Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una fiesta que nos remite a lo esencial de la fe: el amor de Jesucristo por la humanidad.

En un contexto en que se tiende a comportarse como burócratas de las reglas y analfabetas del corazón, se nos invita a descubrir esta vía que sabe generar sólo Amor.

La fe es cuestión de corazón, de afecto, de ímpetu, de emociones, de profundos descubrimientos radicales. Es cuestión de encuentros y de profundidad, no de apariencia ni de superficie. Es experiencia estremecedora, porque es pasión e impulso.

Todo esto se esconde detrás de esta fiesta del corazón de Jesús. Y en ella el centro es Jesús. Esta es la fiesta del amor de Jesús.

Santa Margaria María de Alacoque, a quien Jesús se le apareció en oración en Paray-le-Monial (Francia en 1673), entendió que cuando hablamos de Dios estamos hablando de un corazón devorado por la pasión. No de miedo, ni de castigos, nada de broncas divinas. Se trata de un fuego devorador de amor.

Pero hay que decir que un año antes del comienzo de estas apariciones, en 1672 y cerca de allí, un sacerdote llamado san Juan Eudes ya había marcado la historia del culto al Sagrado Corazón de Jesús con la iniciativa de celebrar en los seminarios que había fundado, la fiesta litúrgica en honor del Corazón de Jesús. Después la fiesta se extendió en Francia y fuera de ella, hasta lo que hoy estamos celebrando en la Iglesia universal.

Para san Juan Eudes la devoción al Corazón de Jesús implica tres ejercicios: primero de contemplación, segundo de celebración y tercero de respuesta comprometida.

¿Qué se contempla?

El amor de Dios simbolizado en el corazón. ‘Para san Juan Eudes el corazón es el amor y la caridad. Pero en María y Jesús, el amor es realidad compleja’. Se trata de un triple amor, como tres corazones, uno corporal, uno espiritual y uno divino. Su corazón divino ‘es su amor en cuanto Dios (Dios es amor) y en cuanto principio, con su Padre, del Espíritu Santo’ (J. Arragain, Obras escogidas de san Juan Eudes, p. 526).

Se contempla, entonces, su misterio insondable de su amor trinitario.

¿Cómo se celebra?

San Juan Eudes compuso las oraciones de la Misa y de la liturgia de las horas para esta ocasión. Pero lo más importante es que nos enseñó a ‘adorarlo, bendecirlo, glorificarlo y darle gracias, pedirle perdón y unir nuestra reparación a la suya cerca del Padre’ (J. Arragain).

¿Cómo se lleva a la vida?

Respondiendo con nuestro amor a su amor por nosotros y amándonos unos a otros como él nos amó.

Hacer de su amor nuestro amor implica formarlo en nuestro corazón, como lo hizo María, quien primero lo formó en su corazón y luego en sus entrañas, impregnando la vida entera de todo lo que nos dicen de él los evangelios.

San Juan Eudes quiso añadir un signo a la fiesta. ‘Pidió a cada una de sus comunidades que invitaran a su mesa a doce pobres, de los verdaderos indigentes del mundo. No se trataba de realizar un gesto de mera sensibilidad social. Quiso expresar a través del amor y el servicio a los pobres, imagen viviente del Señor en la historia, la realidad del amor redentor que estaban celebrando’ (Álvaro Torres, Obras escogidas de san Juan Eudes, p. 62).

Vamos al evangelio

¿Cómo nos aproxima el evangelio escogido para hoy a la comprensión del amor del Señor por nosotros?

Con la imagen del pastor que busca la oveja perdida.

El arte paleocristiano representó a Jesús como un pastor joven que carga dulcemente sobre sus espaldas a una oveja. Esta iconografía se inspirada en la primera de las tres parábolas de la misericordia de Lc 15, da el acento de esta fiesta del corazón de Jesús. Contemplamos un pastor apasionado que desafía el desierto, me busca, me levanta y festeja por mí.

Esta parábola que es como el evangelio del evangelio. Su trasfondo es el trato que Jesús le daba a los pecadores. Había como una especie de conexión misteriosa entre Jesús y los pecadores, un buscarse recíprocamente que escandalizaba a escribas y la gente religiosa de la época.

Y desde este trasfondo emerge un rostro de Dios que es la más bella noticia que podemos recibir.

Jesús se vale de un relato. Tres rasgos se subrayan en el pastor: (1) la búsqueda apasionada, (2) el cuidado tierno cuando la encuentra y (3) la gran alegría que siente y que comparte con todos.

En estos tres detalles se revela su corazón.

Primero, salir en búsqueda

Todo comienza con una historia de pérdida, que pone en primer plano el dolor de Dios cuando pierde lo más valioso y sale en búsqueda, pero sobre todo la inmensa alegría cuando la encuentra.

La oveja perdida interesa al pastor hasta tal punto de que deja de lado a los otras 99 para ir detrás sólo de ella.

Esa es la pasión del pastor, casi una persecución de amor por su oveja por estepas y pedregales. Si nosotros lo perdemos, él no nos pierde jamás. No es la oveja perdida la que encuentra al pastor, ella es la que es encontrada. A los ojos del Señor somos personas apreciadas y halladas por su amor.

El buen pastor tiene todo su corazón volcado a sus ovejas, no hacia sí mismo. Arriesga su vida por su oveja, provee sus necesidades, cura sus heridas, las protege de los animales salvajes. De modo particular se preocupa por aquella oveja que se pierde y no se ahorra ningún esfuerzo hasta que tenga la alegría de recuperarla.

Segundo, echarse la oveja al hombro

Una oveja descarriada está completamente indefensa, puede caer en un acantilado o quedar enredada entre los cardos. Precisamente en esa situación de peligro ella se da cuenta de cuán precioso es su pastor.

El pastor no la castiga, le da un trato sanador. Para él está viva y eso es lo que importa.

Después de encontrarla, él se la echa a la espalda para hacerle menos difícil el camino y la trae de nuevo al redil con alegría.

Es hermoso. Dios no mira nuestra culpa sino nuestra debilidad. Nos carga. No maneja su relación con nosotros con castigos, sino que es preventivo. Dios es amigo de la vida, de la salud, de la plenitud, de que cada persona sea promovida en su dignidad.

Tercero, una pasión compartida

Al final se destaca la Alegría. Un Dios feliz por nosotros. Que una persona sea motivo de inmensa alegría muestra cuanto la amo. Así es Dios.

La alegría, entonces, expresa algo más sobre el corazón de Jesús, no solo el dolor que siente por mi, también que soy motivo de gozo para él.

Dice el teólogo francés A. Louf que ‘No somos solamente nosotros quienes ponemos las raíces en su corazón. También él quiere tener sus raíces en el nuestro. Él quiere que seamos su tormento y su alegría’.

Para concluir, recordemos que esta fiesta está vinculada al sacerdocio. Por eso hoy también celebramos la jornada mundial de oración por la santificación de los sacerdotes.

Pedimos oración por nosotros los sacerdotes, para no se adormezca nunca la pasión ni se apague el fuego que se encendió con nuestra vocación, ese fuego del amor de Dios que estamos llamados a contagiarle a todos nuestros hermanos.

“Ven, por tanto, Señor Jesús…
Ven a mí, búscame, encuéntrame,
tómame en tus brazos
y condúceme’
(San Ambrosio de Milán, Exposición del Salmo 118)