Dentro de las escenas de la Semana Santa, una de las que más me atraen y me sitúan en profunda reflexión, son las palabras de Jesús en la cruz, que retomadas desde los evangelios y enmarcadas en las últimas horas del Señor, exponen un enriquecido testamento espiritual, dirigido a toda la humanidad y sus dolores, dirigido a todo el orbe, expuesto ante los ojos de quienes presenciaron la pasión y que gracias a la tradición de la Iglesia se conserva y reserva hasta nuestros días.

En la cruz, contemplamos a un Dios que habla, que no se queda callado y que hasta último momento quiere revelar su voluntad; esta vez, en el momento clave de la historia de salvación en la que su hijo, colgado del madero santo cuando todos lo dejaron solo y guardaron silencio, cuando los que hablaron solo lo hicieron para acusarlo y ponerlo ahí, Él abre sus labios y pronuncia sus últimas palabras en la tierra, para acallar los corazones obtusos que hasta ese momento no comprendieron quién era él, ni a qué había venido, para que quizá, un poco tarde, como diría el centurión dijéramos todos: “Verdaderamente, este era hijo de Dios (Lc 23, 47)”.

Las 7 palabras, son un increíble tratado sobre la misericordia, sobre la preocupación divina por el drama humano, sobre el cómo Dios, pone sus ojos en las situaciones de dolor de la humanidad y trata, a toda costa de darle consuelo y verdad.

1. Del Perdón ante la pérdida de los límites en el actuar humano: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» (Lucas, 23, 34)

Los que acusan y condenan a Jesús, desconocían finalmente quién era él. Lo que hacen es enfrentarse a una figura que desestabilizaba el orden cotidiano y sus actos distaban del establecimiento judío; por consiguiente, la ley permitía la condena y la eliminación de toda oposición fuera ideológica o de comportamiento.

Cuando defendemos algo que supere la condición humana, cuando establecemos vallas con alambre de púas entre ciudadanos de mejor o menor calidad, cuando la vida vale lo que vale una apuesta de casino, cuando ponemos por encima de la dignidad algunas normas que no tienen nada que ver con la misericordia, estamos llevando demasiado lejos los límites del buen obrar, para ponerlos en función del solamente cumplir.

No sabemos lo que hacemos. No sabemos hacia dónde conducir la existencia, en tanto que hemos olvidado al Señor, hemos olvidado su palabra, hemos olvidado el sentido de la ley superior que él ha propuesto, una ley basada en el amor y en la acogida al que sufre.

Jesús, pide perdón al Padre por nosotros, porque ve quizá que esa humanidad no ha entendido que lo único y absolutamente defendible es la felicidad del ser humano, que lo único imperdible y nunca negociable es la dignidad, esa que a veces hemos vendido por 30 monedas de plata, para entregar al patíbulo a quienes amamos. Jesús, pide perdón por nosotros, porque ve que no sabemos actuar correctamente y nos alejamos paso a paso, hacia el abismo de la individualidad y el desconocimiento del otro.

La esperanza, es la entrega. Ver en Jesús, la entrega total y final en el proyecto del Padre, y cómo esta nos da un qué hacer. Descubramos que el mejor proyecto y meta, es el de Jesús, el de su entrega y el de su total abandono en el Padre.

2. De una promesa de protección, ante la Dificultad: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.» – (Lucas, 23, 43)

Jesús, el que durante su vida pública y trasegar por Galilea se hizo célebre, comenzó a verse rodeado de cientos de personas, empezaron a seguirlo, le esperaban a vera del camino, peregrinaban para verle y escucharle. Tanta era la multitud, que en un momento el mismo Jesús se siente apretujado (Lc 8, 45) y casi que no podía ni caminar ante la cantidad de gente que le acompañaba, era un hombre reconocido por sus hechos y palabras y permanecía rodeado de de muchos.

Qué contraste nos presenta la cruz. Aquel, que estuvo siempre acompañado, hoy está solo. Sus seguidores lo abandonaron, los mismos que le ovacionaban, acaban de gritar “Fuera, Fuera, Crucifícalo” (Lc 23, 20) hoy está en el calvario, con 2 ladrones: uno a su izquierda y otro a su derecha.

El drama humano, que en sus soledades y pecado ha encontrado las puertas de la muerte, encuentra las puertas del paraíso al estar al lado del hombre justo que ha sido crucificado y que promete protección en ese momento de dolor.

La Soledad de Jesús, acompaña la soledad del ladrón, en tanto que éste tiene miedo, al sentirse morir allí clavado y pide a otro reo de muerte que no se olvide de él y que lo lleve al paraíso. La respuesta de Jesús, no es más sino la protección de parte de Dios, en la soledad de los hombres, que claman en medio de la angustia, un bálsamo que sane el dolor ante la inminente llegada del final.

3. De la entrega de lo más preciado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Ahí tienes a tu madre.» – (Juan, 19, 26-27)

En los momentos definitivos de la vida, se toman decisiones trascendentales. Muy pocas veces estamos preparados, para entregar, para soltar, para desapegarnos de personas, situaciones y aún recuerdos.

En el drama humano, presentado en la cruz, vemos a un hombre que en un estado agónico, en un estado de dolor extremo, tiene un gesto de desapego inédito, en el que se desprende de lo más preciado para cualquier ser humano: su madre.

