El personaje inolvidable en mis días de infancia era la tía de Emilia. Con su pelo largo, cano amarillento, recogido atrás por una moña y una peineta, su vestido talar oscuro, que le aumentaba los años, su negra mantilla de seda, para ir a la iglesia, o su pañolón de la lana para defenderse del frio mientras estaba en la casa. Cuentan que para pedirle me cargara y me arropara, le decía en mi incipiente balbuceo: “fío, poón”, lo que en buen castellano significa. “tengo frio, caliéntame con tu pañolón”.

Teniéndome en sus brazos me mostraba los gallinazos que surcaban el espacio y me enseñaba a decirles: “Gallinacito, vení, vení por una tripa que tengo aquí”, cuando alguno de ellos se posaba en el techo de la casa, me decía que le gritara: “Gallinazo cabecipelado, ándate lejos de aquí”, y si el gallinazo movía la cabeza, me decía: ya oyó, quien sabe si vendrá a picarlo. Era su manera de infundir miedo y lo hacía a cabalidad.

Arracimados alrededor de Emilia, sus sobrinos, escuchábamos “cuentos de sopetrán“, en los que ella evocaba sus días de niñez y juventud, pasados en la finca piedra gorda, de ese pueblo. En veladas inolvidables oíamos de sus labios historias de espanto y aparecidos y las tradiciones folclóricas de Antioquia, como el ánima sola. La madremonte, el Judío Errante, la patasola; amenazas con el Coco y las Brujas, de las que se dice “que las hay, pero hay que creer en ellas”, y menciones a los famosos personajes Antioqueños Cosiaca y Calzones, Robín Hood criollo, este último, nacido como Emilia en Sopetrán. Oíamos también hablar de los tesoros escondidos en las casas viejas: morrocotas de oro, que a falta de bancos y cajas fuertes se enterraban para protegerlos de los robos durante las guerras, y con frecuencia que daban ahí solo visitados por almas en pena que venían a verlos por las noches, hasta que los descubría algún afortunado.

De la querida tía Emilia recibimos las tradiciones familiares. De sus labios aprendimos versos, refranes, adivinanzas, canciones, juegos y palabras autóctonas del lenguaje paisaje; lo mismo que sentencias llenas de sabiduría que en muchas ocasiones marcó nuestras vidas.

Emilia contaba de una tía suya, Benilda Ramírez, a quien la despareció del rostro una verruga cancerosa, después de haberla tocado con un clavel, que antes había rozado las llagas de un Cristo, venerado en la familia. De ese crucifijo, el cual yo conservo con especial devoción, se decía también que había manifestado sus llagas enrojecidas, como a punto de sangrar, el día que regresó al hogar un tío abuelo enrolado a la fuerza en alguna de las guerras civiles del siglo pasado.

Emilia Sánchez evocada el recuerdo de su mamá, Carmen Ramírez, mi bisabuela, aficionada a los versos, a quien una vez preguntaron qué haría si retornara a la juventud y de modo repentista replico:

“Si yo estuviera muchacha
Y me volviera a casar,
Lo haría con un cochero,
Es lo único que quiero,
Lo haría sin vacilar.
Así la vida pasar
Pasándola a la carrera
Como una nube ligera
Que apenas se va a cruzar”

Contaba Emilia que su abuelo, don Manuel Sánchez, se había casado en segundas nupcias con María Josefa Sevillano, (a quien apodaba Laura). Cuando ese tatarabuelo mío murió, su esposa quedo sin protección y fue acogida por sus hijastras. Para empeorar las cosas se chifló, y algún pariente le dijo, parodiando a Juan José Botero.

“Si Dios dijera: ven acá Laura
Ven a mi reino, goza de mí,
Sal de esa casa que no te quieren
Que ya aburridos están de ti.
Nadie recibe de ti un servicio
Eres perjuicio a la humanidad
Sal con presteza, ven ligerito
Que aquí te aguardo en la eternidad”

Emilia repetía esos u otros versos, con énfasis, gestos dramáticos y risa al ver nuestros rostros admirados o demudados, y todos en coro pedíamos: “cuente más, cuente más “. Era una época sin televisión, y apenas con radio y la tradición oral primaba como en la edades antiguas o en las época de los romanceros.

