Que Dios es luz es una de las definiciones de Dios (1 Jn 1,5). El Evangelio hoy le da la vuelta: también ‘Ustedes son luz’. Resulta entonces una de las más bellas definiciones del hombre.

‘Ustedes son sal… Ustedes son luz…’. Esta enseñanza de Jesús merece ser considerada con atención.

Primero, notemos la forma verbal: “Ustedes son”

Jesús no dice: ‘Ustedes deben ser, esfuércense por ser luz, vuélvanse luz’; tampoco dice ‘Ustedes algún día serán’. Sino: ‘Ustedes ya son luz’. El ser luz no es no un deber ni una promesa, sino la realidad misma de Dios que me traspasa.

Esta enseñanza viene después de las bienaventuranzas (Mt 5,3-12). Allí Jesús no ha dicho: ‘Ustedes serán felices’, sino ya son felices, porque al hacerse mis discípulos han entrado en el ámbito del Reino.

Por tanto, cuando uno entra en las cosas de Dios ocurre algo grande, algo misterioso y emocionante, esto es, que con Dios en el corazón, todos nosotros somos luz de la luz y sal en la tierra.

Jesús habla de mí y me lo dice a mí: no te quedes en la superficie, busca la profundidad, entra en el secreto de tu corazón. Allí, en el centro de tu existencia, vas a encontrar una lamparita encendida y una cucharadita de sal.

Y es por pura gracia. No es para que te enorgullezcas, porque no es que te lo hayas ganado por ti mismo, es una responsabilidad, una misión que Dios te encomienda.

Segundo, notemos la persona “Ustedes”

Así, en plural: ‘Ustedes son la sal… la luz”. No dice yo o tu, sino ustedes.

Cuando un yo y un tú se encuentran se genera un nosotros, y esta es la clave. Cuando dos sobre la tierra se aman, cuando brota el nosotros de una familia bien constituida, cuando tú te integras en una comunidad que te abre las puertas, cuando tú te dejas ayudar por un grupo de apoyo que es solidario contigo y tú también te vuelves servidor, allí, precisamente allí, se conserva el sentido y la sal del vivir.

La esencia de la vida no está en el yo individualista o egoísta, está en el nosotros comunitario y solidario.

Tercero, ¿Cómo sacar esa luz y poner la lámpara sobre el candelabro? ¿Cómo ser sal de la tierra?

Isaías da una pista: “Parte tu pan, recibe en tu casa al extranjero, viste al que está desnudo, no apartes la mirada de tu gente… Entonces tu luz surgirá como la aurora” (Is 58,10).

Se trata de una cadena de acciones: no te que quedes doblegado sobre tus historias y sobre tus derrotas, al contrario, ocúpate de tu ciudad y de tu gente, ilumina a los otros y ellos te iluminarán, sana a los otros y verás como también se sana tu vida.

Lo mismo ocurre con la sal.

Era la sal marítima. La sal que viene de la masa del mar que va secando hasta que aparece luminosa, blanca a la luz del sol. De la misma manera ocurre con los discípulos del Señor, van saliendo del conjunto y ascienden atraídos por la infinita luz divina. Pero después desciende sobre la mesa, porque si se queda encerrado en sí mismo sirve para nada: debe revolverse con la comida, debe donarse.

Y la sal da sabor. Yo no quiero saber de nadie más sino de Cristo crucificado (1 Cor 2,1-5). “Saber” es mucho más que “conocer”: es tener el sabor de Cristo. Y esto es lo que le pasa a uno cuando Cristo, como sal, se disuelve dentro de uno, cuando como pan se integra con las fibras de mi vida y se convierte en cuerpo mío, palabra mía, gesto mío.

Y la sal conserva. Jesús no dice: “Ustedes son la miel del mundo”. Como si se tratara simplemente de ser dulces y buenos, ese tipo de personas ingenuas que no ve maldad por ninguna parte y que al final todo le da igual.

Jesús dijo sal: una realidad que es una fuerza, un instinto de vida que incide en las opciones, que se contrapone a la degradación de las cosas, que se contrapone a la corrupción, que relanza hacia el futuro todo lo que necesita de crecimiento, desarrollo y plenitud.

El cristianismo tiene la misión de ser una fuerza anticorrupción en la sociedad en la que habita.