Tomado de RCCRadio.fm

El hombre que encuentra a Cristo y se compromete con Él recibe el Espíritu Santo y es movido por Éste a pensar, amar, sentir y comportarse como pensó, amó, sintió y vivió el mismo Señor Jesús. El Espíritu Santo transforma a los discípulos de Jesús, plasma en ellos el rostro del Maestro, de modo que se afirme: el cristiano es otro Cristo.

Lograr esa bendición y colaborar para que todos los creyentes vivan idéntica transformación y para que la Iglesia toda sea el Cuerpo de Jesús es el empeño de la vida espiritual.

Hacerse como Cristo no es el resultado del esfuerzo humano. Nuestra condición de pecadores nos dificulta actuar como actuó el único Santo de Dios, Jesús, quien pasó la vida haciendo el bien, y a quien no pudieron reprochar nada ni convencer de pecado.

Para que un hombre, que es polvo y ceniza, y para que la Iglesia, que es comunidad de pecadores, se transformen en el Cuerpo de Jesús, se requiere la acción poderosa del Espíritu Santo.

Esa acción es gratuita. Es un don, pues ni los individuos en particular ni la Iglesia como colectividad la pueden pagar. Todo el dinero del mundo sería insuficiente para atraernos las bendiciones divinas. Por eso decimos que el actuar del Espíritu Santo es carismático, y que el Espíritu mismo es un Carisma. Esta palabra significa don, regalo, obsequio, presente, gracia. En la vida todo es un regalo de Dios, todo es gracia, todo es carisma.

Una actitud carismática

Con frecuencia nos comportamos como si los resultados que anhelamos dependieran sólo de nuestro esfuerzo, tanto en el plano material como en el espiritual. Calculamos la inversión y los resultados y olvidamos la presencia activa de Dios. Solemos instalarnos en un pelagianismo práctico. Con esta expresión aludimos a la doctrina de un monje que vivió entre los siglos IV y V, quien minimizaba el pecado y la gracia, y enseñaba que la salvación dependía del empeño de cada uno.

Los católicos pensamos que la persona humana debe esforzarse en cuanto realiza, pero que en su querer y en su actuar requiere la colaboración de Dios, pues sin Él nada podemos hacer. Esa asistencia divina es carismática, es decir, gratuita, espontánea, abundante y necesaria.

La vida carismática de cada persona se origina en reconocer que Dios nos bendice con toda clase de dones, desde antes de crear el mundo (Ef. 1, 3-5). Esa vida empezó a manifestarse cuando fuimos engendrados y cuando nacimos; luego tuvo un acento especial con los sacramentos de la iniciación cristiana, actualizados en nuestro Pentecostés personal.

Desde esos momentos hay una presencia del Espíritu de Dios en nosotros. Él es el Carisma máximo que podemos recibir. Es Dios mismo que se hace don. Es el regalo que el Padre celestial da a quienes lo piden. Es el aliento que Jesús resucitado exhala sobre su Iglesia. Es el amor que se derrama sobre los corazones.

Una vida carismática es una existencia impregnada y ungida por el Espíritu Paráclito, quien la mueve y la orienta hacia el corazón del Padre.

Carismas incontables

El Espíritu Santo es un carisma rico en carismas, “Don en sus dones espléndido”. La lista de sus regalos es interminable. Algunos son fundamentales para la vida espiritual: como la filiación divina, otorgada a todos para que seamos hijos de Dios, la salvación en Jesús, la Iglesia que congrega a los creyentes, la vida nueva y eterna que se nos promete. Esas son gracias ofrecidas a todos, que nos hermanan en el amor del mismo Padre.

Existen también infinitas bendiciones para cada uno en particular, desde la vocación individual para que nos realicemos en el mundo como personas y como cristianos y que se expresa en las cualidades físicas, intelectuales y morales que nos caracterizan, y los talentos y aptitudes que nos facilitan caminar hacia la Patria.

Entre esos carismas, algunos son sencillos y comunes. Abundan en el Pueblo de Dios, se manifiestan diariamente, de modo que corren el riesgo de pasar desapercibidos. Son capacidades naturales, talentos ordinarios, posibilidades de usar la mente, la memoria, la imaginación; facilidades de expresión vocal y corporal; aptitudes artísticas; prácticas pedagógicas y deportivas; sensibilidad para el servicio de niños, ancianos, enfermos; dotes de liderazgo o consejería, habilidades de toda índole…

Esos dones o talentos, como se les llama aludiendo a una célebre parábola del Evangelio, son carismas en la medida en que se reconoce su origen divino y en que se ponen al servicio de la comunidad, pues Dios enriquece a los hombres para que ellos sirvan a sus hermanos.

También puede haber carismas extraordinarios. Sea en el orden natural, como el que tienen los superdotados, los genios, los grandes líderes sociales; y en el orden sobrenatural, que pueden ser el carisma de sanación, el de profecía o las palabras de sabiduría o conocimiento. Pero aun en estos puede haber diferencia en las manifestaciones. Hay profetas mayores y profetas menores.

Cuando los carismas se viven en la Iglesia, sirven para que ésta se construya y crezca. Un carisma de pastoreo no es para engrandecer al pastor, sino para la conducción del rebaño; y un carisma de enseñanza no pretende acreditar al maestro, sino nutrir intelectualmente a los discípulos.

Un carismático que viva realmente en el Espíritu es un cristiano que se sirve de los carismas con humildad y con generosidad. Las gracias que recibe deben llevarlo a dar la honra a Dios, sin vanagloriarse de lo que ha recibido gratuitamente y, por lo tanto, a usarlo en beneficio de todos, sin convertirlo en fuente de beneficios personales.

Si quien recibe un carisma se apropia de él egoístamente, es como si cometiera un robo del yo contra el nosotros, pues torna en utilidad particular lo que se otorgó para el beneficio común.

Existen cristianos que viajan por todo el mundo, orando por sanación. No esperan retribución de las personas sanadas ni aplausos por sus virtudes. Esos carismas no se reciben por ser santos, pero sí pueden convertirse en causa de santidad, si la persona ora a pesar del cansancio que producen los viajes y las frecuentes predicaciones, y aunque su tiempo ya no le pertenezca, pues miles de personas quieren verlo personalmente y le impiden toda pausa. En ese caso, el carisma sirve para la sanación de muchos y se vuelve causa de santificación para quien ora a Dios y se pone al servicio de los demás.

Los carismas que Dios da para el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, no tienen que ser extraordinarios y maravillosos. Puede que algunos lo sean, pero lo normal está en los carismas comunes. De éstos se debe esperar el fruto del trabajo apostólico. Por eso la vida carismática no consiste en suplicar los carismas notorios, sino en practicar lo que el Señor dé a cada cual, y llevarlo a cabo con sencillez y alegría de corazón.