Creo que todos quedamos estremecidos cada vez que escuchamos esta enseñanza de Jesús: ‘Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra’.

Pongámonos en contexto. En tiempos de Jesús era normal amar y perdonar, estaba previsto en la normativa y era predicado por los rabinos. Pero el amor y el amor y el perdón se limitaban al interno del pueblo de Israel, al enemigo extranjero había que odiarlo.

Con esto, ya podemos imaginarnos lo escandaloso que podían sonar las palabras de Jesús ya desde aquel tiempo para una persona que lo haya escuchado directamente.

La enseñanza de Jesús sobre el ‘no resistir al mal’, equivale a decir: ‘Sé una persona desarmada, no te llenes de miedo, muestra que no tienes nada que defender, y tu agresor entenderá el absurdo de ser enemigo tuyo’.

Esto de poner la otra mejilla no consiste en una pasividad morbosa, propia de gente masoquista, ni tampoco de cobardía miedosa para afrontar al agresor.

No se trata de gente que se humilla y no reacciona. Es todo lo contrario, no es una actitud reactiva sino proactiva.

Se trata de una una determinación bien clara: recompón tú la relación, da tú el primer paso. ¿Cómo? Perdonando, recomenzando, recomponiendo con valentía el tejido de la vida, continuamente lacerado.

La del cristianismo no es una moral de esclavos, como la definió el filósofo Federico Nietzche, escandalizado con el evangelio de hoy. Él decía que era ‘la moral de los débiles que se niegan a sí mismos la alegría de vivir’. Pues no era eso lo que decía Jesús.

La de Jesús es la religión de los reyes, de las personas totalmente libres, dueñas de sus decisiones incluso delante del mal. Los seguidores de Jesús son personas capaces de detener el espiral de la venganza, gente que no paga con la misma moneda, gente que se atreve a inventar relaciones nuevas, a través de la creatividad del amor.

‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’, así decía el Antiguo Testamento. Jesús, por su parte, con una justicia superior dice: ‘Amen a sus enemigos’.

Puesto que la violencia produce violencia como una cadena interminable, Jesús decide romper esa cadena. Jesús me invita a hacer con el otro lo mismo que él me hizo sufrir a mí. Y así me quiere libre.

Todo el evangelio está condensado aquí: ámense, porque de otra manera se destruirán. Siempre sonará lógico el actuar según el ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Eso suena justo porque apunta a un equilibrio y restablecimiento de la justicia que afronta el daño según el equivalente.

Pero Jesús apunta a una justicia mayor, más sanadora, restauradora, capaz de abrir una nueva página de la historia.

¿Qué pueden significar, entonces, los imperativos de Jesús: amen, oren, pongan la mejilla derecha, den, presten?

No son órdenes, porque nadie ama por decreto. Ese es una de las deficiencias de cualquier acuerdo: no se puede obligar a una persona ni a amar ni a perdonar, porque para que sea real se requiere de un acto generoso y gratuito que tiene que salir de dentro de cada uno. Por eso el perdonar a un enemigo no se puede imponer, sólo se puede invitar y suscitar.

Las palabras de Jesús son puertas abiertas hacia una nueva posibilidad que a primera vista parece absurda, pero es la más inteligente de todas. Es el ofrecimiento de un poder para cambiar las cosas, incluso las más terribles, es la transmisión por parte de Dios al todo ser humano de su misma fuerza divina.

¿Qué enseña Jesús?

Es normal que a uno le parezca antipático un agresor, pero lo evangélico es decidir pasar por encima de las antipatías para encontrar lo que lo une a uno a esa persona.

Es normal defender las propias cosas, el propio territorio, las pertenencias, la propia familia; pero lo evangélico es elegir el camino del diálogo y del conocimiento recíproco.

Es normal que cada tanto la parte más oscura de uno mismo salga a flote; pero lo evangélico es dejar que la parte luminosa sea más fuerte y venza lo feo y lo peor que llevamos dentro.

Si ser cristiano no cambia nuestras opciones, si no cambia nuestra vida y nuestras reacciones, quiere decir que el evangelio no ha entrado en nuestro corazón.

Jesús no quiere discípulos que sean agua de rosa o bravos muchachos pero insípidos y anónimos que actúan pasionalmente movidos por heridas sufridas e incurables. ¡Pues no! Jesús quiere hombres y mujeres capaces decir quién es verdaderamente Dios y quién puede ser considerado verdaderamente hombre.

Ser discípulo de Jesús es ser sal que fecunda la tierra y luz que hace más hermosa esta tierra que habitamos.

Los discípulos de Jesús son los testigos, en un mundo complejo, de que la cadena interminable de la violencia puede ser rota.