Seguramente una respuesta ligera a la pregunta de este artículo genere una discusión. Por ejemplo, la persona que asegure que “no”, tendrá derecho a replicar que a veces ha sentido que el Señor no se conforma con el rezo del rosario, sino que pide un compromiso más concreto y necesario para llevar una mejor vida cristiana. Igualmente podrá asegurar que de nada sirve rezar tantas Avemarías si no salen de la profundidad del corazón. También está la persona que asegure un “sí” inicial, y esta dirá que vale la pena ya que ha sentido una cierta “experiencia espiritual” que le llena y en la cual se siente muy cómoda. También dirá que cuando reza el rosario siente una manera especial de comunicarse con Dios, honrarlo glorificarlo y amarlo, y también una manera de venerar a la Madre de Dios, la Virgen María.

Aunque estas dos posturas pueden ser argumentadas con suficientes razones, lo cierto es que en este artículo queremos pasar de la pregunta a la afirmación: ¡Vale la pena rezar el Rosario! Y no lo hacemos por simple capricho o por querer tener una mentalidad acomodada y tradicionalista. Queremos hacerlo porque en realidad vale la pena, siempre y cuando se descubra la esencia misma del rezo del Rosario.

En el Rosario contemplamos los misterios del Señor Jesús: esa es la esencia. Recordemos que san Juan Eudes nos invita a “contemplar a Jesús en María y a María en Jesús”, a tal punto que “no es verdaderamente cristiano quien no tiene una devoción especial por la Madre de Dios”. La consecuencia de todo esto es que “Jesús y María son un solo Corazón”.

Por tanto, el rosario es el camino seguro para encontrarnos con Jesús. El objetivo de la vida cristiana es llegar a estar tan plenamente unidos a Jesús que nos convirtamos en evangelios vivos, escritos por dentro y por fuera, donde los demás puedan leer la vida de Jesucristo, es decir, el objetivo de la vida cristiana es ser otro Jesús en la tierra.

Vale la pena rezar el Rosario porque nos invita a contemplar al Señor Jesús y a participar de sus santísimos misterios de la mano de María, quien es el trono de las virtudes. Por ejemplo, cuando rezamos: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor está contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”, estamos ante el grandísimo misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, del cual participó en profundidad la virgen María y exaltamos con alegría esta participación que tuvo la Madre de Dios al formar a Jesús, primero en su corazón y luego en sus entrañas. Pero esto no es una realidad pasada: también nosotros hoy estamos llamados a formar a Jesús en el Corazón y a participar del misterio de la Encarnación.

Cuando aseguramos: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”, estamos suplicando a la madre de Dios que nos ayude a continuar y completar la vida de su Hijo en nosotros. Lamentablemente con nuestras propias fuerzas no podemos ser “otro Cristo” en la tierra, por eso pedimos su intercesión, de manera que, al terminar nuestra vida terrena, podamos participar de la vida divina de su Hijo. Y así con cada misterio que contemplamos. ¡Con justa razón María es un camino seguro para llegar a Jesús!

Por eso vale la pena rezar el rosario: para quien dice que “no vale la pena”, la invitación es a descubrir su belleza, que consiste en contemplar los misterios del Señor para asumirlos en la propia vida, de manera que podamos transformar la sociedad desde nuestra convicción de una vida cristiana de acuerdo con el Evangelio. Para quien dice que “vale la pena”, la invitación es a seguir orando a Dios (recordemos que el rosario se cataloga en la forma de oración “vocal” en el pensamiento de san Juan Eudes) para que nos haga cada día mejores cristianos comprometidos con la sociedad.

¡No es verdaderamente cristiano quien no tiene una devoción especial a la Virgen María!