Me impresiona encontrarme con personas llenas de cualidades, que han triunfado en muchas batallas difíciles de sus vidas, con muchas posibilidades para el futuro por sus capacidades, pero que se sienten poca cosa y buscan constantemente convencerse de lo incapaces, feas, inútiles que son…

Me impresiona encontrarme con personas llenas de cualidades, que han triunfado en muchas batallas difíciles de sus vidas, con muchas posibilidades para el futuro por sus capacidades, pero que se sienten poca cosa y buscan constantemente convencerse de lo incapaces, feas, inútiles que son. Gente que tiene todo lo que se requiere para luchar por ser feliz y que ha diario busca razones para sentirse destruida y deprimida. ¿Cómo han logrado tener esa imagen tan distorsionada de si mismas?

La respuesta es compleja, como complejo es todo el ser humano, pero creo que una posible respuesta está en que desde niñas han aprendido a no amarse, a no valorarse, a creerse lo peor. A través de gritos, de insultos, de regaños, de rechazos, de desprecio las convencieron de su poco valor. Están acostumbradas a mirar sus errores, sus equivocaciones, sus carencias y no, sus cualidades, capacidades, posibilidades. Es muy probable que en el proceso de crianza haya faltado amor, expresiones de ternura, atención y cuidado, disciplina, exigencias y sobre todo, la continua confirmación de lo valiosas que eran.

Algunas veces algún discurso religioso centrado en la culpa, en el pecado, en la humildad mal entendida, en la condenación, en el infierno, ha contribuido a que estas personas se crean poca cosa y distorsionen la realidad sintiéndose lo peor, cuando tienen tanto valor. Estoy seguro que ese no es el discurso de Jesucristo. Él nos invita a valorarnos, amarnos, a saber que somos hijos de Dios, a confiar en la providencia divina y a saber que Él nos cuida mejor de lo que cuida a las flores y a los animales del campo (Mateo 6,24-34).

El discurso de Jesús no se centra en lo terrible de nuestro pecado, sino en el amor de Dios (Jn 3,16; 1Jn 4,8-12), su invitación es a que abramos el corazón y dejemos que ese amor nos posea. Toda buena experiencia espiritual nos debe llevar a amarnos y a valorarnos adecuadamente. A saber superar las dificultades que tenemos y comprender que en medio de los problemas siempre hay una gran bendición de Dios para nosotros.

Los que me conocen saben que me gusta leer y re-leer Isaías 43,1-5: “Pero ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; tú eres mío. Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas. Yo soy el Señor, tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador; yo he entregado a Egipto como precio por tu rescate, a Cus y a Seba en tu lugar. A cambio de ti entregaré hombres; ¡a cambio de tu vida entregaré pueblos! Porque te amo y eres ante mis ojos precioso y digno de honra. No temas, porque yo estoy contigo”. Esta es una declaración de Amor. Dios nos dice que nos ama, que somos valiosos y que está dispuesto a darlo todo por nosotros.

Ese texto Isaías me gusta re-leerlo desde lo que dice 1Pedro 1,18-19: Como bien saben, ustedes fueron rescatados de la vida absurda que heredaron de sus antepasados. El precio de su rescate no se pagó con cosas perecederas, como el oro o la plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin defecto”. El Señor pagó por nosotros con la sangre de su Hijo. Esa es la mayor prueba de que somos valiosos. Eso es lo que tienen que pensar aquellos que viven sintiendo lástima de sí mismos. Son valiosos, Dios los ama y es el momento de desaprender todo lo que en la crianza les ha hecho creer que son poca cosa, y de encontrar el discurso de Jesús que sana, libera y da vida nueva.