Podríamos pensar que vamos en un diagnostico clínico o algo por el estilo. Se trata de algo más profundo que, a la luz de la palabra del Señor, vamos a descubrir: “No tienen necesidad de médicos los sanos, sino los enfermos” (Mt 9-12) y de pronto hemos descubierto que todos estamos enfermos y necesitamos del único médico que puede sanarnos “JESÚS”.

Todos estamos enfermos, unos del cuerpo: hay dolencias, manifestaciones externas de algo que viene aquejándonos tiempo atrás. Otros estamos enfermos del espíritu y tal vez no nos hemos dado cuenta de ello.

Cuántas heridas no se han descubierto, pero están ahí sangrando: aquellos recuerdos, aquel resentimiento, aquello que no he podido olvidar, aquel desengaño que revive siempre y no he podido perdonar. Son estas muchas cosas más, nuestros traumas, nuestra herencia. Son parte de nuestra condición humana, que nos enferma en lo más profundo de nuestro ser. Solo JESUCRISTO, NUESTRO REDENTOR, puede sanarnos, si humildemente nos acercamos a Él.

Toda sanación es obra de Dios a través de Jesucristo y viene a nosotros cuando y como Él quiere; quizá seamos sanados en un solo momento, como fueron aquellas sanaciones milagrosas que realizó Jesús en su tiempo y que conocemos a través del Evangelio.

Puede darse una sanación lenta… a largo plazo, o aparecer una sanación conjuntamente de cuerpo y de espíritu. A veces la sanación es sólo interior y no física, como lo esperamos y pedimos. Jesús siempre maravillosamente misterioso, por su silencio para realizarlo todo, porque sus procesos son lentos y escapan a nuestras realidades; misterio, pero maravillosamente prodigioso, bondadoso, lleno de misericordia con el hombre. El espera de nosotros confianza, pleno abandono, y así ha de ser nuestra oración: “Señor estoy enfermo de..Sólo Tú puedes sanarme; me abandono en tus manos; haz de mí lo que quieras.

Hermanos queridos, pidamos ante todo al buen Dios nuestra sanación interior, porque todos estamos plagados de recuerdos dolorosos, de ausencia de alegría y de resentimiento que han ido anulando y paralizando nuestro crecimiento espiritual, a pesar de las muchas oportunidades que nos ha regalado al Señor, y que finalmente nos ha quitado la paz interior.

Jesús nos invita en su Evangelio con aquellas dulces palabras: “Vengan a mí los que están cansados y agobiados que yo les aliviaré” (Mt 11, 28). ¿Qué otra cosa esperamos para buscar el médico divino capaz de darnos la paz que no puede darnos el mundo?.

Seguramente hemos buscado un consejo, un tratamiento, un medio de solucionar nuestros problemas interiores, pero seguimos enfermos.

Está más cerca de lo que imaginamos nuestro proceso de sanación: LA ORACIÓN, que puede cambiar y sanar todo. JESÚS es el único que realiza nuestra sanación, sólo necesita nuestro “sí”, nuestra voluntad, nuestro deseo y confianza plena. Abandonémonos a ÉL y muy pronto podremos cantar llenos de alegría: ALABADO SEAS MI SEÑOR, PORQUE ME HAS SANADO. ALABADO SEAS MI SEÑOR PORQUE ME HAS HECHO NACER A UNA VIDA NUEVA PARA ALABARTE Y GLORIFICARTE SIEMPRE.