Jesús no necesita militantes en su escuela. Jesús necesita testigos, que hayan tenido una experiencia de encuentro con Él y que sean capaces de contar con sus vidas lo que les ha dejado dicho encuentro. Jesús no necesita adoctrinadores que maten o se hagan matar por la doctrina y el dogma, necesita más bien, seres humanos con ganas de servir hasta morirse, que sean capaces de brindar a los demás el amor que Jesús les brinda a ellos. Jesús no necesita que lo defiendan de nada, porque Él no está peleando con nadie. Jesús, no necesita de nuestra apología egocéntrica, sino más bien de un testimonio que motive a los demás a encontrarse con él.

Mucho se habla de una pelea que libra el cristianismo con el mundo moderno. Ponen a Jesús como el jefe de una escuela que lucha contra los valores de la sociedad de hoy. Y así, se expone el cristianismo como una organización casi que política en la que se busca defender los valores cristianos a puño y espada. Quienes así conciben hoy la escuela de Jesús, quienes así la predican, no dejan de ser aquellos que se niegan a aceptar y asumir como un reto el desarrollo de nuestras comunidades. Hay cambios que hay que enfrentar, y el cristianismo no se puede convertir en una mera institución que defiende unos principios de formas que no le dicen nada al hombre de hoy.

Jesús necesita testigos. Pero, ¿cómo entender esto? Los primeros discípulos, asumieron esto en sus vidas, y son los más claros ejemplos para entender un poco este rol que quienes seguimos a Jesús hoy debemos adoptar. Los primeros amigos de Jesús, luego de su resurrección, se la pasaban dando testimonio de la acción que su maestro había obrado en ellos. Iban por las aldeas contando, relatando cómo habían visto a Jesús sanar a un leproso, cómo lo habían visto mientras discutía con los fariseos, cómo lo habían visto perdonando pecados y dándole libertad al hombre de su época. Ellos habían visto las obras de un Jesús que no solo hacía cosas en la vida de los demás, sino en sus propias vidas. Los discípulos fueron testigos, no solo por lo que vieron a Jesús hacer en el leproso, en los ciegos y paralíticos, sino también por lo que había hecho en ellos.

Podemos estar seguros, que Jesús hoy no necesita profesionales en catecismo, que basados en sus propios prejuicios les digan a los demás cómo deben vivir. Jesús no necesita hombres que vestidos de blanco demuestren con sus discursos llenos de odio lo negro que está su corazón. Jesús no necesita que defensores de las minucias litúrgicas expongan en el culto los signos por encima del hombre. Jesús no necesita que los administradores de sus sacramentos se crean los dueños de los mismos y puedan decidir a dedo quienes sí y quienes no los pueden recibir. Finalmente, Jesús no necesita de nuestras estructuras cerradas, ni de quienes con su discurso pretenden mantener la barca anclada por miedo a que sea despedazada en el mar abierto.

Jesús, por el contrario, necesita cristianos que sean capaces de echar las redes en su nombre, cristianos comprometidos a navegar mar adentro. Jesús necesita seres humanos que llenos de amor sean capaces de transmitir a los demás ese amor que no se limita, y del que nadie puede creerse dueño. Jesús necesita cristianos que sean capaces de seducir, no con sus lenguas, sino con sus acciones a este mundo que cada vez clama más por el Dios de Jesucristo y no por el que nos hemos inventado. Jesús necesita testigos que sean capaces de contar por qué vale la pena seguirlo, sin decir una sola palabra. Jesús, lo que necesita es que dejemos a un lado nuestra pelea con el hombre moderno y empecemos a reconocerlo con igual dignidad a la nuestra.

La tarea no es fácil. Implica un gran esfuerzo por movernos de nuestras estructuras, salir de nuestra zona de confort y empezar, como los primero discípulos, a predicar las hazañas de un Jesús que a lo largo de la historia no sea quedado quieto y que siempre ha intentado hablar con el hombre de cada época. Insisto, Él lo hará con nosotros o sin nosotros. Ojalá seamos esos seres humanos dispuestos a dejar a un lado nuestros títulos eclesiásticos para ponernos en la frente el único rótulo que merecemos: “testigo de Jesús”.