‘Dense cuenta de que aquí hay algo más que Jonás… que aquí hay algo más que Salomón’, enfatiza Jesús.

En esta enseñanza de Jesús va enfocando progresivamente toda su argumentación hasta culminar con esta fuerte afirmación.

Al final, aparece destacado el gran y significado que tiene la persona de Jesús: quién es él y cómo lleva a los oyentes de su predicación hacia la experiencia de la potencia transformadora de su Palabra.

¿Cómo ocurre esto? Jesús lo hace con tres sutiles correctivos que le imprimen giros fuertes a la manera como sus oyentes entendían las cosas.

Para captarlo mejor, veamos primero el contexto. Esta enseñanza de Jesús es la respuesta —un poco en retardo— a la petición de un signo del cielo que le habían hecho un poco antes (11,16). Allí el narrador le había hecho un guiño a los lectores: le hacían esta petición ‘para tentarle’, para someterlo a Jesús a ‘prueba’.

¿Qué tipo de prueba? Por una parte se trataba de la presentación de las credenciales que acreditarían su autoridad y por otra -ya con mala intención- hacerlo caer para que apareciera como un falso profeta.

La respuesta de Jesús toca tres puntos fundamentales:
– Primero usa palabras fuertes de condena, califica a la multitud de ‘generación perversa’.
– Luego, les corrige la expectativa, en vez de darles el signo esperado, les ofrece otro: el ‘signo de Jonás’.
– Finalmente sobre los dos ejemplos bíblicos, el caso de Jonás y el de la Reina del Sur, Jesús da un tercer giro: no serán los miembros del pueblo elegido sino los paganos quienes nos juzgarán.

Primero, el reproche de Jesús a la ‘generación perversa’

‘Esta generación es una generación perversa’ (11,29).

¿Por qué Jesús dice estas palabras tan duras? El motivo por el cual lo afirma es porque ‘busca una señal’ (‘sēmeion’, en griego). El término presupone un reclamo de acreditación. Como ocurre hoy cuando uno va a un consultorio médico y los títulos expuestos en la pared te dan confianza en aquel que te atiende. Desde esta perspectiva, la solicitud no tendría nada de malo.

Sin embargo, hay otra realidad: la generación de Jesús buscaba a alguien que le diera las garantías que esperaba. Notamos un intento de circunscribir a Jesús en sus parámetros religiosos y de encasillarlo dentro de su imaginario mesiánico, mejor dicho, de someterlo a sus criterios.

¿Por qué Jesús llama ‘perversa’ esta acá? Porque detrás está la búsqueda de un Dios que se acomode a lo que yo pienso y quiero, un Dios a la medida estrecha de mis peticiones y necesidades. ¡Cuánto daño nos ha hecho el mercado de milagros y de las espiritualidades ‘a la carta’!

Al final y al cabo no resulta siendo una búsqueda sincera y objetiva de Dios, sino una acomodación interesada y subjetiva de él a la respuesta inmediata a mis angustias. Una búsqueda así no cultiva amistad con Dios, sino que hace de él un objeto manipulable, en la práctica una idolatría.

Quien pide un signo a Jesús es porque todavía no lo ha entendido, no ha calibrado el valor de su persona, lo ve como in-significante. Siempre será más fácil tener a disposición un mago solucionador de problemas, que la cotidianidad de un amigo, con los riesgos que esto implica.

Creer es entregarse a Dios con un gesto gratuito y confiado, porque se ha acogido ‘el signo’ que él nos ha dado en la persona de Jesús. El ‘signo’ es la persona misma de Jesús. Es a él a quien hay que descubrir y acoger, antes que a sus demostraciones de poder.

Un creer así es suficiente para seguir viviendo con sentido y con ganas, bajo el impulso de una amistad con Dios en Jesús, que cada día expande el horizonte.

Hay una gran diferencia entre pedir signos y acoger los signos. Los signos no hay que pedirlos, ya están ahí ante nuestros ojos. Y el signo -en singular- es Jesús, y está ahí, es presencia viva y vivificante para ser acogida y palabra para ser escuchada.

Esta corrección que Jesús le hace a su auditorio es importante. Así lo diga con palabras muy fuertes: ‘¡Generación perversa!’ que corre detrás de cosas extraordinarias y descuida lo fundamental.

Lo que incide en la vida de uno hasta en punto de posibilitar un salto cualitativo no es un ‘milagro’ sino la buena disposición para acoger ‘el signo’ que pone a mi disposición, dejando morir incluso mis expectativas. Mucha fecundidad trae ese tipo de muerte.

Segundo, la grandeza del signo que es el mismo Jesús, el profeta.

Jesús primero se niega a dar un ‘signo’, pero enseguida corrige, da uno, el único que él da: ‘Como Jonás fue un signo (‘sēmeion’) para los habitantes de Nínive, del mismo modo lo será también el Hijo del hombre para esta generación’ (11,30).

