Estoy seguro que ninguna de las dos actitudes es la adecuada para vivir una vida feliz. Negar la interrelación con los otros y su aporte es asumir una posición egoísta y tacaña que, tarde o temprano, dará un estéril fruto…
 

 
Todos los días me encuentro con personas tercas que, asumiendo una sordera existencial absoluta, se incrustan en situaciones en las que todos los demás saben que no va a funcionar; son situaciones tan obvias y con tantos indicadores de fracaso que no se necesita ser adivino para sacar la conclusión de que eso no va para nada; sin embargo hay unos que no se dan cuenta de ese pequeñez, de esa obviedad, se trata de quienes las están haciendo.
 
Pero por otro lado, también me encuentro con aquellos que parecen auténticos “títeres” de las afirmaciones de los que gritan a su alrededor, son los que se mueven cuando hay viento, saben que algo es bueno cuando hay aplausos o descubren valor en ellos sin hay quienes apoyen; sin embargo no saben qué hacer cuando nadie les dice nada, cuando no encuentra un referente.
 

Estoy seguro que ninguna de las dos actitudes es la adecuada para vivir una vida feliz. Negar la interrelación con los otros y su aporte es asumir una posición egoísta y tacaña que, tarde o temprano, dará un estéril fruto. Pero no tener una posición personal ante la vida, no tener un criterio personal sobre lo que pasa conmigo, lo que quiero y lo que hago, sería negar la singularidad que poseemos y que nos distingue de los demás. La vida hay que hacerla en una constante interrelación con los otros pero con una clara independencia de ellos.

 
Es en la combinación de esas dos actitudes como se puede construir un proyecto de vida que nos haga felices.  Es importante tener claro que no se puede vivir a espaldas de los pareceres de aquellos con los que convivimos; hacerlo es asumir el riesgo de no captar la gran cantidad de dimensiones, de colores y la gran cantidad de sentidos de la vida. Quedarnos únicamente con nuestra mirada y con lo que logramos captar desde nuestra posición es una manera de abdicar de la riqueza de la pluralidad.
 
Por ello una actitud de escucha y de apertura es necesaria para existir con éxito. Es necesario dejarse cuestionar por las voces distintas y hasta contrarias de los otros. Ser tercos es un defecto que nos puede costar muchos errores. Son muchos los que pierden la posibilidad de gozar y comprender el mundo de otra manera muy distinta a la que han estado acostumbrados a tener, por eso es importante preguntar, consultar y dejar que otros con experiencias distintas, con posturas diferentes, con lógicas nuevas para nosotros, ayuden a fortalecer la toma de las decisiones que debemos tomar. Entre más posibilidades de visiones tengo, más equilibrada, más acertada y con la menor cantidad de errores previsibles tendrá mi decisión.
 
Ser equilibrados a la hora de relacionarnos con los otros es una manera de ser inteligentes y sabios en nuestra vida diaria. Hay que escuchar a todos, estar abiertos sus argumentos a favor y en contra de lo que hago; y escuchar es dejar hablar, dejar decir, no es convencerse ciegamente de la verdad del otro, sino darse tiempo para pensarla y evaluarla. Escuchar no es necesariamente estar de acuerdo, sino tener la posibilidad de estar en desacuerdo sabiendo en desacuerdo de qué o por qué. Hay que buscar un equilibrio justo entre saber cuándo los otros me muestran algo que yo mismo no puedo ver; y entre ser títere de los pareceres ajenos. Mejor dicho, como decía mi abuelita, en esto “ni tanto que queme al santo, ni tan poquito que no lo alumbre”.
 

También valdría la pena tener claro a qué personas se les debe escuchar porque sus comentarios nos permiten crecer y a quienes definitivamente debemos prestar atención porque son verdaderos maestros en sus vidas; y por el contrario a quienes hay que recibirle cualquier comentario o sugerencia con beneficio de duda, sin darle mucha trascendencia y sabiendo qué intenciones tienen al hablar.