Por estos días caminaba por uno de los pasillos de la universidad acompañado de un gran amigo y se acerca un joven a preguntarle si podría cotizarle un trabajo. Sacó de su morral un cuaderno donde estaban las especificaciones claras de lo que deseaba, se le notaba con mucha urgencia, sin embargo, mostraba con cautela en cada movimiento. Mi amigo con pequeños movimientos asentía sobre la solicitud del joven. Después de unos minutos, el joven pidió un valor sobre la solicitud. Mi amigo mirando y revisando la calculadora le dijo el precio a lo que el joven exclamó:

– ¡No joda y eso que eres creyente!
– Sí, soy creyente, pero mi trabajo tiene su valor.

El joven se fue murmurando muchas cosas mientras se devolvía haciendo señas grotescas. Esto me pone a pensar sobre qué significa ser creyentes en el mundo de hoy. Para muchos es un estado de extrema gracia donde debemos decir sí a todos, donde la palabra No debe ser condenada porque somos hijos de Dios, donde la sumisión debe ser nuestro valor e identidad. Ser creyentes no es estar prestos a las solicitudes de los demás. Ser creyentes es entender que somos capaces de trascender, que somos una luz en medio de la oscuridad perenne. Tenemos una vida en el aquí y el ahora que no se resuelve de rodillas orando, sino con las propias condiciones que ofrece el día.

Ser creyentes es ser un buen ciudadano, un buen trabajador, un buen empleador.

Que no nos dejemos influenciar de las palabras de los otros, ante todo un buen creyente es justo.