‘¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?’

Esta pregunta, y crítica a la vez, que los discípulos de Juan Bautista le hacen a Jesús nos lleva a preguntarnos: ¿tiene sentido ayunar?

Ellos están preocupados porque no ven ayunar a los seguidores de Jesús. Por su parte, ellos imitaban a Juan Bautista quien ayunaba como expresión de penitencia; práctica que también distinguía a los fariseos, quienes lo hacían dos veces por semana.

La cuestión es: ¿Tiene sentido ayunar?

Ante todo hay que recordar que el ayuno en judaísmo intentaba expresar mediante el ‘vacío’ en estómago el ‘vacío’ creado por el pecado en la ruptura de la relación con Dios. El gesto acompañaba, por tanto, el camino penitencial. Además, en situaciones de luto, expresaba el ‘vacío’ dejado por la muerte de un ser querido. En este sentido el ayuno acompañaba la elaboración de los lutos, de las ausencias.

Así pensaba el judaísmo, pero ¿tenían que hacerlo también los cristianos?

Detrás del pasaje del evangelio se deja entrever una polémica entre los primeros cristianos. La comunidad de Mateo estaba dividida al respecto: unos afirmaban la continuidad con el judaísmo y sus prácticas, y otros insistían en la radical novedad cristiana que los distinguía. ¿Continuidad o discontinuidad? (Por cierto, la solución está anunciada en Mt 5,17: ‘No he venido a abolir sino a dar cumplimiento’).

Pero, además, también se hacían notar dentro de la comunidad dos tendencias extremas: una más rigorista que se aferraba a estas tradiciones del pasado y otra más laxa que tenía dificultad para abrazar la cruz y sus exigencias.

La respuesta de Jesús aclara el asunto. Pero no la pone fácil. Implica poner atención a sus palabras. De hecho, primero dice que ‘no’ y luego dice ‘sí’. ¿Una contradicción? Claro que no. Con su respuesta Jesús admite el ayuno, pero le da un nuevo significado. Lo presenta no como un mandato sino como un hecho inevitable ante la situación creadas por el evento de la Cruz (‘El novio será arrebatado’).

Por tanto, un discípulo de Jesús no ayuna como los seguidores del Bautista ni mucho menos como los fariseos. ¿Cómo lo hace entonces? En el pliegue entre el ‘no’ y el ‘sí’ se delinea una maravillosa respuesta.

Primero el ‘no’

Jesús plantea un cuestionamiento que tiene una respuesta obvia: ‘¿Acaso pueden estar de duelo (en griego ‘pentheō’) los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos?’.

El argumento de Jesús es que sus seguidores se encuentran en una nueva situación, están como en una fiesta de boda, donde obviamente se come, se baila, se está contento. Es lo que ocurre con la venida del Mesías.

Pero el punto central es en esta comparación Jesús se identifica con la imagen del ‘Esposo’. La imagen matrimonial es transversal en la Biblia y de ella se vale Dios para referir el peculiar tipo de relación que entabla con su pueblo: una relación esponsal, que es una relación de Alianza, ‘Yo soy vuestro Dios… vosotros sois mi pueblo’. Esta experiencia llega a su cumbre con Jesús.

No entiende el ayuno desde la perspectiva cristiana quien no tiene presente la identidad de Jesús como ‘el Esposo’. Los discípulos son ‘los amigos del esposo’, quienes ocupaban un papel destacado en la fiesta de boda. Ellos son testigos de lo que Jesús es: es el esposo porque es la presencia más importante en la vida de quien entra en relación con él. Es el esposo porque es el centro ardiente de la vida.

Segundo el ‘sí’

Jesús agrega enseguida: ‘Pero (con la adversativa ‘dé’, en griego)… vendrá el día en que les será arrebatado, entonces ayunarán’.

Ahora Jesús plantea un hecho: el ‘duelo’ (‘pentheō’), la lamentación, llegará inevitablemente con su muerte. Es paso de la presencia a la ausencia. Se trata de un ‘vacío’ que los discípulos tendrán que examinar, una relación honda que tendrán que restablecer. Esto es, ¿qué pasa cuando falta el el Esposo, el amor ardiente, el punto focal de sus vidas?

Detengámonos ahora brevemente en algunas consideraciones que amplían el registro interpretativo y nos ayudan a captar la novedad cristiana en la práctica del ayuno.

Primero, el sentido profundo del ‘comer’

Partamos de lo positivo. ¿Por qué comemos? El comer es la primera de nuestras necesidades vitales. Es un impulso inevitable que desborda la simple función nutritiva para revestir connotaciones relevantes afectivas y simbólicas.

En cuanto hombre, el ser humano no sólo se nutre de comida, también de palabras y de gestos que se intercambian, de relaciones, de amor, de todo lo que le da sentido a una vida nutrida y sustentada.

El comer no es sólo una necesidad física, es también relacional. No es lo mismo comer solo y a las carreras, que junto con otros y con tiempo. Tiene una dimensión de convivio que nutre también el amor. La comida no es un simple carburante que se pone en el estómago y que se asimila lo más rápidamente posible, en torno a ella se nutren la fraternidad.

Esto es tan profundo en la vida de uno, que la búsqueda de alimento es lo primero que hace un niño recién nacido. Él ha sido nutrido por su madre en el vientre durante la gestación. Pero curiosamente, apenas nace, es el primer modo de relación con el mundo externo. El niño busca primero el seno de la madre e inicialmente no distingue entre madre y alimento. Por tanto se nutre de un amor. Luego se va nutriendo de las presencias que le rodean: él ‘come’, internaliza voces, olores, formas, rostros, y así, poco a poco, se edifica su personalidad relacional y afectiva.

