Esta quinta del barrio residencial no puede ser más bonita ni más refinada. Unos pinos, preciosamente dibujados, destacan su línea elegante, y unas tinajas a la entrada le dan un agradable aire español. Ahí vive un matrimonio solitario… solitario porque solo tuvieron una hija, que actualmente está estudiando en los Estados Unidos, y la casa se reciente naturalmente dela falta de hijos.

La señora no sabe qué hacer todo el día, íngrima sola, y ha optado por matar el tiempo jugando naipes. Y el señor… llega por la tarde, come y sale a la calle para regresar a las primeras horas de la madrugada. No siente gusto por el hogar, su señora no le satisface plenamente… la encuentra muy sensible y, sobre todo, halla el hogar desesperadamente vacío.

Varias veces han querido ponerse de acuerdo, pero no han llegado a ningún entendimiento y han optado por vivir juntos sin escándalos, pero sin amor. La señora se acuerda de una palabra de su esposo le insinuó ya hace diecisiete años, cuando nació la niña: “y ahora si no más hijos… ¿no te parece? Con uno solo basta, uno solamente”.

La esposa admitió con verdadero gusto ese deseo de su marido. Eso era lo que ella íntimamente quería, tanto más que le daba ocasión para conservar “la línea” y “la juventud”. Pero han pasado implacablemente los años y se ha quedado sin hijos y sin línea…

Muchas veces, cuando termina distraída un juego de “solitario” y comienza de nuevo a barajar, piensa, traicionada tal vez de la conciencia, en lo lindo que hubiera sido ese jardín adornado con cinco o siete hijos. En lo agradable que le seria a su esposo que le salieran todos los monitos a saludarlo y abrazarlo por la tarde…lo bueno que seria que él se quedara en casa por la noche y se supiera jugar y a contarles cuentos a los muchachos. Lo distinto que sería el hogar….

Pero ahora no hay nada de eso, la hija está muy lejos y solo escribe, de cuando en cuando, para decir que le manden dinero, el hogar se ha convertido simplemente en un hotel barato, y en una apariencia que se guarda.

En la casa se habló al principio de lo cara que esta la vida, en lo que cuestan los hijos, pero no hubo inconveniente en derrochar mucho más dinero profanando el hogar. Y ya es tarde para subsanar el error. Los años han aniquilado la fuente de la vida y, sobre los años, la frialdad y la ofensa continua a Dios han endurecido el corazón.

La señora piensa que cuando su hija se case, quedará más sola, y en esa soledad no encontrará ni el refugio de Dios, que colma cualquier ausencia, porque su vida se ha tejido de separación y de ofensa a Dios.

Mientras cavila sobre todo esto, ve al sirviente que está arreglando las matas, y reflexiona tristemente: ¿para arreglar el jardín si aquí no hay quien lo mire ni quien lo goce? Considera que los rosales y los jazmines cumplieron mejor su cometido que ellos dos…pues se llenaron de flores, mientras el hogar fue criminalmente estéril.

La señora ha dejado a naipe y se ha recostado en su cómodo sillón. No es tan imbécil para no darse cuenta de que ha cometido un gravísimo error en su vida, tal vez un irreparable sacrilegio contra la institución del matrimonio. Quisiera rezar, quisiera hacer algo para que Dios la perdone. Pero diecisiete años de pecado no se curan fácilmente.

Mientras ella piensa todas las cosas, gorjean en la jaula los canarios. Ellos fueron más obedientes a la ley de Dios, ellos tuvieron más confianza en la providencia y no dijeron cuando hicieron su nido: “uno solamente”.

A la señora se le ha olvidado rezar, no sabe levantar el corazón a Dios para orar. Es verdad que va a misa los domingos para no quedarse aburrida en su casa, pero ignora lo que es adorar, lo que es entregar el alma a Dios, con sumisión y con amor.

Sin embargo, en este momento de la tarde, hace esfuerzo y piensa en Dios. En Dios, el infinito viviente, la fuente adorable de la vida, el que quiere la vida y la conserva y la multiplica.

La señora se aterra ante este pensamiento de Dios-Vida. Ella, que con su esposo ahogó sistemáticamente la vida en su hogar y rechazo las cunas. Ella, que

prefirió la efímera belleza del cuerpo a la perdurable hermosura de la maternidad y de la santidad del hogar.

A todas estas, suena la puerta de la verja. Es el esposo que llega, saluda secamente y pasa a su cuarto, se quita el saco y se deja caer, fatigado, en la cama, mientras llaman a comer…