Aunque el evangelista Juan lo había nombrado en dos ocasiones (11,16; 14, 15), no cabe duda que la cita anterior es la que más nos hace recordar a Tomás. El apóstol, que no estaba presente cuando Jesús se apareció resucitado por primera vez a los demás apóstoles (20, 19-23), se niega a creer aquello y exige “signos” o “pruebas” que le confirmen que es verdad. Para él, todavía llevado por el pesimismo y la tristeza que le producían los acontecimientos últimos, la muerte de su amado Maestro parecía más un final que un encuentro con el Padre. Entonces, ocho días después (v. 26), Jesús resucitado se aparece nuevamente a la comunidad y les desea la paz. Y dirigiéndose a Tomás, que sí se encontraba en aquella ocasión, le invita a creer que Él, el resucitado, es el mismo crucificado, que Él no es una simple figura del pasado, sino que está vivo y actuante entre los suyos.

Ante tal evidencia, Tomás comprende que la resurrección constituye toda la historia de Jesús asumida por Dios y llevada a su punto culminante. La ex-presión “Señor mío” reconoce esa condición, pues Tomás ve en Jesús el acaba-miento del proyecto divino sobre el hombre y lo toma por modelo. Jesús es la presencia misma del Padre Dios, cer-cano, accesible al hombre. Pero dicha presencia, en adelante, solo es posible percibirla en la realidad de amor de la comunidad eclesial, en medio del grupo de los creyentes, transformados por el Espíritu del resucitado. Ahora bien, aunque la actitud de Tomás no debe ser tomada como ejemplo de incredulidad total, pues él amaba realmente a Jesús y cabe pensar que en su corazón latía aún la esperanza de que todo no terminara con su muerte, sí nos permite volver sobre nuestra realidad. Vivimos tiempos en los que parece imponerse, cada vez con más fuerza, la idea de que lo que no se puede comprobar por los sentidos o a través de métodos científicos no existe, o son meras suposiciones, propias de seres alienados. Así, los relatos evangélicos y toda la historia de la acción del Espíritu del resucitado en el mundo, a través de los llamados “testigos” de Jesucristo, no serían más que invento de algunos o experiencias poco relevantes para un mundo cada vez más secular, donde el hombre se pone como el centro y sentido de todo.

Pero, también, existen suficientes testimonios históricos de los resultados catastróficos que le acarrean al mundo el proceder del ser humano al margen de una referencia al Absoluto: guerras, masacres, contaminación, desigualdad, delincuencia… Por eso, se hace muy necesaria en nuestros días una vida humana de fe. Necesita el hombre vivir libre del prejuicio de que la fe empequeñece, recorta la libertad intelectual, disminuye el señorío propio, resta capacidad de iniciativa, etc. Muy por el contrario, conocer a Dios, creer a Dios y, más en concreto, cuanto ha revelado acerca de los hombres en la persona de su Hijo, eleva al creyente a un nivel de humanidad tal, que lo hace capaz de los más grandes actos de amor y misericordia, nada parecidos al egoísmo propio del mundo, que solo produce tedio y vacío. Sólo el Espíritu Santo hace posible que el ser humano pueda descubrir el sentido de su existencia y decirle a Jesús: “Señor mío y Dios mío”.