En la soledad de la cruz, en un acto de profunda libertad, Jesús le confía al discípulo que tanto amó, el cuidado y la protección de su madre. En el contexto judío y si bien la palabra no da referencias evidentes de un posible estado de viudez de María, a esa altura, muriendo su hijo, ella quedaría como una desarraigada, sola, con muchos menos derechos de los que ya tendría una mujer promedio de su época.

Pero María, no es una carga, María no es un encargo de Jesús, María es un tesoro heredado, María es la compañía última de aquel que se quedó solo en una cruz, María es lo último (no lo menos importante) que Jesús entrega, para que sea el todo que tendremos que conservar, para que sea la mejor herencia.

4. De la Angustia ante la Soledad y el Dolor: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» – (Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34)

Si hacemos eco del capítulo 2 de la carta a los Filipenses, en donde San Pablo nos deja claro el perfil del Jesús que se abaja y se entrega hasta la muerte, una muerte dolorosa y que convalida su condición humana al igual que la divina, en tanto que el dolor experimentado supera cualquier umbral y que puede entregarnos desde el testimonio de la palabra, rasgos de la increíble personalidad de Jesús.

Él sufrió y padeció hasta el límite de lo humano. En medio del momento crítico retoma las palabras del Salmo 22, en el sufrimiento y a la vez en la expresión de esperanza que clama a su Padre, al que llama con angustia pidiendo su auxilio.

Jesús, encarna el drama humano de los desprotegidos, los denigrados, los que han sido despojados de todo y que claman al cielo esperando respuestas. Expresar la desazón en este momento de la pasión, no refiere un acto de desconfianza ante Dios, el Padre no está ausente, el Padre no permanece estático frente al sufrimiento de su hijo, el Padre está recibiendo el clamor de sus hijos confiados y lo transforma en redención.

5. De lo que nos falta y solo Dios nos da: «Tengo sed.» (Juan, 19: 28)

En la hora definitiva, Jesús entrega una última palabra dirigida a la humanidad, dirigida a los pocos que quedaban allí, dirigida a los pocos que tuvieron alcance a esa escena. Le alcanzan una esponja con vinagre (Jn 19, 20) y recibe el último trago amargo de la condición humana que le niega y no le acepta.

Jesús, hace su última petición a la humanidad, pidiéndole saciar una sed que (cercana a la muerte) reviste el deseo de un condenado que pide muy poco a aquellos que lo contemplan. ¿Cuál es la respuesta humana? la respuesta es la amargura con la que respondemos al clamor de los hermanos.

Todo el tiempo, los pobres, los oprimidos, los desplazados, los enfermos, los diferentes, los expulsados nos gritan en el rostro TENGO SED, y nuestra respuesta es el vinagre de la indiferencia, el vinagre del desconocer, el vinagre del dolor.

Jesús, encarna el drama humano, de una sed que tenemos que ayudar a saciar entre todos, que nos debe interpelar, que nos debe poner en situación y actitud de misericordia.

6. De una firmeza inquebrantable: «Todo está cumplido.» (Juan, 19: 30)

¿Qué se cumple a esta hora? Es la frase de un hombre honesto y completamente seguro de que su labor, su trabajo y su misión se han llevado a cabo. Solo aquel que ha trazado un camino honesto y confiado en la gracia de Dios, al final de su vida puede decir esta frase, puede declarar que se ha hecho todo lo que se tenía que hacer.

Jesús, nos propone el camino de la rectitud, el camino de la honestidad. Él mismo como ejemplo de vida y de seguridad en el Padre, aún en el dolor y en el momento de la prueba máxima, se pone de frente al mundo para decirle que su presencia no ha sido en vano, que este no es un proyecto fallido, que la bondad y la paz han sido establecidas con su entrega. Jesús, no es un fracasado, Jesús es la firmeza de Dios.

7. De la confianza total: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.» – (Lucas, 23: 46)

Al cernirse el silencio sobre la creación, al ver morir al hijo de Dios, la tierra tiembla, el mundo se estremece, las nubes se descargan en llanto. La última palabra de Jesús, es una palabra de retorno al inicio, de retorno al absoluto. El espíritu que se cernía sobre las aguas en el principio de todo (Gen 1,1) es el mismo Espíritu del Padre, comunicado al hijo y que hoy regresa a su origen, para enlazar la historia como un ciclo perfecto de la acción de Dios, con la historia de salvación y con la historia de los hombres que están llamados a abandonarse de esta misma manera en los brazos del Padre.

El Padre, recibe al hijo y en el hijo, nosotros debemos sumarnos a la necesidad y confianza de querer encomendarlo todo a Él, de querer ir a Él.
Nuestro mundo, nuestra realidad, debe ansiar el retorno a los brazos del Padre, para descansar en Él, las angustias humanas y los dolores de una cotidianidad que a veces no comprendemos cómo funcionan, cómo afrontarlos, cómo encontrarles consuelo.

Estas palabras de Jesús, en la cruz, levantado por encima de nuestras realidades y de nuestra concepción de la realidad, me centran en su mirada, me centran en sus ojos. Puedo quizá, imaginar, en la meditación y en la profunda experiencia de su pasión que, mirándome a los ojos, él lo dijo: Que me ama y que lo hizo por mí.