Sobre este horizonte de comprensión tiene sentido el ayuno.

Segundo, tres funciones del ejercicio del ayuno

El ayuno tiene una función evaluativa, ordenadora y confesional.

Uno. Una función evaluativa

El vacío de alimento lleva a discernir de qué tenemos hambre, de qué vivimos, de qué nos nutrimos.

Uno es lo que come. La comida llega a ser parte de uno. Por esa la pregunta: ¿Quién me alimenta? ¿De qué me alimento? ¿Lo que llevo dentro es lo que necesito y me sirve?

En nuestro contexto tan publicitario y consumista siempre viene bien la pregunta: ¿Cuáles son mis necesidades reales?

Y si uno es lo que come, la cuestión para un discípulo de Jesús es: ¿Me alimenta la Palabra del Señor? ¿Me nutre el Pan de la Eucaristía? Son alimentos vitales que a lo mejor pueden estar faltando.

El ayuno lo lleva a uno a discernir. Así como cuando uno va de mañana a un laboratorio a hacerse un examen de sangre y le piden a uno ir en ayunas, este ayuno tiene un sentido: ayuda dar mayor precisión en el diagnóstico, ver qué está faltando y tomar las decisiones correspondientes.

Dos. Una función ordenadora

El ayuno ordena nuestros apetitos en torno a lo que es verdaderamente esencial y central.

El ayuno está orientado hacia un tipo de disciplina que es esencial porque modera los múltiples apetitos. Es una educación del deseo y una ascesis que conduce a distinguir lo superfluo de lo necesario, que lo que me ayuda y de lo que me hace daño.

Disciplina también las relaciones. En el mundo relacional también se da la voracidad. Lo hacemos con otros cuando relaciones de amor mal llevadas ‘devoran’ al otro más que lo ayudan a crecer. Y lo mismo puede pasar en una mal entendida relación con Dios: no todo sirve, no todo ayuda, no todo da crecimiento, no todo es necesario.

Tres. Una función confesional

El ayuno es una forma de confesar la fe en el Señor con el cuerpo, con el ser entero. Es un antídoto ante una fe intelectualista o reducida a emociones, cuando la vida espiritual se confunde con una actividad académica o con lo sicológico.

El ayuno expresa de quién estamos realmente habitados. Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.

El ayuno expresa quién es tu Señor, quién es el ‘Esposo’, quien es la fuente que llena en plenitud tu vida.

El ayuno es una pedagogía que lleva a la totalidad de la persona a la adoración de Dios. Ante Dios uno se postra como la fuente de la propia vida y el que la nutre, y como el destino que colma todo deseo.

Y esta confesión se hace al estilo de Jesús, quien enseña que hay que ayunar en lo secreto, con humildad, y quien también siempre nos recuerda que no hay amor a Dios sin amor al prójimo.

Por eso no se entiende el ayuno sin compromiso con la justicia, sin compartir con el hermano que ha sido privado del alimento. Como bien lo recuerda el grito profético de Isaías 58,1-9 (primera lectura).

Tercero, entonces… ¿Tiene sentido el ayuno?

La respuesta es clara: sí. Sí, pero no de cualquier manera.

La tradición cristiana es muy equilibrada y sabia al respecto. El Padre de la Iglesia San Juan Crisóstomo llegó a decir: ‘El ayuno es inútil e incluso perjudicial para la persona que no conoce las características y condiciones que le distinguen’. O también el Padre del desierto Abbá Hiperequio: ‘Es mor comer carne y beber vino que ponerse a devorar con maledicencias a los propios hermanos’. Y agregaba Isidoro el Presbítero: ’Si ayunas, no enorgullezcas por ello… porque es mejor comer carne que inflarse y ser vanidoso’. Es la autocomplacencia farisea de la que Jesús pidió tomar distancia.

Por otra parte, hay que tener presente que nuestra sociedad ha recuperado a su manera el ayuno. La terapias dietéticas, que tanto han conquistado el mercado, proponen el control del alimento. Los deportistas de alto rendimiento ayunan para sus competencias. Las modelos lo hacen para mantener su figura. Los que han asumido las respetables espiritualidades orientales le dan valor el ayuno (el budismo insiste en el ayuno, los musulmanes se dan a sí mismos el Ramadán). Los Hare-Krishna ayunan…

¿Pero eso es el ayuno cristiano? No.

El pasaje del evangelio de hoy, que está entre las primeras orientaciones para la cuaresma, remite a la enseñanza de Jesús. El ‘no’ invita a no ayunar a la manera de los fariseos, el ‘sí’ resignifica esta práctica a partir del evento de la Cruz, el cual aquí se comprende a partir de la imagen de la ausencia del Esposo.

Hay un fundamento antropológico y cristológico en la especificidad cristiana del ayuno. Hay una diferencia cristiana. Un discípulo de Jesús ayuna porque Jesús ayunó en el desierto, porque Jesús lo recomendó, pero sobre todo porque está en juego su identidad de ‘amigo del Esposo’ y sabe que no siempre ‘está’ con él.

Para un seguidor de Jesús la especificidad diferencial proviene de la relación con el Señor ‘El Esposo’ y se apoya en la pregunta: ‘¿Cristiano, de qué nutres tu vida?. Cuestión que al mismo tiempo no evade una interpelación lacerante: ‘¿Qué has hecho de tu hermano que hoy no pudo desayunar o no lo pudo hacer bien?