Esta página del evangelio de Mateo invita a una actitud evaluativa mirando la vida de atrás hacia adelante. La cuestión de fondo es: ¿Qué queda de nuestra persona al final su vida?

La última enseñanza de Jesús en Mateo, describe una escena potente, dramática, que acostumbramos llamar el juicio universal. Quizás sería más exacto definirla como ‘la revelación de la verdad última sobre el hombre y sobre la vida’. Lo que queda al final de la vida de uno es el amor dado y recibido.

En escena entra un juez, en el ropaje de un rey pastor que, como todo pastor oriental cada mañana hace una distinción entre ovejas y cabras, un grupo a la derecha y otro la izquierda.

La parábola se detiene en el momento de la distinción y se despliega en una fuerte simetría, dos listados puestos en paralelo que decantan seis situaciones:
– Hambre
– Sed
– Ser extranjero (migrante)
– Desnudez
– Enfermedad
– Prisión (no se especifica si es culpable o inocente)

Son apenas ejemplos, no se intenta agotar ni resumir las situaciones de desgracia por las que una persona puede pasar. Se trata de casos que requieren de aproximación y de ayuda concreta.

Son como los seis pasos de un camino en que se ejercita la sustancia de la vida, el amor. Son seis pasos para encaminarnos hacia el Reino, la tierra como Dios la sueña.

El núcleo de la enseñanza está en la frase repetida, primero en positivo: ‘Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicieron’ (25,40). Luego lo mismo en negativo: ‘Cada vez que dejaron de hacerlo…’ (25,45).

Valga recordar brevemente que el contexto en que estas palabras de Jesús hacían eco en la comunidad de Mateo era el de la grave situación de los años 70 y 80 dC en Israel, después de la guerra judía. Los romanos destruyeron el templo y persiguieron a muerte a los rebeldes, los sobrevivientes tuvieron que huir a territorios más seguros. De ahí la situación de penuria: falta de comida, pérdida de las propiedades, enfermedades (sobre todo provenientes del terror de la violencia) y encarcelamientos que no eran por delincuencia común sino por razones políticas.

¿Cómo se dejaban guiar los primeros cristianos en este contexto por la enseñanza de Jesús? Veamos tres énfasis que aparecen en la frase central que hemos subrayado.

Primero, la situación de ‘los más pequeños’

‘Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron’

Es importante calibrar los matices y el alcance de esta frase de Jesús.

El término ‘más pequeños’ (en griego ‘elájistos’), es el superlativo de ‘mikrós’ (en griego): lo micro de lo micro, esto es, lo más más mínimo, pequeño, o quizás suene mejor, empequeñecido.

Se trata de personas en situación de vulnerabilidad, a quienes la sociedad tiende a ignorar y vuelve Invisibles. Se trata de personas desvalorizadas, no reconocidas en su dignidad. Se trata de gente puesta a una lado porque no aporta económicamente y, por ello, consideradas Improductivas. Son los descartados.

Además se trata de personas incómodas. Visto desde fuera da para pensar que…
– el encarcelado sería tal porque a lo mejor se lo merece (obviamente no siempre).
– Que inmigrantes que uno tras otros pasan pidiendo ayuda, disturban nuestra tranquilidad.
– Y no faltaría quien, según la mentalidad religiosa de la época, pensara que tal persona enferma está pagando por sus pecados.

Ciertamente hacer caridad en esas circunstancias, era asunto complejo. Pero precisamente por ellas que Jesús dice: ‘Lo que hicieron que ellos, lo hicieron conmigo’.

Pues bien, hay dos implicaciones que se derivan de esta frase de Jesús:
– Una, el reconocimiento de Jesús en ‘los pequeños’ (o empequeñecidos)
– Dos, la ayuda concreta.
Es como si Jesús dijera: ‘En ellos tú me has reconocido, allí tú te has puesto a mi servicio’.

Segundo, reconocer a Jesús en ‘los más pequeños’

Jesús establece una correlación estrecha entre él y estas personas ya descritas, hasta el punto de identificarse con ellas. En griego está dicho sólo con dos palabras: ‘hicieron conmigo’ (‘emoi epoiēsate’).

Quiere decir que el rostro de Jesús se esconde en estas personas aparentemente insignificantes o inoportunas. Esas personas a las que la costumbre nos impide reconocer.

Lo primero que se requiere en la ayuda al hermano desfavorecido es reconocerlo como presencia real de Jesús y, así, darle una nueva visibilidad y grandeza.

Esto quiere decir que, no importa la solución encontremos para aliviar el problema, lo primero que cuenta es la actitud con que uno se acerca a la persona, la manera como la trata, los ojos con que la ve, la dignidad que le reconoce.

¡El pobre es como Dios! ¡Cuerpo de Dios! ¡Carne de Dios son los pequeños! Cuando tocas a una persona en situación de desventaja social, menos favorecida, es a Dios a quien estás tocando, es con el mismo Jesús resucitado con quien entras en contacto, el mismo que dijo ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’ (Mt 28,20).

