Amar es uno de los sentimientos más puros y bonitos que como seres humanos somos capaces de experimentar, pero este a veces se ve opacado por esas heridas que marcaron nuestra vida, y que aún siguen ahí, causando dolor, causando vacíos.

Hemos pasado ya cuarenta días en los que preparamos el corazón, en los que nos propusimos dejar esas cosas que nos alejaban de Dios, y nos reconciliamos con Él a través del sacramento de la confesión. También la cuaresma es ese momento de sanar el alma, y para esto es necesario que sepamos a ciencia cierta cuáles son esas heridas que aún están presentes, que nos duelen y que no nos permiten amar sin condiciones, amar al estilo de Dios.

Si hiciéramos un retroceso en nuestra vida, recordando poco a poco cada una de esas heridas que pasaron por nuestro ser, que dejaron huella en su momento y que tal vez creíamos ya sanadas, pero nos damos cuenta que al recordarlas, todavía duelen, todavía despiertan en nosotros sentimientos y lastiman. Esas heridas que creemos sanadas pero que cuando estamos en la soledad o cuando pasamos por alguna dificultad, vuelven salir a flor de piel, son las que hoy tenemos que poner en manos de Jesús, para que nosotros podamos morir a esos sufrimientos, podamos realmente perdonar a nuestros padres, hermanos, tíos, amigos, familia, a quien sea que haya causado nuestro dolor.

Dejemos que Cristo nos abrace, que Él en esta Semana se pueda llevar estos dolores y con su Resurrección, nosotros también surjamos a una nueva vida, llena de amor, de esperanza, de nuevas fuerzas para ser testigos de Jesús en la tierra, testigos de ese amor incondicional, de esa alegría para dar a conocer al Padre amoroso, al Padre misericordioso, que no se cansa de dar y que siempre nos espera con los brazos abiertos.

Hoy preparemos esa lista de heridas que vamos a entregar, esa lista de perdones que vamos a regalar, y entreguemos todo esto, para que el Sábado Santo, cuando empecemos la pascua, también empecemos esa vida nueva que Dios nos regala a través de su hijo.