Vivimos en una época en la que, aún, un sector de la ciudad determina el valor de una persona por la cantidad de dinero que circule por su cuenta corriente, o por la cantidad de propiedades que posea. Mientras más se tenga, en términos materiales más importante se es. Lo que quiere decir que si no se tiene nada que mostrar, no se es valorado, no se es reconocido y mucho menos se es tenido en cuenta para eventos especiales.

Vivimos en una época en la que, aún, un sector de la ciudad determina el valor de una persona por la cantidad de dinero que circule por su cuenta corriente, o por la cantidad de propiedades que posea. Mientras más se tenga, en términos materiales más importante se es. Lo que quiere decir que si no se tiene nada que mostrar, no se es valorado, no se es reconocido y mucho menos se es tenido en cuenta para eventos especiales.

Esta forma miope y mezquina de definir el valor de los hombres no tiene en cuenta lo que hace quien se rodea de cosas y de dinero para conseguirlo. El camino que se siguió, las estrategias que se implementaron, las alianzas que tuvo que realizar y sobretodo el daño producido a la otra persona no cuenta. Eso forma parte del pasado, lo que cuenta es el presente, el ahora y lo que se ve. Es por ello que muchos hombres y mujeres se han obsesionado por la búsqueda de dinero cueste lo que cueste, aunque con ello tengan que renunciar a sus principios más fundamentales como el respeto a la propia dignidad y a la dignidad del otro y el respeto a la vida en todas sus manifestaciones.

Conseguir y acumular dinero es la meta de muchos aunque para ello tenga que explotar y ocasionar miseria a los demás miembros de su comunidad a través de actos de corrupción, como lo que hacen nuestros políticos, quienes justifican su accionar argumentando que si no son ellos otros lo hacen por ellos, o simplemente lo que hacen quienes están detrás de los comercializadores de la droga, los grandes capos; quienes secuestran; quienes viven de la extorsión. Para no ir tan lejos, como hacen aquellos empresarios que no pagan el salario justo sino que a costa de sueldos de hambre a sus trabajadores, aumentan su fortuna particular; también como hacen aquellos que viven de la usura haciéndose cada vez más ricos con el dinero que les roban a los pobres a través de intereses elevadísimos e impagables.

A pesar de todo el trauma y la situación de miseria que causen estos mal llamados gestores del desarrollo, con frecuencia asistimos a eventos públicos en donde se les hacen reconocimiento por su aporte al progreso del País. Nos preguntamos: ¿progreso de quien? ¿Progreso del País o progreso de ellos?

Con relación a este tema el Señor Jesús en el Evangelio nos recuerda algo muy especial. Nos pregunta: ¿quieres ser el más importante? Y en el instante nos responde. ¡Hazte servidor de los demás! Si quieres ser importante sirve, ayuda, se solidario, piensa primero en el bienestar de los otros. No seas como los fariseos que buscaban estar en los primeros puestos en los banquetes y reuniones sociales, cuando merecían estar bien lejos, por la dureza y por la maldad que guardaban en su corazón. En otra parte la palabra recuerda hay más alegría en dar que en recibir, por una razón sencilla, cuando tu abres las manos para dar a los demás estás preparando el camino par que esas manos se abran a favor tuyo el día en que necesites de los otros. Animo a quienes lean este artículo a que eduquemos a nuestros hijos en el servicio a los otros, pero en el servicio sincero, diáfano y oportuno. En buena hora el Papa Francisco ha llegado a dirigir los destinos de nuestra iglesia enarbolando las banderas del servicio y la sencillez como camino para reconocer en el otro la presencia de Jesús.