Vamos llegando al final del Sermón de la montaña. Jesús se concentra en la comunidad, como lo hará de nuevo más adelante en el capítulo 18, dedicado a las relaciones comunitarias. El acento en esta ocasión está en la dimensión profética del discipulado y por lo tanto de toda comunidad cristiana.

Todo discípulo del Señor está llamado a ser profeta. Así lo vimos en última de las bienaventuranzas: los perseguirán por ser profetas (5,12). Ahora, en la Biblia se hace el discernimiento entre el verdadero y el falso profeta. Así ocurre ya desde el Antiguo Testamento. No por el hecho de que una persona haga denuncias, hable fuerte o ponga el dedo en la llaga, es considerado un verdadero profeta.

‘¡Cuídense de los falsos profetas!’, dice Jesús. Tanto en la sociedad, como en las religiones y en las Iglesias, puede haber verdaderos y falsos profetas. ‘¡Cuídense de…!’. El verbo griego ‘prosejō’, connota el ponerse en un estado de alerta. En este contexto quiere decir: aplíquenles el discernimiento, destápenlos.

El criterio de discernimiento que nos propone el Señor es sencillo: reconocer las personas, no por lo que dicen, sino por lo que en la práctica hacen. En otras palabras, la coherencia de vida.

En el actuar se manifiesta la realidad en la que se cree. Si hay contradicción entre lo que dice y lo que se vive, no se es verdadero profetas del Señor, sus obras no se derivan de la Palabra de Dios, sino de su egoísmo y de sus pasiones. Así se hable de Dios y se ocupe de las cosas de Dios, es un impostor.

El tema de la coherencia entre las palabras y la vida es apreciado por la sensibilidad semita, para la cual la palabra está estrechamente ligada a los hechos, hasta el punto de que el sustantivo hebreo “Dabar” significa ambas cosas, palabra y hecho. En el mundo grecorromano de los tiempos de la redacción de los evangelios, el asunto no era diferente; repercutía un principio de Aristóteles: el carácter de una persona se conoce por la conducta.

Y el pensamiento cristiano siguió después en la misma dirección. A propósito, decía San Bernardo: “La fe, por muy correcta que sea, no basta para hacer un santo, un hombre recto, si no obra en el amor”. La ortodoxia se verifica en la ortopraxis.

Para explicar esto, Jesús se vale de dos metáforas, una del mundo animal y otro del mundo vegetal. Vamos a repasarlas y agregaremos luego un aviso espiritual.

Primero, ‘por fuera corderos, pero lobos por dentro’

‘Se acercan disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos rapaces’ (7,15).

Es decir, no detenerse en cuestiones principio, en las grandes afirmaciones o en las prácticas de fe ostentosas. Todo eso puede ser apenas un disfraz.

La imagen del disfraz de oveja indica que uno se puede presentar como una persona interesante, significativa y buena, pero llevar por dentro maldad, injusticia, avidez, envidia, deseo de prevalecer sobre otros o de aprovecharnos de los otros.

La imagen del lobo tiene dos connotaciones: la rapacidad y la agresividad. Se puede estar al servicio del Señor, pero con segundos intereses: el beneficio propio. También uno puede aparecer muy tratable en las relaciones públicas, pero ser agresivo y maltratador en la vida privada. Todo ello indica que aún cuando se esté públicamente al servicio del Señor, el corazón no está realmente convertido; y eso al final sale.

Segundo, ‘el árbol bueno da frutos buenos’

‘Por sus frutos los reconocerán: ¿es que se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?’ (7,16). Si un árbol resulta improductivo mejor dejarlo de lado (7,19).

El mensaje es: hay que ir a lo esencial, dar los frutos que cada persona está en capacidad de producir. Entonces, las elucubraciones mentales y lo que diga la boca si no tiene correspondencia con la práctica, se desvanecerá, como el hielo en el sol.

¿He encontrado al Señor? ¿Digo que soy seguidor de Jesucristo? ¿He hecho del evangelio, a pesar de mis limitaciones, el criterio que mueve todas mis acciones? Pues eso se ve en la vida diaria, en el trabajo, en las relaciones familiares, en lo que uno hace en el tiempo libre. Pero sobre todo a la hora de las decisiones.

‘Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos’ (7,18).

Estamos ante una enseñanza del Señor que es tajante, dramáticamente verdadera, que lleva a un examen de conciencia. Fuerte, sí, porque se trata de un reclamo de autenticidad. Si no se nota que mi vida es diferente, que he entrado en un camino de conversión, que al menos me esfuerzo por ser cada día mejor, si no busco continuamente la alegría del evangelio, entonces tendría que dudar de mí mismo y de la sinceridad de mi fe.

Tercero, un aviso espiritual

¿Pero qué pasa si nos damos cuenta de que somos incoherentes? No es para desanimarse. Ya el hecho de admitirlo es un gran paso. Admitir que somos terreno estéril es el paso esencial para hacer crecer la semilla de la palabra, que la única que trae fecundidad.

Cuando se lee una página del evangelio como esta, que lleva a discernir la falsa profecía, uno corre el riesgo de levantar el dedo y señalar las incoherencias de otros e incluso darse látigo a sí mismo. No se trata de eso.

¡Cuánto quisiéramos ver cambios en otros o en nosotros! Pero ocurre a veces que el retardo en la producción de los frutos esperados y deseados es el don que el Señor nos hace para que hagamos un aprendizaje de vida, esto es, a tomar la justa distancia entre la imagen que nos hecho de nosotros mismos y lo que, en cambio, está madurando dentro de nosotros. Hay un Dios que siempre está trabajando y que lo que espera es que entendamos que somos como una cantera siempre abierta. Y la gracia siempre será más fuerte que los logros de nuestro esfuerzo.

El darnos cuenta de que nuestros buenos propósitos no siempre coinciden con lo que realmente hacemos, al final resulta ser un hecho saludable que puede hacer más fecunda nuestra existencia.

Es necesario aprender a no lamentarse de seguido, ni de uno ni de los otros. Si es verdad que un árbol que tiene raíces bien sólidas no será infecundo. Los tiempos la maduración no nos corresponden a nosotros establecerlos. Los frutos de nuestra vida, de hecho, antes de ser el resultado de nuestras capacidades, son los signos de lo que Dios obra través de nosotros cuando renunciamos a tener nosotros solos el control de nuestra existencia.

Por eso es necesario no poner la mirada solamente en los éxitos y ocuparse primero del curso de la obra. Más que vivir de pretensiones, lo primero es custodiar una relación con Dios que sea más fuerte que la mutación de los tiempos y de las situaciones. Si las raíces de nuestra existencia están plantadas en una fe sólida, en una fuerte relación con el Señor, los frutos vendrán, siempre vendrán, pero a su debido tiempo.

Concédenos, Señor, buscar la autenticidad. Que sepamos admitir nuestros límites, nuestros errores e insuficiencias. No permitas que nos escondamos detrás de disfraces. Danos la valentía de ver cada incoherencia nuestra como una invitación para mejorar, como una manera de excavar hasta lo hondo nuestro ser, hasta la verdad de nuestro corazón, y apoyarnos todo desde ahí sobre fundamento sólido que es la semilla viviente y fecunda de tu Palabra. Tu Espíritu nos fortalezca para no huir ante lo que nos parece exigente y nos conduzca para apoyarnos en ti y no en nuestros límites. Amén.