“Somos la Iglesia de Cristo” es la consigna que muchos usan como contentillo para referirse al hecho de que, cómo ha sido fundada por Cristo, la Iglesia es intocable y sus acciones irreprochables. Lo repiten una y otra vez, hasta el punto de convertir esta frase en un cliché que acaba con todo su sentido, y además de terminar justificando ciertas acciones que ella a lo largo de la historia ha cometido, y de las cuales aún no se ha hecho cargo. Que el mundo le reclame coherencia a nuestra Iglesia no es de gratis.

Jesús ama a su Iglesia y la invita constantemente a la conversión a través de los signos de los tiempos, la invita a la renovación y a la búsqueda de una mayor fidelidad a la propuesta del Evangelio. En medio de un mundo marcado por la apatía a lo religioso, la Iglesia tiene la tarea de acercar el mensaje de Jesús, de hacerlo cada vez nuevo, obedeciendo la invitación del mismo Jesús a meter el vino nuevo en odres nuevos, esto es, hacer su mensaje cada vez más accesible, entender que ese mensaje es siempre nuevo, y que los modos de anunciarlo, deben ser también nuevos y capaces de responder a las necesidades del hombre de hoy.

La sociedad le reclama coherencia a la Iglesia. Los abusos por parte de clérigos a menores de edad, el ala ultraconservadora de la Iglesia atentando contra el Papa, las cerradas estructuras medievales impuestas por una parte de la Iglesia, son apenas algunas de las cosas que ella, conformada por laicos y religiosos, debe revisar. A veces se nos hace demasiado fácil hacer un juicio sobre el mundo y la manera de vivir de quienes no comparten nuestra fe, y se nos complica demasiado hacer una crítica introspectiva que nos lleve a preguntarnos qué estamos haciendo mal y como cada uno a partir de su papel en la Iglesia puede mejorarlo.

No podemos seguir convirtiendo a la Iglesia en una jaula ortodoxa que ahoga la revolución existencial de Jesús. No podemos reducir el proyecto de Jesús a un culto que si bien es importante, no le dice nada al hombre moderno. No nos podemos permitir perder la oportunidad de ayudar a Jesús a conquistar corazones de formas nuevas, solo por no movernos de nuestra zona de confort. Jesús nos está exigiendo salir de nuestros templos, la voz de Francisco y su llamado constante a una ‘Iglesia en salida’ es la voz de Dios que nos está llamando la atención y nos está cuestionando para repensar el papel de la Iglesia en la sociedad moderna.

Pero para esto, es necesario que seamos capaces de centrar los ojos en Jesús. Es necesario poner a Jesús en el centro. Mientras sigamos escondiendo nuestra mediocridad y tapando nuestros errores para aparecer como intachables frente a un mundo que a causa del desarrollo de los medios de comunicación, conoce nuestras faltas casi que con inmediatez; mientras continuemos pensando que la Iglesia no ha de acabarse, y tomemos ese mensaje como una prueba de seguridad para mantener la barca anclada, no podremos ser fieles a la propuesta de Jesús en la búsqueda de la consecución de un mundo más justo y digno.

Es momento de escuchar los signos de los tiempos. Es momento de oír las voces que desde el mundo nos reprochan nuestras faltas. Es momento de pedirle a Jesús que abra nuestros ojos para ver con claridad lo que Él espera de su Iglesia. Es momento de atender al llamado que el hombre moderno, sediento de Dios, le hace a una Iglesia fundada para dar vida a quienes caminan muertos por el mundo y no para acabar de matar a quienes tienen un poco de aliento; una Iglesia pensada para dar libertad a quienes a causa del tedio de la existencia se encuentran cautivos y no para oprimirlos más; y sobre todo, una Iglesia consiente de que su tarea es llenar a este mundo de algo que todos los días pide a gritos: el amor de un Jesús libre de parapetos y bisuterías, del Jesús que frente al aparato religioso opresor de su época fue capaz de decir “vengan a mí los cansados y agobiadas […] porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mateo 11, 28-30), del Jesús que espera que sigamos sus enseñanzas, del Jesús que cada día nos pide que seamos más fieles a su propuesta. En suma, del Jesús que prefiere que seamos menos poderosos, menos sectarios, menos egocéntricos y mucho más cristianos.