Llegamos los tres amigos, un poco silenciosos, al lugar donde solemos ir cuando tenemos motivo de dialogo. Este lugar es un pequeño claustro, cercado por cuatro paredes blanquísimas, que se interrumpen por dos robustos buganviles. Nada turba el silencio del pequeño claustro, que envidiarían unos monjes soñadores de la edad media.

Llegamos los tres y nos sentamos en silencio, en las losas del piso. Estas losas fueron colocadas, hace doscientos años, por algún poeta a quien le gustaba la absoluta soledad. Al fondo, una piedra grande daba la sensación de lo estable y de lo firme.

Estábamos los tres sentados en el suelo, cuando entro también, por la puerta que da a un bosque antiguo, un personaje desconocido. Lo dejamos sentar en el fondo, cerca de una alberca de piedra, que embellece espléndidamente aquel claustro evocador.

Empezamos los tres a conversar con absoluta sinceridad, que tenía acento de agonía. Uno de nosotros comenzó diciendo:

– Quiero decirles a ustedes lo que pienso. No se escandalicen, no se alarmen y no digan a nadie lo que les voy a decir.
Yo soy un hombre lleno de dudas. Mi fe absoluta no alcanza a acallarlas. Yo sé que la duda y el amor pueden estar juntos. Yo me pregunto, perdónenme ustedes, como fue la creación del universo. No tengo la mejor idea de cómo aconteció. Pienso que nadie lo sabe.
Me pregunto también como fue la creación del alma del hombre y como fue la aparición de mi propia alma. Me pregunta cómo va acontecer mi eternidad, que es lo que voy a ver, como van a ser mi situación y mi actitud y mi mirada.
No se alarmen, soy un hombre lleno de dudas. Me pregunto quienes fueron y como fueron mis lejanos antepasados. Como fue el caminar y el pensar de los primeros hombres. Yo no veo nada, yo sé nada.
No me explico cómo la gente puede vivir tranquila, en medio de las brumadoras interrogantes que rodean al hombre.
Usted, amigo Carlos, que es filósofo, que estudió teología en universidades europeas, dígame si usted sabe algo, algo más que solamente dudar e interrogarse. Hable usted, que dicen que sabe tanto.

Carlos contestó:

– Yo tampoco se nada. He leído todo lo que han dicho los filósofos antiguos y los modernos alemanes, y no he sacado el limpio nada acerca de lo que usted está preguntando. Todos dicen: “No sabe nada, ignoramos, ignoraremos…”.
– Yo le pregunto a usted, Diego; usted, tan inteligente. Usted, que sabe todos los nombres de todos y de todos, que diga: ¿Que sabe acerca de la gran pregunta?

Él sonrió y contesto:

– Yo he leído mucho y lo he retenido todo, pero nunca encontré un libro que se enfrentara a este gran interrogante.
¿Será que no hay respuesta? ¿Será que el hombre vivirá toda la vida sin tener la menor contestación de lo más importante que hay en la existencia?
Si preguntamos a los sabios gurúes hindúes que pasan la vida contemplando, sumergidos en la inmensidad del nirvana; si les preguntamos a los jóvenes lamas, que viven en los conventos de los altos riscos del Tíbet, sumergidos en la gran pregunta: ¿sabrán contestarnos sobre este interrogante fundamental del hombre?
Aquí, en este patio enlozado de piedras, donde nadie nos oye y donde podemos plantearnos muchas preguntas, con toda sinceridad, sin que nadie dude de nuestra fe, ¿Quién nos podrá responder?

De repente, el desconocido que había entrado sin que los invitaremos, se levantó. Todos miramos hacia él. Tenía un rostro pálido y unos ojos profundos, inteligentes, y hablo con un acento extranjero, que no sabía de qué lengua provenía. Si era un oriental o un latino. Si hablaba lenguas sajonas o lenguas cercanas a la nuestra. Y dijo:

– Estas preguntas que ustedes están haciéndose son las preguntas de todos los hombres que piensan, desde el principio. Nunca han podido ser contestadas. El hombre está condenado a vivir sin saber a ciencia cierta cómo fue su origen, como será el abismo de luz o de oscuridad donde terminara su existencia.
No sigan ustedes planteando esta pregunta a nadie; ni a los libros ni a los doctos ni a los sabios, porque todos ellos están en la misma agonía.
Hay una respuesta que es la única: creer, pero sin entender nada, que Dios, que es misterio, creó el universo. Creer que a la hora de la muerte nos sumiremos en Él, como si fuera un abismo de luz, un abismo de belleza, donde encontraremos las adorables personas de Cristo. Creer sin haber visto y sin haber sospechado.
No se pregunten más, aunque la vida del hombre es preguntar. Sumérjanse en la opaca lista de la fe y de nada más. No giman, no sollocen por no saber.
Reúnan ustedes aquí, en este pequeño patio maravilloso y silencioso, a Sócrates y platón, a Agustín, a Tomas de Aquino. Reúnan al sutil Scoto, reúnan a Alberto Magno, a Kant, reúnan a Heidegger, reúnan aquí a los contemplativos monjes del Tíbet, y ninguno podrá contestar. Reúnan a todos los monseñores que tienen sus bibliotecas llenas de libros encuadernados en cuero. Ninguno puede intuir lo que va a pasar.
La mejor respuesta será la posesión, la mejor respuesta la tendrá el creyente, cuando se abra el gran enigma, el pavoroso o el amoroso enigma. Solo conoceremos cuando nos sumerjamos en el abismo de Dios.
Lo mejor es que nos quedemos silenciosos, mirando el bosque lejano, oyendo las abejas que zumban, mirando el azul infinito del espacio, que es hermano de lo eterno, hermano de los incomprensible, hermano del hombre que mira en agonía lo inalcanzable.
La belleza del hombre cristiano es creer, a pesar de las preguntas. Sabiendo que ningún dogma está exento ni inmune de la duda.

Y el hombre de la mirada extraña y de la voz desconocida, apoyándose en la piedra que se alzaba en el fondo del patio, continuo:

– Acérquense a esta roca, agárrense de esta piedra, que es signo de la piedra fundamental que da seguridad a los creyentes, y sepan que en este pequeño claustro hemos sido absolutamente sinceros y hemos hablando lo que se preguntan íntimamente todos los hombres que piensan.