“Hoy es conducida al templo la Inmaculada Virgen, para convertirse en morada del Dios del universo y sustento de toda nuestra vida”. Estas son las palabras que León Maestro profiere en el siglo IX, para recordar una fiesta de origen antiguo, unida a la dedicación de la Iglesia de Santa María la Nueva en Jerusalén, que ocurrió en el 543.

La Iglesia de Oriente instituyó y conserva celosamente esta fiesta. Se considera que entre las celebraciones tradicionales mariana los hermanos orientales reservan a la Presentación de la Santísima Virgen María una memoria particular.

La devoción a la Madre de Dios es muy grande en Oriente, tanto que el icono de la Theotókos (Madre de Dios) se encuentra siempre junto a la de Cristo- maestro, en el lugar de honor de toda asamblea.

La fiesta entra en el calendario romano solamente a partir del siglo XIV, gracias al Papa Gregorio XI, quien en 1371 autorizó su celebración en algunas iglesias y en la curia papal de Avignon. Después fue aprobada definitivamente a finales del 1500, por obra de Sixto V, que la extiende a la Iglesia Universal, como fiesta mariana menor.

La presentación de María en el templo es un acontecimiento que no figura en los textos sagrados- Aparece en los Evangelios apócrifos, escritos en los primeros siglos y en muchos aspectos análogos a los libros de la Biblia, que la iglesia no considera inspirados por Dios, como las Sagradas Escrituras.

Según los apócrifos, María siguiendo la promesa de sus padres, fue llevada al templo a los tres años, entre el canto de los ángeles, acompañada por un gran número de niñas hebreas, que sostenían antorchas encendidas.

La presentación de María recuerda la “bendita entre todas las mujeres”, aquella que “es bienaventurada, porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó, custodiando más la verdad en su mente que la carne en su vientre”.

Para tu vida

Celebrar la presentación de María en el Templo, nos remonta a las costumbres judías de presentar a los niños al todo poderoso. Más que una tradición, es el reconocimiento a Dios como nuestro creador, como la fuente y culmen de nuestra vida. Por esta razón, presentarnos ante el Señor, busquemosle para manifestarle nuestro amor y para reconocer que él es señor y rey de nuestra vida, para consagrar nuestra vida a su infinita misericordia.