El Salmo 130 traza un maravilloso itinerario hacia la luz pascual, que es como un nuevo amanecer: del abismo de la muerte y del pecado al abismo de la vida y el perdón.

Conocemos este Salmo por su primera frase en latín: ‘De profundis’. De hecho, comienza así:

“Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica”.

Vamos a explorar la riqueza de esta preciosa joya del salterio bíblico.

Comencemos con este dato: la conciencia y el sentimiento de culpa que proviene de un error cometido es propio de una persona que está en su sano juicio. Generalmente nos hace daño. En la perspectiva bíblica lo importante es que esta conciencia abre un camino liberador: se va adelante, se resucita.

Lo que ocurre se parece a lo que siente un vigilante o centinela que espera la aurora. En la mentalidad del antiguo Israel, la aurora no sólo es el tiempo de despertarse y levantarse para iniciar el día, sino también el tiempo de la certeza, porque la noche, acompañaba por la oscuridad, generaba incertidumbre e inseguridad.

Junto con el “Miserere”, las 52 palabras hebreas del “De profundis” han sido repetidas, traducidas y comentadas, quizás más que el resto de los Salmos, incluso fuera de la tradición judía y cristiana. El Salmo ha sido siempre como una lámpara encendida en el camino de la conversión, de la reflexión teológica e incluso de la muerte; de hecho, en las exequias reaparece este Salmo.

Pues bien, ¿cómo nos ayuda a orar el Salmo 130?

Comencemos con tres claves de lectura iniciales:

Primera clave. En el contexto del Salterio, el 130 forma parte de los Salmos de peregrinación al templo (Salmos 120-134). El peregrino que canta en la subida al templo es uno debe deshacerse de algún peso, el peso del pecado.

Segunda clave. Más que insistir en la confesión de las propias culpas, como ocurre con en el Salmo “Miserere” (Sl 50/51) o el 32, en el 130 el orante se fija más bien en el Señor que concede el perdón. Notemos que el nombre de Dios, Yahvé, se repite ocho veces. Esta insistencia hace de él el verdadero protagonista de este Salmo.

Este es el nuevo enfoque: ¡Se le mira a él, no a nosotros mismos! La conciencia de que su misericordia precede a nuestra conversión, anima nuestro regreso a él y da comienzo de una vida renovada. El orante pone su mirada en Dios, asta sus oídos eleva su voz (v.2), en él contempla un corazón dispuesto a perdonar (“El perdón está contigo”, v.4), de él espera su palabra de absolución (v.5), lo desea a él con toda el alma (v.6), sabiendo que él abunda el amor y la redención (v.7).

Tercera clave. Observemos ahora el proceso que hace el orante.

El punto de partida es una súplica abierta, un grito se eleva de los abismos infernales de la muerte y del mal (v.1-2) y se despliega en las tres estrofas siguientes, a partir del tema de la culpa, del perdón y de la redención.

Tenemos, entonces, cuatro estrofas que son cuatro pasos de la oración:

  • Primer paso (v.1-2): Comienza con una solemne súplica introductoria: el abismo de la muerte.
  • Segundo paso (v.3-4): Sigue la confesión de la culpa y petición de perdón: el abismo del corazón de Dios que es su perdón.
  • Tercer paso (v.5-6): Se eleva aún más en una confesión de confianza en el Señor, quien es la esperanza del orante.
  • Cuarto paso (v.7-8): Y termina con una exhortación a la comunidad para comparta la misma experiencia del orante: la espera de la redención.

En los dos primeros pasos el orante se dirige al Señor en segunda persona (“Tú”). En la tercera y la cuarta, sin apartar la mirada de Dios, ora en tercera persona, hablando de sí mismo (tercer paso) y exhortando a la comunidad (cuarto paso).

Recorramos despacio este precioso Salmo que lleva la culpa a la gracia, del pecado a la redención y de la noche a un nuevo amanecer.

1. Primer paso (v.3-4): El fuerte grito inicial que proviene del abismo

“Desde lo hondo a ti grito, Yahvé” (v.1). El grito inicial de este himno arranca de los abismos del mal anidado en el corazón humano. Desde allí el orante se eleva por medio de la voz hasta penetrar en los cielos.

