Una de las excusas más frecuente para no tomar decisiones trascendentales, es que no sabemos qué nos puede esperar luego de tomar la decisión. Cuando no tenemos nada seguro, incluso, cuando lo tenemos, saltar hacía la cosas nuevas es muy difícil, quizá por ese instinto que es tan humano y que evita que nos volvamos pedacitos en cualquier tipo de salto que hagamos. Es normal, lo sienten los que no saben nadar cuando intentan hacer un clavado en una piscina. O los que le temen al riesgo cuando están a punto de tirarse de un puente en uno de esos juegos extremos. Y ¿si no encuentro el piso y me ahogo? Y ¿si se rompe la cuerda que me sostiene? Son las preguntas de siempre.

Ese mismo instinto que se traduce en miedo es el que aparece cuando vamos a tomar decisiones que nos cambiarán por completo la vida. Y es que es muy difícil arriesgarnos a tomar una decisión cuando no tenemos ni idea de dónde vamos a caer, sin saber qué nos espera abajo. Pero a la final no sé qué acaba siendo peor, si el hecho de no saltar por miedo a que no aparezca ningún piso y  quedarse en la zona de confort aunque uno se haga daño y no sea feliz, o tirarse y caer en el primer piso que aparezca, porque de algo si hay que estar seguros, y es que algún piso aparecerá. Yo creo personalmente, que lo primero es más  feo.

Hay que optar por los riesgos de vez en cuando –si no siempre-, no se puede pretender pasar la vida sin ser felices por simple miedo a no arriesgar un poco. No se puede vivir sin despeinarse, sin herirse, sin golpearse, al fin y al cabo, esa es la manera más bacana para crecer. Yo estoy seguro que si yo no me hubiese raspado las rodillas más de una vez, ni  me hubiese caído de la bicicleta mientras aprendía, ni me hubiese caído mientras corría, muchas de las actitudes que tengo para encarar a la vida, no estarían en mí. Y es que muchas de las cosas bacanas de la vida están antecedidas de errores y heridas que pronto sanan y permiten entender que vale la pena arriesgarse.

Hay que saltar. Si no hay felicidad, hay que saltar. Si la vida ya  no agarra encanto, hay que saltar. Si no hay tranquilidad, hay que  saltar. Si el lugar en el que estamos ya no nos aporta ningún tipo de sentido, hay que saltar. Seguro que si saltas te vas a golpear, te vas a herir, te vas a volver mier…coles, pero luego sanarás, luego serás feliz de nuevo, y verás las heridas cicatrizadas que tienen una valor ambivalente hermosísimo, porque significan: “aquí dolió”, pero también, “aquí fui fuerte, y también sanó”.

Salta, que seguro aparecerá algún piso, en el que podrás apoyarte para seguir caminando, para  seguir construyendo tu felicidad, para seguir dando lo mejor de ti, pero ahora más pleno, menos terco, con más claridad. Salta, ya aparecerá el piso.