Todo ser humano nace contextualizado, es decir, en una cultura con valores, normas y formas de vida propias, que de alguna manera van configurando su personalidad y carácter. Desde el mismo momento de su concepción, el hombre recibe no solo la influencia genética de sus progenitores, sino que también empieza a ser configurado por el grupo social del cual entra a formar parte.

Sin embargo, eso no quiere decir que ya estemos determinados o predestinados de manera definitiva a reproducir un molde preestablecido, pues poseemos la capacidad, gracias al don maravilloso de la libertad, de tomar nuestras propias decisiones y darle una orientación propia a nuestra vida.

Decía el filósofo Friedrich Nietzsche: “El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Por supuesto que no debemos entender estas palabras como a un llamado a la anarquía, a la irresponsabilidad social ni al libertinaje, sino como una exhortación a no repetir a nadie, aunque corras el riesgo de no agradar a unos cuantos así te implique dificultades por pensar diferente a los demás.

Se trata, por tanto, de no permitir que la excesiva preocupación por el qué dirán o por lo que piensen los demás, determinen nuestras decisiones y nuestras opciones de vida. No debemos desentendernos completamente de la opinión de los otros, pues somos seres sociales, pero jamás debemos poner su aceptación por encima de nuestra felicidad, a no ser que queramos experimentar una continua insatisfacción. Recordemos que nadie más que tú mismo es responsable de la orientación que le das a tu existencia.