La imagen del abismo da la clave simbólica de todo el Salmo. El orante ya ha gritado en el Salmo 68,3: “Me hundo en el cieno del abismo / y no puedo hacer pie;/ me he metido en aguas profundas / y me arrastra el oleaje”. Se evoca una situación de angustia.

El orante no especifica lo que le pasa. Deja la cuestión abierta de modo que el lector pueda pensar en sus propios abismos del sinsentido, de la desesperación, que suceden aún antes que los del pecado.

Deja entender que no ha podido salir por sí mismo, que ha hecho intentos fallidos. Y es de esos intentos que nace todo pensamiento, palabra y acción pecaminosa. En el fondo lo que hay es una grave miseria.

Cuando la vida de uno toca fondo es cuando puede comenzar a subir. En el fondo se descubren los fundamentos y se puede comenzar a salir a flote. Este orante parece entenderlo: él sabe dónde está. De ahí que sabe lo que pide. Lo hace con insistencia, dos veces. El efecto poético de esta repetición es permite visualizar un ascenso de la súplica.

En el primer paso, entonces, el orante toma conciencia de dónde se está y hacia dónde dirige su atención. Comienza a salir a flote por medio de su clamor que se eleva hasta los oídos de Dios.

2. Segundo paso (v.3-4): El abismo del perdón de Dios

Cara a cara ante Dios el orante le interpela: “Si tiene en cuenta las culpas, Yahvé, / Señor, ¿quién podrá resistir?” (v.3). Y enseguida se responde él mismo con una fuerte conjunción adversativa, “pero…”, que muestra la otra cara de la moneda: “Pero el perdón está contigo, para así mantener el temor” (v.4).

No sólo tiene conciencia de estar “hundido” en una situación negativa, también tiene conciencia de otro abismo que es luminoso y que declara en una límpida confesión de fe: “En ti está el perdón”.

Quizás las palabras del profeta Miqueas sean el mejor comentario a esta confesión del orante:

“¿Qué Dios hay como tú,
que perdone el pecado
y absuelva al resto de su heredad?
No mantendrá para siempre su cólera,
pues ama la misericordia;
volverá a compadecerse de nosotros,
destruirá nuestras culpas
y arrojará al fondo del mar
todos nuestros pecados” (Mq 7,18-19).

Pues bien, como el fondo del mar es su corazón misericordioso. Uno va donde el Señor desde el abismo de la culpa y en él descubre otro abismo, el abismo de su amor misericordioso, que es más profundo que el abismo del mar, donde él arroja nuestros pecados.

Y agrega: “así mantienes el temor”.

El “temor” aquí es un sentimiento bien diferente del miedo, es más bien la reacción de quien sabe delante de quién está, es una actitud de reverencia ante el Señor, el paso previo a la adoración.

Lo que genera el temor de este orante es la esperanza del perdón, no el miedo a ser condenado. Como bien dice el soneto español:

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte” (Anónimo).

No es la ira de Dios, sino su amor desarmante de Dios lo que genera en el orante temor y dolor. Es el dolor por un amor ofendido. Es más amargo ofender a un papá que a un soberano. Tal como sugiere Pablo: “Es la bondad de Dios la que te impulsa a la conversión” (Rm 2,4).

3. Tercer paso (v.5-6): El anhelo de una palabra del Señor

Ahora el “yo” del orante pasa al centro, quien no rebaja para nada la intensidad de la súplica. En este momento da voz un sentimiento que evoca en su interior: la espera de la palabra liberadora que la anunciará el perdón (v.5).

Esta espera se condensa en un símbolo: el centinela (v.6).

El orante evoca la imagen de la tensión nocturna del centinela que hace la ronda en una ciudad santa llena de peregrinos y de no pocos peligros; o, quizás mejor, de los sacerdotes que están espera del amanecer para comenzar el culto en el templo.

A lo que le da imagen a es a un anhelo profundo. La espera del perdón es el suspiro de todo el ser, como ocurre con el centinela que espía el primer rayo de luz de un amanecer que anuncia el fin de los miedos nocturnos. Al interior de este estremecimiento está también la certeza de que el sol siempre despuntará con su carga de luz y de vida.

