me permitieron seguir descubriendo y explorando territorios. Con el tiempo papá amplió las posibilidades del hogar: en el más ancho corredor del primer claustro construyó tres habitaciones, entre la antigua pieza del fondo y la antesala, y así configuro una galería de cinco dormitorios. Uno de los nuevos cuartos se denominó “el del radio”, y era lugar de encuentro para toda la familia en la noche, para escuchar las noticias, alrededor de nuestro enorme aparato Philips.

Otra de las nuevas habitaciones, la del centro, se iluminaba con una ventana, que daba al patio central. Éste también conoció las huellas del progreso, pues sus caminos de piedra y sus jardines desaparecieron bajo el árido cemento. En reemplazo de algunas materas de flores adornaron los pilares que flaqueaban los tres corredores supérstites.

También el patio de atrás recibió los cuidados arquitectónicos de papá: las escalas se en cementaron, un baño de agua caliente y un nuevo lavadero nos brindaron sus servicios, y en la parte superior, cerca de la cocina, se habilitó con anchas tablas un cuarto, llamado, para usar un antioqueñismo. Del rebrujo, con estantes en sus cuatro lados y otro en el centro. Solo quedaba libre el sitio de la puerta. Allí se iban depositando objetos diversos: las cajas con “las cosas del pesebre”, las herramientas para elementales trabajos de electricidad y carpintería, y toda suerte de cachivaches, porque “eso servir el día menos pensado”. Esta habitación descargo el antiguo “cuarto del perro”, que quedó reservado para periódicos y revistas viejos.

Estas dos habitaciones se unían por un corredor, en el que había dos mesas de madera, sencillas y largas. Era el sitio apropiado para aplanchar ropa, lo que se hacía con una plancha eléctrica después de que, depositada en canastos, se hubiera lavado y secado al sol en las barandas o en alambres tendidos entre los pilares del claustro de atrás. La operación terminaba en el remendado y el reemplazo posible de botones.

Parecerá prosaico que me haya extendido en descubrir mi casa, no sé si mucha gente aprendió a gatear en la calle. Yo lo hice en los corredores de esa morada, y quizá por ello prefiero conversar en una sala, y leer en una habitación y escuchar música bajo el techo solariego, a estar girando por los cafés, rondando por almacenes. Y lagarteando favores en las oficinas públicas. Nací para vivir en la casa y no en la calle. Tan cierto será esto que en la familia se hizo proverbial una frase para aludir a uno de mis hermanos: “Jorgito, el de la casa”. Así somos nosotros, tenemos el alma cosida a las paredes que nos albergaron cuando pequeños.

Por supuesto que esa evocación de la casa natal no tiene para nosotros la tristeza que García y Vigil.Robles reflejaban en sus cuatro Milpas, o la de Jorge Molina en el bambuco Las Acacias, o del poeta Carlos Castro Saavedra en su poema «Epitafio», que culmina con el verso: «Ésta casa está vacía, aquí no viene nadie».