La figura de la libertad de culto en nuestro país ha brindado mayor independencia en torno a las creencias que tienen los ciudadanos y esto ha producido que muchos consideren inclusive al ateísmo – que según la Real Academia Española de la lengua es aquello que niega la existencia de cualquier dios – como una ´religión´.

Por medio de las redes sociales se ha propagado una convocatoria animada por una organización que se autodenomina como atea, para participar de una jornada nacional de “renuncia al bautismo”, alegando el hecho de haber recibido este sacramento sin su consentimiento, fue más bien una elección impuesta, por lo tanto ahora deciden renunciar.

En un primer momento esto me confrontó profundamente y me llevó a preguntarme qué fue lo que llevó a estas personas a querer retirarse de la Gracia de un Dios vivo que desde el momento de nuestra concepción forma parte de nosotros y se nos reafirma en el bautismo. ¡Lo reconozco!; me sentí molesto, indignado, aun no puedo darle un calificativo a lo que sentí.

Sin embargo, el querer renunciar al Espíritu Santo tiene en el fondo una clara verdad: ¡somos más que conscientes de que el Espíritu habita en nosotros! Qué gran ejemplo para los que nos hacemos llamar creyentes. ¿Será que nosotros tenemos tanta fe como estos ateos? ¿Hemos entrado en verdadera conciencia de que somos templo del Espíritu Santo? Y lo más importante, ¿ven los demás a ese Espíritu Santo por medio de mis acciones?

Esto me lleva a responderme la pregunta que inicialmente me hice, ¿Qué lleva a estas personas a querer renunciar al bautismo? Y aunque me duele la respuesta, la tengo “al frente”… yo mismo lo he hecho. Como pueblo de Dios, hemos querido mostrar una fe más de apariencias y de tradición y no realmente de vivencias. La ausencia de un encuentro real con el Santo Espíritu de Dios que impulsa y reconforta me hace ser el mismo siempre, sin experimentar cambio alguno, sin querer hacer carne a un Jesús que al lavar mis pecados con su sangre en esa muerte de cruz, me ha renovado por su Gracia.

Sin querer, hay momentos en nuestra vida en las que involuntariamente renunciamos a la acción del Espíritu Santo en nuestra vida, convirtiéndonos en jaulas portadoras de un Dios que en la libertad que nos otorga, nos permite actuar como nuestra conciencia nos dicta; ojalá que siempre nuestra acción sea movida por su divina inspiración.