La Semana Santa ha cambiado de significado para mi, que ya estoy entrando a la tercera edad; y no solo el significado, porque he visto como la gente también cambió su manera de vivirla.

Cuando era niña la semana Santa era vívida con mucho drama y seriedad; además la acompañaban tradiciones y mitos que cogían cuerpo en la mente de un niño. La música cambiaba en la radio, era clásica y solemne. No se escuchaba una chabacanería ni por equivocación. El clima solía ser nublado y eso daba un aire más dramático al sufrimiento de Jesús que se empezaba a sentir gris y triste desde allí.

La ceremonias en jueves y viernes santo, las primeras a las que fui, eran muy muy largas, en latín y los monumentos que eran de obligatoria visita se veían enormes y poco comprensibles a los ojos de un niño.

La gente se vestía de oscuro para ir a la iglesia y transitaban familias enteras en romería por las iglesias para visitar los monumentos.

La tristeza agarrotaba el corazón, casi se sentía el dolor de Jesús en el propio cuerpo y para complementar solo daban películas como el Mártir del calvario, de la que recuerdo haber salido llorando varias veces.

Confieso que no entendía mucho el significado de lo que se vivía, pero se vivía el duelo.

Para las generaciones de hoy, la Semana Santa es solo una semana de vacaciones. Quienes no han tenido una formación religiosa, ni saben que pasó o quién es Jesús y lo que es peor, no les interesa.

En cambio, para mí, su cercanía, su mano permanentemente extendida buscándome, es el motor de la vida. Haber entendido el significado difícil, pero posible, del amar al otro como a una misma es el reto de cada día, que a veces venzo y a veces me derrota.

La Semana Santa es un tiempo de reflexión, de pasar por todos los escenarios de la fe. De vivir el desierto que a veces nos coloca muy lejos de Dios y de todo, pero del que, podemos regresar renovados y reafirmados en nuestra fe.

El jueves y el viernes nos permiten pensar en la humildad y el servicio que dan valor a la vida del creyente, que dan un significado al accionar del cada día El orgullo es grande, un gigante que crece entre más se poda, que nos avasalla y nos hace sentir más que el otro y nos obliga a que el otro sienta que somos más.

Si logramos derrotar al menos a ese gigante en esta semana, habrá valido la pena. Porque no se trata solo de visitar monumentos, hacer largas colas para comulgar el viernes santo y asistir a la ceremonia de la Luz; también se trata de renovarnos en fe, de acercarnos a Jesús amor y de tratar de ser mejores cada día.