Hay que hacer una aclaración. El ’signo de Jonás’ en este evangelio de Lucas tiene una connotación diferente a la que le da Mateo (12,40). Para Mateo el signo consiste en la relación que hay entre los tres días que Jonas pasa en el vientre de la ballena y los tres días de Jesús muerto y sepultado.

Pues bien, este detalle de los tres días no aparece en esta versión de Lucas. El signo no está en lo ocurrido con la ballena sino lo que pasó después con Jonás cuando el cetáceo lo arrojó en Nínive: allí se puso a predicar al conversión a una ciudad enorme y pecadora, y esta gente respondió positivamente a su predicación. Lo único que se subraya aquí es que Jonás fue predicador de la conversión y que los ninivitas lo escucharon y se convirtieron.

El signo, entonces, es la persona del profeta predicador de la conversión. Jonás predicó a una ciudad de ‘más de ciento veinte mil personas que no distinguen el bien del mal’ (Jonás 4,11) estas palabras: ‘Dentro de cuarenta días Ninive será destruida’ (Jonás 3,4). Y la gente se lo tomó en serio y dio pruebas de una renovación haciendo penitencia. Entonces, Dios tuvo misericordia y los perdonó (Jonás 3,10).

Jonás fue un signo para los ninivitas y quienes se lo tomaron en serio emprendieron un camino de renovación. Y no era más que un hombre. ¿Qué cabría luego esperar de la persona y de la predicación de Jesús ‘quien es más que Jonás’?

La repetición de la idea de que Jesús es más que Jonás y más que Salomón apunta a la grandeza de su identidad: Jesús es profeta y sabio, pero es más que Jonás y que Salomón, es más que un profeta y más que un sabio. Los oyentes deben sacar las conclusiones: ¿Quién es Jesús? ¿Por qué debo escucharlo y tomarlo en serio? ¿Qué implica para mi vida su palabra?

Tercero, seremos juzgados por una generación de ‘paganos’ que sí creyó y se convirtió.

Otro punto de giro en el discurso de Jesús se da en una sorpresiva inversión de roles.

Desde el punto de vista judío, sería el pueblo de Israel quien juzgaría a las naciones al final de los tiempos. Jesús ahora invierte los papeles: serán los ninivitas, que son paganos, los que juzgarán a esta generación que le pone resistencias a la predicación de Jesús.

La respuesta de los ninivitas a la predicación de la conversión fue ejemplar: se convirtieron dándole la valor a la predicación del profeta, le creyeron al impávido profeta e hicieron penitencia pública suplicando perdón y misericordia, y así transformaron una ciudad entera. ¿Qué se esperaría, entonces, de quienes supuestamente ya conocen la Palabra y están familiarizados con las cosas de Dios?

Jesús refuerza esta idea con otro ejemplo bíblico, el de la Reina del Sur (o Reina de Saba), la hermosa reina morena, cuya historia se lee en 1 Reyes 10,1-12. . Ella también era una extranjera, toda una dignataria, y aún así —a pesar de lo distante que parecía— le dio valor a la Palabra de Dios de Israel e hizo un largo viaje con su caravana para visitar a Salomón en Jerusalén, reconociendo la excelencia de su sabiduría. ¿Qué se esperaría, entonces, de aquellos que tienen esta sabiduría en casa?

En los orígenes del cristianismo, como se narra ya desde los Hechos de los Apóstoles, los paganos darán más señales de interés por la predicación cristiana que los judíos y serán más dóciles para la conversión. La cuestión se extiende después a los mismos cristianos: ¿No resultarán más ejemplares en la fe y en la conversión personas de fuera o supuestamente alejadas, que las que ya llevan muchos años en las comunidades?

En fin…

La gente quería ver portentos notables y perceptibles con los sentidos que comprobaran la autoridad de Jesús. Él ofrece con toda sencillez un único signo: él mismo y su predicación profética de la conversión.

Buscamos signos de la presencia de Dios, siempre y por todos lados. Queremos pruebas que nos ratifiquen que Dios se ocupa de nosotros. Y lo quisiéramos ver con efectos especiales, en eventos extraordinarios. Jesús solamente da su palabra, ella tiene la capacidad de cambiarnos la vida, ¡y de qué manera!

Habrá que recordar muchas veces esta verdad fundamental: lo que incide en la vida de uno hasta hasta punto de provocar un salto cualitativo en la existencia, lo que acredita a Jesús, no es un milagro sino el poder de su palabra profética y sabia. Y lo que verifica la autenticidad de la fe de uno es la buena disposición para escuchar la palabra del Evangelio, dejarse convertir por ella y educar por su sabiduría.

Los ninivitas escucharon, la Reina del Sur escuchó. Y apoyados en la Palabra experimentaron una profunda conversión. Escuchar es dejarse convertir, es dejarse cambiar las expectativas, es un morir a una manera de ver las cosas para abrirse a lo inédito de Dios. Implica incluso el morir a una manera de ver a Dios y esperar de él. Sin duda, siempre nos va a sorprender, porque Jesús es ‘mucho más que…’.