El evangelio no se resume en una verdad sino en una relación, un tipo particular de relación. Parte de la buena noticia es que oración es relación. Orar es vivir según el evangelio.

‘El Padre Nuestro resume el Evangelio’, escribió el Padre de la Iglesia Tertuliano (+220 dC). El Padre Nuestro nos conduce hacia el corazón de la vida cristiana.

Releyendo el texto podemos intentar conjugar en la vida los tres verbos fuertes que encontramos en él: ‘Digan así…’, ‘No desperdicien palabras…’, ‘Perdonen’.

Primero, ‘Digan: Abbá’.

‘Cuando oren, digan: ¡Padre!’

‘Abbá’, ‘Padre’, es la palabra clave del Evangelio. Jesús la repitió continuamente en su oración, la explanó en sus enseñanzas y la transparentó con su vida. Optó por conservar el término tal como lo recibió de su lengua materna, el arameo, y lo pronunció como adulto con corazón de niño, en la vida y en la muerte.

Jesús nos hizo entender que el suyo es un Padre al que uno puede dirigirse a cualquier hora con respeto y confianza, con pasión y osadía. Nos transmitió con fuerza que nadie es esclavo ni huérfano, que cada persona es sin excepción, intensamente y por siempre, un hijo amado.

Un discípulo no se dirige a Dios como un súbdito, invocándolo como el Todopodero, como el Eterno o como el Inmenso, sino como criaturita suya que puede permitirse llamarle ‘Abbá’. ‘Si lo llamo Padre, digo de él todo’, decía Teófilo de Antioquía.

‘Abbá’ es el nombre propio del Dios de Jesús. Su amor no sólo es ternura y misericordia, también es paternidad generadora. Este nombre de relación nos dice que ninguno se hace solo, que la vida es dada; no nacimos por coincidencia y no morimos arrojados a una nada. Estamos aquí por una decisión suya que fue libre, llena de amor total, personal y de gratuidad absoluta.

El ‘Abbá’ es todo lo contrario de un patrón. El Padre que Jesús enseña a conocer en la oración es uno que, para escándalo de algunos, rompe las rígidas reglas del patriarcado antiguo, un padre que depone su honor, que arriesga el respeto a su autoridad, para lograr la vuelta a casa del hijo desvergonzado.

Por eso el ‘Padre Nuestro’ no es una formula sino un estilo, una manera de estar ante Dios en calidad de hijos y que implica una manera de estar con los otros y de vivir en el mundo. Puede aprender en la escuela de oración de Jesús quien sabe frecuentar la escuela de la vida. Puede captar el espíritu del ‘Padre Nuestro’ quien está dispuesto a inclinarse ante las heridas de la humanidad.

Es a partir de ahí que se abren los brazos de la oración.

Segundo, con pocas palabras, las palabras precisas.

‘No uséis muchas palabras como los paganos’. Jesús usa el término griego ‘battalogeō’, que significa parlotear o hablar cháchara. Fuerte, ¿verdad?

Clamar ‘Abbá’ es el antídoto contra el riesgo de desperdiciar palabras, ‘como los paganos’.

Clamar ‘Abbá’ es el antídoto contra el riesgo de este desperdicio de palabras.

A partir de ahí se abren los brazos del corazón y fluye una plegaria límpida, transparente, humilde y tenaz. Pero sobre todo auténtica y transformadora.

¿Y cómo fluye esta oración que tiene el sello propio de Jesús?

‘Digan: Tú… Nuestro…’. La clave está en el uso de los pronombres personales.

Es curioso que en el ‘Padre Nuestro’ nunca se dice ‘yo’ y mucho menos se pronuncia el posesivo ‘mío’. Es puro descentramiento. El ‘tú’ y el ‘nuestro’, siete veces recalcado, revierten la egoísta tendencia de las oraciones narcisistas.

‘Digan: Tú…’. Un ‘tú’ que se hace mío: ‘Tu nombre’, ‘Tu Reino’, ‘Tu voluntad’, son mi santidad, mi ámbito y mi proyecto.

‘Digan: Nuestro…’. Un ‘nuestro’ que percibe las necesidades no como apuros individuales sino como lo propio de una dinámica de familia bajo cuyo techo se recibe y comparte el alimento cotidiano, reconciliación cuando las relaciones se deterioran y apoyo cuando se hace fuerte la tentación de claudicar. Estas tres grandes vitaminas que nutren la vida.

Ante este amor santificador de un Padre de la mano tendida que asiste en las búsquedas y necesidades más auténticas, se sumerge el discípulo en verdadera adoración, no en ‘repeticiones de paganos’. ‘Contémplenlo y quedarán radiantes’, dice hoy el Salmo 34.

Tercero, haciendo el taller del perdón.

De todas las peticiones, Jesús sólo subraya una: ‘Porque si perdonan…. también el Padre los perdonará…’

Quien no bebe en la fuente de esta oración el agua de este amor, se endurece. Un hijo que no apropia el amor primero de sus padres se neurotiza. Por eso Jesús insiste al final en el perdón. Podríamos ser grandes pecadores o incluso criminales y aún así orar el Padre Nuestro, pero con la condición de querer perdonar, de no guardar ningún resentimiento en el corazón. Solo así seremos hijos de este Padre.

Un mundo como el nuestro, en que ha perdido la confianza en sus líderes, que exhibe relaciones rabiosas y prepotentes, excluyente y a veces despiadado, viene bien el rostro de este Padre en quien toda existencia puede reposar.

En esta escuela de relaciones se hace la conexión entre la ética y la oración, entre la fraternidad y la filiación, a partir de un verbo muy evangélico: ‘Hacer’.

Ayer Jesús nos contrastaba en la parábola: ‘Lo que hicieron con otros lo hicieron conmigo’. Hoy nos enseña a decir en oración: ‘Hágase tu voluntad’.

Es a eso a lo que entramos ‘en el cuarto’ de la vida interior de donde brota todo, no a hacer cosas, sino primero y ante todo a dejar a Dios hacer: ‘Hágase tu voluntad. Haz tú conmigo. Sé tú mi Padre’.