Comienza la cuaresma. Entramos en un ‘tiempo fuerte’ encuadrado dentro de la cifra simbólica de 40 días que tratamos vivir como tiempo de conversión, de regreso a Dios, y que cada uno asume con todas la fuerzas que posee.

Pero no sólo una tarea, es un ‘tiempo favorable’ para acoger en nuestro corazón la gracia y la misericordia del Señor. Es un ‘don’.

Acentuamos tres aspectos de este don y tarea…

Primero, una renovación que parte del reconocimiento de los somos y del cómo estamos

Tenemos al frente cuarenta días para ejercitar el repudio a los ídolos seductores y para abrazar al Señor, para un buscar un mayor conocimiento de su misericordia infinita. No sólo es recorrido personal, es un esfuerzo que hacemos todos juntos, en comunión y solidaridad.

Este es un tiempo en el que retomamos la experiencia fundante de la Pascua, la que cada cristiano apropia por medio del bautismo. Volvemos a poner la mirada en la muerte y resurrección de Jesús y hacemos el camino hacia su vivencia plena en nuestro ser.

Este volver a la raíz es la conversión. La conversión no es algo que ocurre de una vez por todas, es un dinamismo que requiere renovación en los diversos momentos de la vida, en cada edad, sobre todo cuando el paso del tiempo lo lleva a uno a un cierto endurecimiento o tibieza, a una acomodación en la mundanidad, al cansancio, a la pérdida del sentido y la finalidad de la propia vocación.

La cuaresma es el tiempo en el que uno, de manera especial, se reencuentra con la propia verdad y autenticidad. Ese es el punto de partida de la penitencia: la verdad del propio ser.

Jesús dice que también los hipócritas ayunan, que también los hipócritas hacen caridad, que también los hipócritas rezan (Mt 6,1-6.16-18). Y precisamente por eso uno necesita unificar la vida ante Dios y poner en orden la finalidad y los medios de la vida cristiana, sin confundirlos.

Segundo, un camino orientado por la Palabra de Dios

La cuaresma busca actualizar los cuarenta días de Israel en el desierto, llevando a cada discípulo de Jesús al conocimiento de sí mismo, al conocimiento de lo que el Señor ya conoce de uno. Uno conocimiento que no está hecho de introspección sicológica, sino que se deja ayudar por la luz y la orientación de la Palabra de Dios.

Como Jesús durante 40 días en el desierto combatió y venció al tentador gracias al poder de la Palabra de Dios, también cada discípulo está llamado a escuchar, leer, orar más intensamente y con mayor frecuencia la Palabra de Dios, tanto en la soledad del recogimiento interior como en la liturgia comunitaria.

El combate de Jesús en el desierto es para nosotros un modelo, porque es así como se puede vencer el mal al que uno se va acostumbrando y como se comienza a hacer el bien que ha dejado de hacer.

Es así como vuelve a aparecer la novedad, lo distintivo del ser cristiano, lo que habilita para que el evangelio sea una realidad vivida, hecha carne y vida.

Tercero, la puerta de entrada es un signo

Este tiempo comienza con la imposición de la ceniza en la cabeza de cada cristiano. Gesto que le da nombre a este día. Este gesto no siempre se entiende bien, hay quien lo hace simplemente por costumbre o porque ve que otros lo hacen. Es más eficaz cuando uno le pone sentido al símbolo, cuando lo interpreta y lo hace oración.

La ceniza es el resultado de un fuego que arde, por tanto símbolo de purificación. Nos remite a la condición de nuestro cuerpo que después de la muerte se descompone y se vuelve polvo. Es como ocurre con un árbol que una vez derribado y quemado se vuelve ceniza. Pero las cenizas de nuestro cuerpo están destinadas a la resurrección.

No olvidemos que es un signo externo. Lo que importa es lo que pasa por dentro: la conversión y el arrepentimiento del corazón. Por eso hay que vivirlo con convicción, invocando el Espíritu Santo, que es el soplo vital con el que Dios hace del polvo de la tierra un hombre nuevo.

Antiguamente se repetía la frase de Dios en Gn 3,19 sobre el Adán pecador: ‘Eres polvo y en polvo te has de convertir’. Hoy el rito se ha enriquecido con el llamado a la conversión con las mismas palabras de Jesús al comienzo del Evangelio: ‘Conviértete y cree en el Evangelio’ (Mc 1,15).

Recibir la ceniza es tomar conciencia de que el fuego del amor de Dios quema nuestro pecado. Recibir la ceniza en nuestras manos significa percibir que el peso de nuestros pecados se vuelto liviano gracias a la misericordia de Dios. Mirar la ceniza significa volver a confirmar nuestra fe pascual: seremos ceniza, sí, pero destinada a la resurrección. Lo hacemos con la esperanza de ser reconciliados con Dios por medio de Jesucristo y de ser resucitados con él para la vida eterna, cuando el amor no tendrá fin y las cenizas puestas ahora sobre la cabeza se convertirán en corona de gloria, en diadema de júbilo para siempre (Is 61,3).