Crecimos con una visión errada de lo que debe ser la vida y de cómo debemos educar. Nos apropiamos de esquemas que regían en siglos pasados en los cuales la dureza, la rigidez, el sacrificio y el dolor eran los ideales de vida.

Tal vez esa carga pesada, esa rémora arrastrada, ha producido generaciones en conflicto. Unas que buscan libertad por caminos equivocados y otras que creen que “hacer lo que me da la gana” es libertad. Y ambas caminan frustradas por el día a día, sintiendo que nada es suficiente, que nada les llena, aunque hayan cumplido con todo lo que el establecimiento dice que hay que hacer para ser feliz. Estudiaron, se casaron, compraron casa, carro, tuvieron hijos, plata en el banco, “amigos” y sin embargo esa sensación de frustración interior sigue allí, pegadita en el fondo y no les permite tranquilidad, paz.

Para vivir con alegría hay que entender que uno debe ser feliz con lo que es y con lo que tiene, sin importar lo que digan los gurús de la estrategia, el coach o lo que sea. Tenemos que compartir con el que no tiene, que servir al otro, sin importar quién es ese otro. Estar dispuestos a ayudar siempre.

Hay que educar a los niños en el amor, en la música, en la danza, en la educación física, primero que en las letras o los números. Permitirles ser, amarlos como son.

No presionarlos con una nota, o un lugar en un salón. Que disfruten de aprender, que pregunten, que les guste eso, inquietarse. Que vean el respeto de sus padres hacia ellos, para que ellos respeten. Que miren a todos por igual sin importar si van a pie o en una limosina. Que se olviden del vaso medio lleno o medio vacío, que den gracias por lo que tenga el vaso. Fundamental eso: ser agradecidos.

No se está inventando una nueva fórmula de ser felices, de vivir con alegría. Eso lo dijo hace más de dos mil años Jesús, cuando dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida” Porque todo lo anterior está en el camino de Jesús.

@Vickyvives