Cada ser humano, no sólo los cristianos (ver el v.32: ‘todas las naciones’), es confrontado por la justicia divina que reivindica a todos los que en la historia han sido oprimidos y han recibido daño, todos los que por diversas circunstancias han sido sometidos como víctimas, tratados sin subjetividad, sin voz y sin derechos.

Tercero, servir a Jesús en ‘los más pequeños’

El argumento sobre el cual se teje la última revelación de Jesús es el paso de la intención a la acción: dar de comer y beber, ofrecer techo, vestir, regalar una presencia afectiva y efectiva.

Para acentuarlo, Jesús señala las dos caras de la moneda: el bien que se hace y el bien que se deja de hacer. Acción y omisión.

Uno, la acción. No basta con ver, también es necesario acercarse, tocar, abrazar, sanar, resolver y dar apoyo. Podemos notar cómo vuelve el tema de la corporeidad.

En la aprobación de esto se revela un rasgo de Dios. Es como si en la memoria de Dios no hubiera espacio para nuestros pecados, sino sólo para los gestos de bondad y para las lágrimas. Porque el mal no es revelador, nunca, ni de Dios ni del hombre. Solamente el bien es lo que revela la verdad de una persona. La luz vale más que la oscuridad, el bien pesa más que el mal.

Dios no desperdicia ni nuestra historia ni mucho menos su eternidad haciendo de vigilante de nuestros pecados o de nuestras sombras. Porque no quiere que nadie se pierda, no deja pasar ningún esfuerzo generoso, ninguna paciencia dolorosa, como bien que circula en las venas del mundo, como una energía de vida, ahora y para la eternidad.

Dos, la omisión. Las fuertes palabras dirigidas al final para quienes no hicieron nada (‘¡Apártense de mí, malditos!’) van acompañadas -como en el caso positivo- del efecto sorpresa, ‘¿Cuándo te vimos…?’, que da pie para las justificaciones y de la excusas.

¿Esta gente que Dios aparta qué mal cometió? Pues esta gente no le agregó mal al mal. Su error consistió en quedarse de brazos cruzados, o sea, en la falta de compromiso real. Muchas palabrería pero nada concreto en la práctica. Quien peca por omisión no aporta nada a la vida.

No basta con justificarse diciendo: ‘Yo no le hecho mal a nadie’, porque uno hace el mal también con el silencio. Se colabora en la muerte de otro cuando uno se queda mirando desde la ventana. No comprometerse por el bien común, mirando los toros desde la barrera, es hacerse cómplice del mal común, de la corrupción, de las mafias. El Papa Francisco llamó a esta actitud: ‘la globalización de la indiferencia’.

En fin… un examen de cuaresma

Curiosa esta manera de comenzar el examen penitencial y de mirar dónde hay que obrar la conversión.

Lo que ocurrirá en el último día muestra que la verdadera alternativa no está entre quien frecuenta o no la Iglesia, sino entre quien se para junto al hombre herido y postrado y se ocupa de él, y quien mira para otro lado y sigue derecho. Quien se niega a ayudar al hermano necesitado se queda al final con las manos vacías, vacías incluso del Reino de Dios.

El Reino de Dios no es una realidad que se circunscribe a los perímetros litúrgicos o doctrinales de la Iglesia, si bien esto también es necesario, sino que desborda en dimensiones inimaginables desde el corazón que sabe amar y servir a todo ser humano.

¿Has amado? ¿Me has visto en ‘los más pequeños’? ¿Te has ocupado de ellos?

La pregunta de Dios a Caín, ‘¿Dónde está tu hermano?’ (Gn 4,9), en boca de Jesús alcanza nuevas proporciones más exigentes: ‘¿Qué has hecho con tu hermano más pequeño?’. El Señor nos evalúa en el enfermo que no atendemos, en el encarcelado que no visitamos, en el necesitado al que no atendemos.

Al final son ‘los hermanos más pequeños’ quienes nos abren las puertas del cielo: ‘¡Venid, benditos de mi Padre!…’. (25,34).

Escribía el monje san Antonio Abad: ‘Quien hace el bien al próximo, se hace el bien a sí mismo, y quien sabe amar a sí mismo, ama también a los otros’ (Cartas IV, 7).

En el siglo de oro español, San Juan de la Cruz, resumió bien este evangelio: ‘A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición’ (Dicho de Luz y de amor No.59).

En el siglo XX, el Obispo Pedro Casaldáliga, quien gastó su vida en las conflictivas tierras del Araguaia brasileira, anotaba poéticamente:
‘Al final del camino me dirán:
-¿Has vivido? ¿Has amado?
Y Yo, sin decir nada ,
abriré el corazón lleno de nombres’.