Jesús da un nuevo paso dentro del sermón de la montaña para instruir a sus discípulos en la oración. Primero dio en el ‘Padre nuestro’ los elementos que dan novedad, contenido y dinamismo a la oración (Mt 6,5-8). Ahora educa en la confianza en la paternidad de Dios por medio del ejercicio de la oración de súplica.

Es verdad que Jesús no usa aquí de forma explícita el verbo ‘orar’, pero es evidente que se refiere a la oración.

En el centro, pues, está la particularidad de la oración al estilo de Jesús: es a un Padre bueno al que nos dirigimos, uno que conoce todo lo que necesitamos y quien sabe responder con lo que más nos conviene. La oración de súplica abre las puertas a la luminosa revelación de la paternidad divina.

La oración es intensa y profunda relación con Dios. La marca cristiana aparece enseguida: en esta nueva catequesis una vez más se juntan la relación con Dios y con el prójimo. Si la enseñanza del Padre nuestro terminó con una expansión que insistía en el perdón al hermano, esta instrucción (7,7-11) termina con la ‘regla de oro’ que consiste en tomar la iniciativa para hacer el bien a los demás como esperaríamos que nos lo hagan (7,12).

Veamos estas dos partes, pero nos detendremos con mayor cuidado en la primera, hay puntos muy delicados en esta página del evangelio.

Primero, la confianza en la oración… Porque Dios es Padre bueno

Jesús comienza con tres imperativos: ‘Pidan… busquen… toquen’. Lo más importante está en la segunda parte de cada frase, esto es, en el motivo, en el por qué, que se apoya en la promesa de una respuesta (porque… se les dará… encontrarán… se les abrirá):
`Pidan y se les dará;
busquen y encontrarán;
toquen y se les abrirá’.

‘Pidan’: abran las manos y no tengan miedo de extenderlas hacia Dios que es Padre. Pidan con sencillez, seguros de que serán escuchados por aquel que los ama. Pidan sin cansarse nunca.

‘Busquen’: pónganse en camino con la convicción de que hay algo nuevo por descubrir, a veces con esfuerzo, a veces durante mucho tiempo. Pero hay que estar seguros de que sea ahora o después se encontrará. Porque hay una promesa, se aguarda vigilantes la respuesta.

‘Toquen’. háganlo con respeto, invitando a la libertad del otro e insistan hasta que se abra la puerta. Si se toca es porque se tiene la esperanza de que alguien abrirá desde dentro, un rostro se asomará y responderá, nos acogerá en el calor de su intimidad.

¿Y es que, para responder, Dios tiene necesidad de que le supliquen? ¿Por qué quiere ser buscado? ¿Por qué quiere que toquemos su puerta una y otra vez?

Quien tiene necesidad es uno, no Dios. La petición nos coloca en lugar del pobre, entrena nuestra filiación, y no dispone para el don. La petición nos purifica y nos renueva en la búsqueda de lo que es verdaderamente necesario. Para encontrar al Señor hay que abrir puertas.

El pedir no es agradable, en cierto sentido nos humilla. Pero es importante porque imprime en nuestra mente y en nuestro cuerpo la conciencia de quienes somos y de quién es Dios, aumenta nuestro deseo y nos ratifica en cuál es nuestra esperanza.

Con todo y esto, Dios no nos mira como mendigos, sino en nuestra inmensa dignidad de hijos suyos. Dios no se pone delante como un patrón o un benefactor, sino como un papá responsable y amoroso.

Por eso la enseñanza central que sigue: ‘Cuánto más el Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a quienes se las pidan’ (7,11). Qué fuerte es este ‘¡Cuanto más…!’.

Jesús da fuerza a esta enseñanza haciendo un parangón:
‘¿Hay acaso entre ustedes alguno que le dé una piedra a su hijo, si éste le pide un pan? Y si le pide un pescado, ¿le dará una serpiente?’

Es claro que el instinto paterno/materno siempre puede más. Jesús pone el ejemplo de un absurdo, que no es del todo imposible, pero que es raro. Incluso cuando las relaciones no son tan buenas, un padre no da a su hijo algo engañoso (como una piedra en forma de pan) o algo dañino (como una culebra parecida a un pescado). Mas bien, ¡todo lo contrario!

La conclusión de Jesús es: con mayor razón, si esto no pasa entre ustedes que son ‘malos’, si el interés de ustedes es darle siempre cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre lo hará con ustedes.

Notemos que Jesús dice con franqueza que los seres humanos somos ‘malos’ (‘poneroi’, en griego). Se refiere a un hecho: dentro de cada uno de nosotros hay un impulso, un instinto que nos lleva a pensar en nosotros mismos, a afirmar nuestra prioridad sobre los demás. Es lo que la tradición de los padres del desierto llamará la ‘filautía’ o el amor egoísta de sí.

