Aunque me tilden de tibio o indeciso, creo firmemente en que es una virtud y una habilidad poder pararse en la mitad del camino por el que estamos andando para decir: me paro aquí, para echar para atrás, para dar un paso a un lado o para pasarme a otro camino. “No progresas” me dijo una vez un amigo al que le conté esta idea. No entendí su concepto de progreso. Luego me lo explicó: -progresar es echar para adelante siempre, sin desviarse. Enseguida recordé aquella frase que es muy de la costa y que tanto usaba el Monchi Maestre en la novela Oye bonita: “pa’ atrás, ni pa’ coger impulso”. Hace unos años lo creía, lo juro. También yo decía que si escogía hacer algo, tenía que terminarlo, sería eterno. Que mis elecciones jamás variarían. Primero muerto que tibio, decía (aunque después voté por Fajardo), porque a los tibios dios los vomita y todas esas cosas. Hoy sé que no es tan así.

En los últimos años, más de una vez me he parado en la mitad del camino para evaluar, para preguntarme si realmente vale la pena seguir caminando por el camino en el que ando. Y no hablo de una parte específica de la vida. No hablo de la vocación, o de los estudios, o de las amistades. Hablo de la vida completa. A veces es necesario abandonar caminos que sabemos no nos llevan a ninguna parte. Por más bonitos que sean. Por más seguridades que brinden.

Hoy entiendo el progreso a la mejor manera de Savater: “progresar supone desandar caminos erróneos, no acelerar por ellos con la vana esperanza de que desemboquen en algún paraíso inesperado.”. Y es que sí, progresar también es decir: no quiero, no sigo, me cansé. Progresar también es dar dos pasos a un lado y dejar que la vida siga mientras se encuentran otras formas de vivirla. Progresar también es entender que la vida gira, y que tiene dentro de sí misma cambios que uno no espera. Progresar también es bajarle un cambio al carro, darle menos importancia a la velocidad y poner la mirada en el paisaje que hay alrededor en este viaje que es la vida, y que si algo tiene, es que se pasa en un momentico.

Hoy me aparto de la imposibilidad de echar para atrás, de la imposibilidad de estar indeciso por una vez en la vida. De la imposibilidad de dudar, de preguntarme si estoy caminando por donde quiero. Hoy me abro a la libertad que me ha dado Dios y que me exige vivir buscando mi felicidad. Venga, que no está mal decir: he sido feliz pero ya no, prefiero ahora, atrasar el paso y si es necesario cambiar el camino, siempre en pro de ser más pleno, más libre, consciente de que también es una fortuna tener la posibilidad de echar para atrás.