Todos lo esquivan. Esperan a que aquel adefesio pase, cumpliendo la condena de cargar con una campana para anunciarles a todos que la desgracia está a punto pasar. Mientras la carne le ardía y sentía desintegrarse, sufría no solo el dolor físico de las heridas de su enfermedad, sino el desprecio de la gente que apurados en los trajines de sus vidas, se olvidaban de los excluidos. Está condenado a no sentir que nadie lo toque, ¡triste desgracia! Sin un abrazo, sin una caricia, sin un solo roce que le haga sentir vivo, le toca vivir solo, como un cactus en el desierto de la Guajira o una isla inhabitada en medio del inmenso océano atlántico.

Su rostro no carga un solo matiz que le haga creer a quienes lo ven, que tiene esperanza, que su vida tiene sentido. Pero, qué va, qué sentido puede tener este hombre, que además no tiene siquiera figura de hombre. Ha pasado así ya gran parte de su vida. Seguramente los últimos años han sido los peores, imagino que esa enfermedad degenerativa debe estar carcomiéndolo cada día más, ocasionando un dolor que paulatinamente se hace más intenso con el paso de los minutos. ¡Preferiría estar muerto! Se le ha escuchado decir en muchas ocasiones, y es que quién no, con una enfermedad que lo tiene muerto en vida, con una enfermedad que lo mató desde el momento en que se la descubrió.

Pasa por su lado el tipo que vende frutas y que tiende a pasar con su carretilla por este camino. Al verlo, sin vergüenza, escupe al suelo, como quien acaba de ver el peor adefesio causante del más voraz asco. Pasa también una madre con dos hijos, a los que les tapa los ojos para que no guarden en su memoria el recuerdo de la pudrición, para que puedan dormir tranquilos. Pasa por su lado también un sacerdote, que al verlo, cambia de ritmo el paso, no quiere llegar al templo impuro, no quiere que el dios en el que cree lo desprecie por ser un enfermo.

¿Qué habrá hecho el pobre? Preguntan algunos que pasan por ahí, como si la lepra fuese la consecuencia de alguna acción, como si fuera además un castigo del dios del sacerdote que no lo miró. ¿Quién habrá pecado, él o sus padres? Preguntan otros, como si fuese cierto que el pecado de los que nos criaron se heredara. ¡En algún lugar de la tercera, o cuarta, o quinta generación debe haber un pecado! Pensarían otros al verlo… ¡por Dios!, todos le echan la culpa de ser un enfermo, todos buscan una razón más allá de la naturaleza para mantenerse firmes en la idea de que esa enfermedad no puede ser sino un castigo.

De repente, de un momento a otro, pasa por allí un hombre común y corriente, uno como los miles que han despreciado a aquel hombre con lepra. Un hombre que lo único que tiene de raro es que viene acompañado por dos más, y por una cantidad considerable de personas que lo siguen… Seguro que al ver al de la lepra, se alejarán o le condenarán como ya lo han hecho muchos… Pero no, el leproso, antes de alejarse, como en un acto de masoquismo, con temor de ser rechazado se va acercando a aquel hombre que fácil lo podría matar, que sin ninguna dificultad podría golpearlo hasta dejarlo mal herido por querer contagiar su impureza.

Corre hacia él, se arrodilla enfrente, y ya yo no entiendo qué es lo que pasa. El hombre se detiene, lo mira y lo atiende -debe estar muy loco-. Veo que el leproso le grita, le implora con palabras sencillas, le pide un milagro, es cómo si reconociera que tiene delante de él al único que puede quitarle esa maldita lepra que tanto lo ha hecho sufrir el rechazo, es como si este hombre pudiera darle sanación no solo a su cuerpo, sino a una nueva vuelta a su vida completa y a su dignidad… algo va a pasar, mientras el leproso implora con solo cuatro palabras que alcanzo a percibir, el tipo parado frente a él lo mira compadecido, lo único que me pregunto es ¿de dónde será? No debe ser de por aquí cerca, sabe que es imposible mirar a un leproso de esa manera, y sin embargo lo hace, debe ser un tipo de otro mundo. Cuatro palabras menciona el enfermo: “si quieres, puedes limpiarme” y parece que eso es suficiente para aquel hombre que está a punto de hacer lo que nadie pudo imaginarse nunca que nadie haría con aquel leproso del camino, con aquel hombre andrajoso, que como ya dije, ni forma de hombre tenía. Ese “si quieres” como expresando que no está en la obligación de nada, como confiándose a su voluntad, y el “puedes” es como el reconocimiento de que ese que está al frente, ese tiene el poder de hacer lo que le pide. Esto es muy loco.

Llegó el momento de la respuesta, y lo único que espero es que aquel hombre, al que ya le sé el nombre –Jesús le dicen- lo rechace, como suelen hacerlo todos. Pero no, sucede algo que nunca antes había visto, algo que quizá el leproso no sabía que ocurriría, algo que deja escandalizado a todos los que caminan por allí, merodeando e intentado vivir la vida de los demás antes que la de ellos. Ese tal Jesús, no solo lo mira con compasión, no solo le permite acercarse, no, su locura va mucho más allá, no le importa contagiarse, no le importa ser un impuro para esa religión tan distante del dolor, no le interesa que los sacerdotes y los maestros de la ley lo respeten… eso si es estar loco… en este momento, frente a los ojos de todo el mundo, frente a la mirada expectante de los que pasan, de los que ya estaban, frente a la vista de todos aquellos que pasaron por allí esquivando al maldito… frente a todos, lo toca. ¡Qué ascooooo! Gritan muchos escandalizados… ¡impurooooos! Gritarían los maestros de la ley… ¡Malditooooo! Le dirían otros tanto, a él, a Jesús, no le interesa qué le puedan decir, solo lo toca, y al tocarlo le expresa su voluntad, la que el leproso había pedido con tanta insistencia “quiero, queda limpio”… pocas palabras para un evento tan grande, pocas palabras para todo lo que se ha realizado, pero voy entendiendo, ahora veo que poco le interesan tantas palabras a ese tal Jesús, ha puesto su mirada en la necesidad y en la fe, no bastó decir más que nada… Algo ha cambiado en la vida del enfermo, no es el mismo, algo le ha ocurrido con aquel toque… ¡Ahora está limpio!

Qué debe sentir aquel que llevaba años sin ser tocado, sin ser abrazado, sin ser acogido. Qué debe estar pensando en este momento en el que se ha sentido liberado al contacto con un hombre, que por lo que he visto no es tan común y corriente, que por lo visto tiene algo especial, no sobrenatural, sino especial… la escena acaba de terminar, Jesús le pide al limpio que no le cuente a nadie, pero no creo que se lo aguante, no creo que tal felicidad no pueda ser compartida, lo irá contando por todos lados… aquel que era un vil adefesio, aquel que no tenía ya esperanza, aquel que no tenía más que su enfermedad ¡maldita enfermedad! Aquel, ya está limpio, y no solo limpio, sino libre, feliz… Algo hace este Jesús, yo ahora iré tras de él.