El punto es que aún siendo así, siempre somos capaces de acciones buenas, al menos en el caso de una relación familiar entre padre e hijo. El amor siempre puede más.

Y lo más bello: cuando uno quiere a alguien de vez en cuando piensa qué le puede compartir u ofrecer; el amor regala. Ocurre en la amistad, ocurre con los papás con respecto a sus hijitos.

Jesús subraya el ‘cuánto más…’. Dios es así y mucho más. Su paternidad es superior a las paternidades humanas.

¿Cómo olvidar que con frecuencia hemos hecho de Dios un padre más malo que nuestros papás terrenos?

Por ejemplo, escribía Voltaire: ‘Nadie quisiera tener como padre terreno a Dios’. Y Engels le hacía eco: ‘Cuando un hombre conoce un Dios más severo y malo que su papá, entonces se vuelve ateo’.

Y esto infelizmente ha ocurrido. Es siempre una realidad el riesgo de dar una imagen de Dios como juez estricto, vengativo y perverso. Es lo que lleva a algunas personas a abandonar a un Dios así y a negarlo.

Pero ese no es el Dios que revela Jesús. Él da a conocer a un Padre que es más bueno que todos los padres que conocemos en la tierra. Signo de ello es que siempre da cosas buenas cuando lo invocamos.

Y viene otra pregunta inevitable, ¿responde siempre?

La respuesta de Jesús es contundente. Dios nos responde con cosas buenas (Mt 7,11), sí, pero éstas no siempre coinciden con las que nosotros consideramos buenas. La oración no es magia, no es un ‘cansar a los dioses’, como escribió el filosofo pagano Lucrecio (‘La naturaleza de las cosas’, IV, 1239). La oración no es un aturdir a Dios con montones de palabras (como dijo en Mt 6,7-8). Dios no está a nuestra disposición para saciar nuestros deseos, muchas veces egoístas e ignorantes. Literalmente: es que muchas veces no sabemos lo que queremos.

Vamos a dar un ejemplo con el riesgo de ser un poquito crueles. Si yo, sufriendo una grave enfermedad, le pido a Dios la curación, no quiere decir que esta tenga que ocurrir necesariamente. De lo que puedo estar seguro es que me dará la fuerza y el amor para vivir esta enfermedad en un proceso interior que me ayude a amar y aceptar que los otros me amen. Esta es la verdadera y auténtica respuesta. ¡Y es esto lo que más necesitamos!

Entonces, ¿por qué pedir con confianza?

Porque Dios no está distraído, porque es como un papá que sabe bien lo que su hijo, que está creciendo, necesita, sabe qué es lo que más le sirve. Somos nosotros, sus hijos, los que a veces nos olvidamos de que estamos en un un tiempo de crecimiento y de que se necesita paciencia.

A veces uno se comporta como el niño (obviamente inmaduro) que le hace la bronca a sus papás cuando no le dan lo que pide. Dios sabe qué dar y qué no.

Pidamos entonces con insistencia y confianza, por nosotros, por los otros, por el mundo, sabiendo que extendemos las manos, no a un caprichoso o déspota, sino hacia un padre bueno, hacia un verdadero padre que sabe cuidar nuestro crecimiento.

Segundo, no solo lo bueno que queremos recibir sino lo bueno que damos (7,12)

El final de la enseñanza muestra la otra cada de la moneda. Queremos se nos dé, queremos encontrar y que se nos abra la puerta… Pues bien, también se requiere dar, dejarnos encontrar y que también nosotros abramos la puerta.

Para inculcarlo Jesús va en la misma línea de la tradición hebrea que ya conocía la llamada ‘regla de oro’. Pero él la invierte, la hace pasar de su formulación negativa a una positiva y estimulante.

En la tradición hebrea, según Tobias 4,15, se dice: ‘No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti’. Luego el gran rabino Hillel, quien fue contemporáneo de Jesús, decía: ‘Lo que no te gusta que te hagan a ti, no se lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la Torá, el resto es comentario, va y estudia’ (Talmud babilonense, Shabbat 31). La frase de Jesús es muy parecida.

Pero Jesús le da giro: no pide evitar, sino tomar la iniciativa en el bien. Su actitud es eminentemente positiva y proactiva. La cuestión no es ‘no hacer’, sino ‘hacer’. Esto nos recuerda que las omisiones también pueden ser una forma de hacer el mal.

Pues bien, es con esa inmensa confianza, pero sobre todo con libertad, creatividad y proactividad, que nos sentimos impulsados a levantar los brazos como hijos felices que crecen bajo la mirada cariñosa y atenta del Padre del cielo, el Padre que Jesús enseña a conocer y amar.