El ser humano como especie, tiene una particularidad que nos diferencia del resto de los animales, una muy útil capacidad de razonamiento; esta nos permite ser analíticos, pensantes y con un criterio acucioso en lo que a nuestras decisiones respecta. Sin embargo así como es una característica de nuestra especie que nos coloca en la cima de la cadena evolutiva, las emociones que también afloran como parte de nuestras características humanas, muchas veces nos despojan de esa “humanidad”.

Los hechos que en los últimos tiempos han protagonizado muchos países de Latinoamérica especialmente, referentes a casos de corrupción, crisis en todos los niveles de la vida pública, alto costo de la vida, entre otras cosas, han marcado mucho más la vida y el comportamiento de nosotros como sociedad. Vivimos tensos, enojados, en una negatividad permanente, bien sea porque lo que ganamos mensualmente no nos alcanza para nada o porque no encontramos realmente sentido a nuestro día a día. Esto es un efecto más que común en todos en nuestros días, no le encontramos sentido a nada porque alguna de las piezas de nuestro rompecabezas está faltando.

Como siempre quiero regalarte lo más grande que tengo, y cómo procuro intentar combatir el enojo, ¡de la mano de Jesús! la Palabra viva; Él nos dice en Efesios 4, 26 “Enójense, pero sin pecar; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol”, y es que el enojo lo hemos convertido básicamente en la base de todo nuestro andar, nuestra actitud, el cómo le respondemos a los demás, el ánimo que le ponemos a nuestras tareas, nuestra mirada frente al futuro, todo está condicionado por el enojo, lo que me ha puesto a pensar que el enojo vive permanentemente en nosotros pues ya trasciende de ser un simple estado de ánimo.

Todo lo que no viene de Dios, viene evidentemente del diablo y este compañero que cada vez más  parece estar apoderándose de nuestra vida nos está alejando de la verdad que es Jesús. También en Efesios 6, 16 el Señor nos dice “… en todo, tomando el escudo de la fe con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno”. Si no vivimos una verdadera vida de fe cimentada en una  experiencia real, espiritual y racional con Dios, en profunda oración y en sintonía con su Palabra, jamás saldremos del atolladero en el que nos hunde el enojo.

Vivamos cada día con la convicción de que el amor de Dios es nuevo cada mañana y nos renueva también a nosotros, nos permite soltar muchas cargas y volver a comenzar con nuevas fuerzas. No olvidemos que sólo uno es necesario en nuestras vidas, ¡Solo Dios Basta!

José Andrés Hurtado
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 Solo Dios Basta
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