Mt 26,14-25: Un Jesús que se arriesga

Estamos ante una amistad herida de muerte. En el corazón de la cena vuelve a resonar el anuncio de la traición, esta vez en la versión de Mateo, quien nos lleva a descubrir nuevos detalles.

El primero es la repetición en el texto de la palabra ‘entrega’. Una palabra con diversos matices.

Primero, un Jesús que ‘se expone’

Antes de que otros ‘lo entreguen’, como un acto de traición, es Jesús mismo quien ‘se entrega’, en el sentido de donación de sí mismo. Su cuerpo entero descansa en manos de sus amigos.

Es sorprendente que Jesús en aquella noche se entregue voluntariamente a un grupo de discípulos con evidentes fallas, sabiendo que esas manos en las que coloca su cuerpo y su sangre no eran confiables.

¿Quién de nosotros lo habría hecho? En toda relación ocurre, si el otro no es confiable uno no le entrega secretos ni tareas. Sin garantías, uno no se expone a una relación. Pero Jesús se expuso.

Aquí está la verdadera exposición de la Eucaristía. No me refiero solamente a la que se hace en la custodia, con cirios e incienso. Me refiero a esta primera exposición, cuando se puso en manos de los discípulos, literalmente arriesgándose a que hicieran con él lo que quisieran, incluso a ser reducido a una cosa o a una mercancía, como hará Judas.

Sería bueno preguntarnos si también nosotros no perpetuamos esta manipulación del sacramento, cuando vivimos de ritos, pero no de encuentros reales con Jesús; cuando lo tenemos delante, pero no entablamos una amistad cultivada con conversaciones amables y extensas que nos cambien los puntos de vista, lograr una visión compartida de la vida, e incida profundamente en nuestras vidas.

Así como aquella noche de la última cena, todos los días Jesús sigue ‘ex-puesto’, sigue poniéndose voluntariamente en nuestras manos. ¿Cómo lo recibimos?

Segundo, ¿Cómo se responde a un Dios que se expone?

Ciertamente no con miedo ni con cautelas, sino arriesgándonos también nosotros con él, aceptando sus guiños que abren las puertas del amor.

Notemos un detalle. Jesús dio a la comunidad una pista: ‘El que ha metido conmigo la mano en el plato, ese me entregará’ (26,23).

Vimos ayer, leyendo Jn 13,26, que cuando en la mesa se ofrecía un pedazo de pan al huésped, se hacía un guiño de invitación a ser amigos. En la Biblia es signo de alianza, de hospitalidad, un gesto que declara voluntad de amistad.

En esta escena, en Mt 26,23, el énfasis está en el hecho de mojar el pan el mismo plato de salsa. La simbólica acentúa ahora la unidad, que es un aspecto fundamental de la comensalidad bíblica, el compartir cosas comunes como señal de compañerismo y vinculación profunda (ver Salmo 41,10; 55,14).

Y este es el punto crítico: ¿Qué tiene Judas en común con Jesús a estas alturas del discipulado?

Judas se había venido desencantando de Jesús, para él no era el Mesías que se había imaginado cuando comenzó a seguirlo. La ruptura que lleva a la traición viene de atrás, tiene una larga historia.

Si por una parte la traición de Judas es prevista por Jesús, por otra también había sido prevista por Judas. Un gesto de traición se improvisa, se calcula, es resultado de una maquinación.

Volviendo por un momento a Juan, es notable la interpelación de Jesús: ‘¿Acaso no los he elegido yo, a los Doce? Sin embargo, uno de ustedes es un diablo’ (Jn 6,70). ‘Diablo’ significa ‘divisor’. ¿Cómo es que Judas llegó a convertirse en un divisor? ¿En qué momento de la relación comenzó esa ruptura que ahora llega a su peor desgarro?

Judas no estaba de acuerdo con la manera como Jesús llevaba adelante la misión y mucho menos con las exigencias puestas en el camino. Su imagen del Mesías es triunfalista y ambiciosa, imponente desde el punto de vista político, militar y económico, sueña con uno que haga grande a su país como en los tiempos de David y Salomón. Judas tenía otros sueños.

En este escenario, en víspera de la pasión, se deja ver que su manera de entender al Mesías está bien distante del Jesús que se encamina hacia una cruz.

Judas nos ayuda a revisar nuestras expectativas como discípulos del Señor: ¿Qué espero que ocurra en el seguimiento de Jesús? ¿Cuáles son mis sueños y aspiraciones? ¿Me ha pasado alguna vez que no estoy de acuerdo con lo que Jesús me pide hacer? ¿Me ha cambiado los planes más de una vez? ¿Me he dejado convertir o he seguido en la mía?