Pero el término “centinela” indica también de forma genérica a los que están despiertos en oración, a los que hacen vigilia. Podrían ser aquellos sacerdotes que en el templo de Jerusalén esperaban la llegada del día para poder presidir la celebración. Ellos eran tantos que eran escogidos por sorteo. Era una suerte lograrlo.

Entonces ese día en que presidían el culto en el centro neurálgico del mundo hebreo, el templo de Jerusalén, pasaba a ser el más memorable de sus vidas. Una espera santa, gozosa y memorable.

Esta espera del amanecer, en el contexto de este Salmo, está relacionada con el perdón. La expectativa del penitente es como la del orante del Salmo 63,2: “Dios, tú mi Dios, yo te busco… por ti madrugo”. El buscador de Dios es madrugador, como en el Salmo 118,148: “Madrugo para meditar en la promesa del Señor”. O como dice Lm 3,22-23:

“Que el amor del Señor no se ha acabado,
que no se ha agotado su ternura;
mañana tras mañana se renuevan:
¡Grande es tu fidelidad!”.

4. Cuarto paso (v.7-8). Todo el pueblo es invitado a participar en esta experiencia

Antes de terminar, el orante siente el deber de hablarle a toda la comunidad. La exhorta para que espere al Señor, así como él lo hizo: “Aguarde Israel a Yahvé” (v.7).

Notemos la circularidad: lo que pasa con un solo pecador perdonado, ocurre también con la comunidad entera que también es pecadora.

lEl argumento central de esta exhortación es la grandeza del amor Dios que precede y guía a todo viviente: “Yahvé está lleno de amor, / su redención es abundante” (v.7). Notemos el énfasis en la abundancia.

El orante no acusa al pueblo de su pecado, le predica más bien la inmensidad del amor y de la acción redentora de Dios por su pueblo.

El final empata con el principio. La súplica inicial dejaba en vilo la cuestión “¿El Señor me escuchará?”. Una vez hecho el recorrido del Salmo, el orante responde positivamente y con confianza: “Sí, Dios escucha y salva”. El abismo de su amor manda al fondo nuestros pecados y nos atrae hacia él. Esta certeza final a lo que el orante le transmite ahora a la comunidad entera.

En fin…

El Salmo 130 puede ser leído junto con Cristo en el contexto pascual. De hecho, es un Salmo de resurrección porque la noche del pecado y de la muerte está iluminada por la luz del alba pascual. Por eso no es extraño que se recite en las exequias para proclamar allí la Pascua: la redención definitiva, de la cual Jesús muerto y resucitado es el gestor y la primicia, se nos ofrece como liberación del poder de la muerte para cada uno de nosotros. No nos quedamos mirando hacia el abismo de la tumba, sino hacia el abismo del cielo.

El Salmo 130 nos enseña a orar ejercitando una doble mirada, a nuestro abismo y al del Señor, como toma de conciencia y como anhelo. San Agustín, intuyó que lo podríamos hacer así:

“Debemos cantar con inteligencia: ‘Desde lo hondo a ti grito, Señor, Señor escucha mi voz…’ (…)
Que cada uno de nosotros comprenda cuál ha sido el abismo en que se encuentra y grita al Señor. Si desde el abismo logra gritar, es que ya se está elevando del abismo y su mismo gritar le impide permanecer en el fondo.
Están en cambio en las profundidades extremas del abismo aquellos que ni siquiera intentan gritar. (…)
El Señor Jesucristo no desestimó mirar hacia nuestros abismos, asumió nuestra vida y nos prometió la remisión de todos nuestros pecados…
‘Sí, junto al Señor está la misericordia, la redención copiosa’. ¡Esto es espléndido! No importa cuánto el ser humano se sienta atiborrado de culpas, porque para cada uno ahí está siempre la misericordia de Dios”.

Terminemos con una antigua oración (siglo VI dC) que prolonga el eco del Salmo 130:

“Los oídos de tu amor, Señor,
estén atentos a las profundidades de la oración de quien te suplica,
porque junto a ti está la remisión de los pecados,
por eso no recuerdas nuestras culpas,
sino que nos donas tu misericordia”. Amén.