Emilia nos enseñaba canciones como aquella que empezaba:

“Allá en los juncos de las lagunas
Paso la noche errante garza
Y en las primeras horas del día
Batió gozosa sus blancas alas”

Muchas adivinanzas aprendimos de labios de nuestra tía. Unas se referían al mundo vegetal, como: “Agua paso por allí, cate que no la vi” o “Blanco fue mi nacimiento”, colorado mi vivir, y me vistieron de luto, cuando ya me iba a morir”, o “blanco por dentro, verde por fuera, uñas de gato, punta de tijera” o la de “Oro no es, plata no es”, que corresponden al aguacate, la mora, la penca, la cabuya y el plátano, respectivamente.

Al caballo se refería otra adivinanza que rezaba:

“Clavado de pies y manos
Herido en la cruz también,
No es cristo, ni se parece
Adivíneme, quién es?”

A la gallina y a los huevos se referían estas otras:

“Una señora, muy aseñorada
Con muchos remiendos
Y ni una puntada”.

“Blanco es, gallina lo pone y frito se come”

“Entre paredes blancas
Hay una flor amarilla,
Que el rey la mando coger
Por ser su mejor comida”.

Las gallinas ocupaban con insistencia nuestra atención y reflejaban el mundo rural de entonces:

“La gallina cacaraca
Puso un huevo en la petaca
Puso uno, puso dos, puso tres…”

Si sobre su fecundidad quedaban dudas se preguntaba:

“U será que esta culeca
U será que no ha ponío
U será que tiene huevo
U será que tiene nido”

Si nada ponía las gallinas se decía: “Cero huevitos, cero pollitos…”

Pero si empollaban y sacaban su nidada, se contaba:

“Los pollitos dicen: pío, pío, pío
Cuando tienen hambre, cuando tienen frio.
La gallina busca el maíz, y el trigo,
Les da la comida y le presta abrigo
Bajo sus dos alas, acurrucaditos
Hasta el otro día duermen los pollitos”.

El inolvidable cacareo de las gallinas lo evocábamos después en mi casa cuando escuchábamos reír a Inés. Su garganta parecía un material de alegría inagotable, a lo que decían, herencia de la abuela paterna.

Amenaza de las gallinas y de su nidada eran los gavilanes, de ellos decía la copla:

“Yo soy el gavilán pollero
Que a las pollas no me atrevo
Pero a las gallinas viejas
En las uñas me las llevo”.

Otras adivinanzas de la época, que vienen a mi mente, son: “María va, maría viene y en un punto de mantiene”, se refiere a la puerta; “cinco varitas en un varital, ni secas ni verdes se puede cortar”, corresponde a los dedos, y “en un monte muy espeso canta un gallo sin pescuezo”, alude al hacha que abate a los árboles. El dicho: “como que apareció el hacha”, al que se respondía “pero sin cabo”, significaba la llegada no deseada de una persona. Son evocaciones del habla que los mayores nos dejan por herencia, tan apreciada en Antioquia la Grande, para descuajar montes y acabar con la ecología belleza de nuestros bosques.

Al hacha y a las gallinas alude también el popular juego infantil:

“Pizingaña, pizingaña
Jugaremos a la araña.
– Con que mano?
– Con la cortada
– Quien la corto?
– El hacha
– Donde está el hacha?
– Rajando la leña
– Cocinando la mazamorra
– Donde está la mazamorra?
– La derramo la gallina
– Donde está la gallina?
– Poniendo el huevo
– Donde está el huevo?
– Se lo comió el Padre Santo
– Donde está el Padre Santo?
– Detrás de las puertas del cielo
– Tilín, tilín, tilín. ”

Otro dialogo decía:

“ – Ónde está la guacharaca?
– En palenque está.
– Ónde está que no la veo * Volando va.”

Poemas, más o menos prosaicos, pero entroncados en el folclore antioqueño, quizá importados de Andalucía son éstos:

“Mañana domingo
De san Garavito
Se casa la reina
Con un borriquito
– Quien es la madrina?
– Misia catalina
– Quien es el padrino?
– Don Juan Barrigón,
– Que saca las niguas
– Con un recatón.”

O este otro:

– Comadre la rana
– Que dice, comadre?
– Que vamos al pozo
– Por cual caminito?
– Por el del filito
– Quien ha venido?
– Mi buen marido
– Que te ha traído
– Un buen vestido
– De qué color?
– De verde limón
– Vayamos saltando
– Al zancarrón

Otras más son estas insinuaciones de los números:

“Una, dola
Tela, canela
Sobaco de vela
Velilla, velón;
Que toca las doce
Que ya casi son”.

Parecida a la anterior es ésta:

“Única, dosica
Tresica, cuartana
Color de manzana
La burra y el pez
El pájaro verde
Se sube al ciprés
Y toca las diez”.