El Señor puede llegar a convertirse en una piedra en el zapato cuando no encaja en nuestros esquemas y proyectos. Un Jesús que se vuelve incómodo.

Tengo dos alternativas: acomodar a Jesús a mi manera de pensar y seguir sólo lo que me conviene, o ceder con docilidad a su propuesta.

Pero no, Judas quería que Jesús fuese ‘suyo’, quería un Jesús moldeado según sus expectativas, en realidad se amaba más a sí mismo y por eso cuando Jesús no cede, lo pisotea.

Tercero, ¿Seré yo Maestro?

El relato está enfocado en Judas, por una razón obvia. Pero se permite también abrir el compás de observación haciendo pasar al frente, ‘uno por uno’ (26,22), a los Doce compañeros de Jesús.

Mateo se vale de una sutileza para hacer notar lo que distingue al traidor. Mientras el resto formula la pregunta dirigiéndose a Jesús como ‘Señor’ (26,22), Judas lo llama ‘Rabbí’ (26,25), con el mismo título con el que Jesús se refirió a los maestros cuyo comportamiento reprobó (ver Mt 23,7-8).

Para Judas, Jesús ya no es ‘el Señor’. Su trato con él es formal, como quien dice: ‘Tú allá y yo acá’. Por tanto, no hay sometimiento a Jesús ni disposición para aprender y acoger lo que viene de él; no hay seguimiento.

El retroceso de Judas, el abandono real del discipulado, nos remite a la disyuntiva planteada por el Maestro en la lección inicial: ‘No pueden servir a Dios y al dinero’ (6,24). Es claro a quién eligió finalmente.

La pregunta que uno tiene que hacerse es: ¿Yo a quién sigo?

Curiosamente, no es que Judas haya preferido otro camino, él seguía ahí. Ocurrió que había elegido otra manera de estar, pero sin cambiar de rumbo, sin tener la valentía de irse. Judas termina creando una especie de seguimiento paralelo.

Judas camina con Jesús, pero con la mirada en otra parte, siguiendo más bien propios pensamientos e intereses. Hacen camino juntos en cuanto a los pasos, pero tan distantes en la mente y el corazón. Sigue en el grupo, pero sin pertenencia real.

Como lo expone la primera parte del relato, el valor que Judas le da a Jesús es el equivalente de una mercancía. No es ‘el Maestro y el Señor’, sino un objeto de intercambio y de provecho económico. Un Jesús para hacer empresa y asegurar la vida, pero no para seguir sus pasos.

Lo peor que es hacía rato que pensaba así, pero seguía ahí.

¿No nos pasa algo parecido? Seguimos diciendo que somos discípulos del Señor, que a lo mejor aprendemos algunas cosas del Maestro y nos ocupamos en sus cosas, pero no somos realmente sus seguidores porque no pensamos y vivimos como el Maestro.

Hay que ser valientes para elegir al Señor y mucho más valientes todavía para no separarse de él.

Finalmente, ‘Tú lo has dicho’… Decide tú

‘Tú lo has dicho’ (26,25), es la respuesta de Jesús y su última palabra antes de proseguir con la institución de la Eucaristía.

Esta manera de responder tiene un sentido. En dos ocasiones más en el evangelio de Mateo, Jesús responde de la misma manera a una pregunta directa: al Sumo Sacerdote, cuando le pregunta si es el Mesías e Hijo de Dios (26,64), y a Pilato, cuando le pregunta si es Rey (27,11).

‘Tú lo dices’, es una devolución de la pregunta, se puede entender como: ‘Te toca a ti decidir’. Te toca a ti decidir si Jesús es el Mesías e Hijo de Dios y Rey o un impostor, si es inocente o culpable, si quieres ser el traidor o adaptarte a él, si quieres seguir así o convertirte.

En un mundo el que con frecuencia se le echan las culpas a los demás, que huye de las propias responsabilidades, es fuerte la palabra de Jesús: ‘Decide tú’. Jesús nos obliga a tomar decisiones propias, como gente adulta, a poner la cara y situarnos responsablemente ante nuestras opciones sin escapar.

No es culpa de los otros si mi vida va mal, al menos no siempre. No es que todo el mundo esté contra mí y quiera hacerme infeliz, también yo tengo que examinarme. A pesar de todo somos libres para tomar uno u otro camino.

Judas es libre de ser el traidor o no. Haciendo ‘composición de lugar’, tal vez Judas no quería llegar tan lejos, como se hace notar en su arrepentimiento cuando se da cuenta a dónde han ido a parar las cosas (Mt 27,3-10), pero entonces ya no puede echar atrás. Somos responsables de nuestras decisiones y nos toca asumirlas.

En nuestras decisiones públicas y privadas prolongamos la pasión de Cristo.