Llegamos al final del sermón de la montaña. Se trata de la formación básica del discípulo de Jesús. La conclusión no puede ser más clara: Jesús quiere formar discípulos sólidos, con carácter.

Esto requiere que la enseñanza no se quede en la teoría, sino que haga verdadero aprendizaje: ‘El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica…’ (7,24.26).

Es verdad que la gente escuchaba a Jesús, aunque no siempre lo entendiera; más aún, reconocía en él una autoridad diferente (7,28-29).

Captaba lo esencial de su propuesta, resumida aquí así: para entrar en el Reino no sirven largas oraciones, ni las fórmulas exactas de los doctores en teología, preocupados por decir: ‘Señor, Señor’. Jesús propone recorrer un camino más libre y vivificante: ‘Hacer la voluntad del Padre’.

Entrar en sintonía con el querer de Dios es lo fundamental. ‘Voluntad de Dios es mi impotencia envuelta en su omnipontencia’ (E. R.). Lo que Dios quiere es que toda existencia llegue a su plenitud, que ningún hombre esté solo, que cada ser humano desarrolle todas sus potencialidades y florezca a imagen de Dios, que tenga compañeros de amistad y de fiesta, que sea creativo, libre y obstinado en el amor, realizando sus mejores sueños. Este es el camino vivificante.

Jesús anticipa el final e imagina una escena que sirve de advertencia. Le dirán: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros’ (7,20. Y él dirá: ‘Nunca los conocí’. No pueden entrar, ‘Aléjense de mí, malhechores’ (7,21; literalmente: ‘obradores de iniquidad’).

No entran los que se enorgullecen de sus méritos, los que se justifican a sí mismos para todo y echan las culpas a los demás, los que viven enredados en quehaceres que responden más a su promoción personal y que se olvidan de lo esencial.

Lo esencial está dentro de estas palabras: ‘No los conozco’. Dios busca en mí lo que conoce bien: un reflejo al menos de su amor.

‘Conocer’ (en hebreo ‘yadá’ y en griego ‘ginóskō’) en la Biblia tiene varias connotaciones, pero lo más importante es que es un verbo cargado de potencia y de intimidad, quiere decir encontrar, tocar, apretar, evoca el encuentro del hombre y de la mujer cuando se aman y generan vida.

‘No los conozco’, es más, ‘Nunca los conocí’, es una expresión fuerte. Quiere decir: ‘Ustedes han hablado de Cristo, han adorado a Dios, pero como algo fuera de ustedes, no penetrado en lo hondo del corazón, sin estar el uno en el otro, esa ósmosis, ese intercambio de vida que se llama experiencia de Dios’.

Pues sí, mucha gente extraordinaria es dejada fuera: profetas, exorcistas, sanadores. Todos ellos pueden ser muy buenos ‘actores’. Pero sí no están alimentando una honda experiencia de Dios, cualquier día se vienen abajo, como se representa enseguida en la casa sobre arena.

Y es que el evangelio no pide cosas excepcionales, lo que pide es identidad con Jesús. La gente dice: felices los profetas; pero Jesús dijo más bien: felices los pobres. La gente dice: felices los que hacen milagros. Jesús en cambio dijo: felices los misericordiosos.

No es en lo extraordinario, sino en la sencillez del día a día que nos asemejamos a Cristo, en un simple vaso de agua ofrecido a quien tiene sed, en un trecho de camino hecho con quien tiene miedo, en una lágrima que secamos.

Ésa es la voluntad de Dios, gestos como los de Jesús. Basta mirar los evangelios, cuántas veces Jesús se detiene en la calle, sólo porque alguno lo llama; cómo se deja desprogramar. Se detiene y le pone cuidado a las personas, una por una, nunca lo vemos proyectar grandes obras, ni hacer construcciones, ni planear el futuro financiero. Lo suyo es escuchar, imponer las manos, tocar ojos, orejas, labios, partir el pan, entrar en las casas, sentarse a la mesa.

Vale para todos nosotros: menos palabras y más obras, más gestos sencillos de amor.

Y viene el tercer momento del evangelio: la parábola de las dos casas.

Dos casas probablemente parecidas por fuera, pero con una gran diferencia: una fundamentada sobre la roca y la otra sobre la arena.

Y los cimientos no se ven. Un discípulo de Jesús por fuera es igual al resto de la humanidad, también él pasa por las mismas cosas, también sufre, tiene problemas económicos, familiares, también se le muere gente querida o se enferma. La diferencia está aquello que no se ve, en su cimiento: está arraigado en el Señor gracias a la práctica de la palabra.

Como ocurre con las dos casas, unos y otros pasan por las mismas cosas. ¿Qué marca la diferencia? Qué en medio de las dificultades sigue en pie, no se deja arrasar. Si pasa por un luto lo supera gracias a los ricos recursos de su fe, si se enferma lo sabe afrontar con una actitud que maravilla a los demás, y así en adelante. En fin, los torrentes y tormentas de la vida no lo mandan al sueño.

En ese fundamento está el amor, lo siempre puso Jesús en cada acción. Quien no construye sus relaciones sobre el amor, construye sobre la nada. Quien edifica sobre el amor no tendrá una vida más fácil, pero siempre saldrá adelante.

El seguro antiproblemas no existe. Pero un discípulo sí tiene una seguridad que le sostiene siempre, una existencia en la consistencia, con más alegría, con raíces sólidas, que se apoyan en la roca, una debilidad sostenida amorosamente por los brazos de la omnipotencia divina.