Una actitud común entre nosotros los seres humanos y más precisamente entre los cristianos es, nuestra falta de misericordia. Esta dolorosa realidad nos lleva necesariamente a revisar y reformular el punto de partida desde el cual debemos comprender  y llevar a la práctica esta virtud, que por lo demás es un regalo  de Dios a los hombres.

Ya en el Antiguo Testamento el Dios de Israel muestra su compasión por la humanidad “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y preciosa” (Ex. 3, 7-8ª).

A Dios le duele lo que le sucede a su pueblo elegido, escuchar y fijarse en sus sufrimientos es la muestra clara que el Dios en el que creen los israelitas es un Dios cercano; tanto así que dice que baja a librarlos, obvio que no es él quien baja en persona sino que utiliza a Moisés como instrumento suyo para gestar la liberación de aquellos a quienes ama y le pertenecen.

Ese bajar de Dios para rescatar a los hombres se concretiza en la persona de Jesús como muestra clara de amor infinito: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en él no muera sino que tenga vida eterna”. (Jn, 3, 16).

El mismo Dios del Éxodo sigue mostrando su interés en liberar, en rescatar a la humanidad movido por su interés y deseo de verla mejor,  y  más aún darle un regalo de proporciones inimaginables “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre”. (Jn. 3, 51).

Si, la misericordia de Dios no es sólo un sentimiento o un acto puntual de parte de él sino que  va más allá, llegando a una acción que se convierte en eje transversal de la humanidad:  dar vida y vida eterna a todos los hombres.  

Ser compasivos, ser misericordiosos, es aún tarea pendiente porque nos falta mucho camino para llegar a sentir como Dios siente y movernos a ser instrumentos en sus manos para comunicar esa vida plena que viene de él; debemos llevar vida a los hermanos, no muerte; debemos comunicar salvación y no condenación; debemos dejar de señalar y disponernos a sentir el deseo de rescatar, aportar y liberar a nuestros hermanos.   San

Juan Eudes, definió la misericordia como: “llevar en nuestras entrañas las miserias de los miserables”, es decir sentir el dolor del otro, de aquel a quien tengo en frente mío y socorrerlo, darle la mano, ayudarlo a levantarse, en otras palabras ser el instrumento de Dios que siente el dolor del hombre ante la aflicción así como lo vemos en el libro del éxodo que antes señalábamos.

La misericordia se volvió para muchos una devoción y le quitó todo el impulso de acción que realizó el mismo Señor en bien de la humanidad demostrando su amor pleno y puro; los cristianos destacamos la misericordia como un valor maravilloso pero que al parecer sólo es de Dios, y es admirable que él sea tan compasivo y misericordioso y olvidamos su mandato, ese mismo que es tarea pendiente para cada uno de nosotros: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo” (Lev. 19, 2); “Sean compasivos como es compasivo el padre de ustedes” (Lc. 6, 36)