En el camino hacia la Pascua vamos escuchando los discursos reveladores de Jesús. Hoy llegamos a la quinta revelación. Jesús se presenta como el Hijo “dador de libertad”.

Resuena fuertemente la frase de Jesús: ‘Sí, pues, el Hijo le da la libertad, serán realmente libres’ (8,,36).

Así, después del anuncio del “Yo Soy”, que equivale a la presencia del Dios liberador en Jesús de Nazareth, a quien seguimos pasando de la tiniebla a la luz en el caminar del éxodo, llegamos al punto alto del evento pascual: la liberación.

Notemos primero cómo aparece Jesús y luego cómo se perfila el discipulado.

Primero, el rostro de Jesús: el Hijo

Jesús es el Hijo de Dios que en la ‘casa’ de su Padre, está en capacidad de otorgarle la condición de ‘hijos de Dios’, esto es, ‘libres’, a los que creen en su Nombre (ver Jn 1,12). La esclavitud de la cual nos libera es el ‘pecado’: ‘Si, pues, el Hijo les da la libertad, serán realmente libres’ (8,36).

Esta revelación tiene un fundamento: el Hijo es el único que conoce la verdad porque ha estado junto a Dios Padre y puede contar lo que vio: ‘Yo hablo lo que he visto junto a mi Padre’ (8,38).

Segundo, el rostro del discípulo: un hombre liberado por la verdad

El nuevo rasgo del rostro de Jesús que se acaba de revelar trae consecuencias para los que caminan “en su luz”:

(1) El discípulo es un hombre libre, o mejor, liberado por Jesús.

(2) El discipulado consiste en hacer este camino de liberación.

El camino de la liberación se recorre en dos etapas que se plantean en 8,32:

Primera etapa: recibir la Palabra y permanecer en ella, viviendo de ella (‘Si permanecen en mi Palabra’).

Permanecer o mantenerse en la Palabra supone un entrar progresivamente en la vida de Jesús, y por consiguiente, en un cierto grado de perfección.

La fe se interioriza, toma posesión de la vida entera del creyente. Es un instalarse en la Palabra, recibir su savia, vivir de ella, con constancia en la confesión pública de la fe, aún en tiempos de adversidad (ver 12,42).

Segunda etapa: dar los frutos que genera la Palabra. Los frutos son tres:

(a) ‘Serán verdaderamente mis discípulos’: de la asimilación de la Palabra proviene la unión con Cristo, en la plenitud de la fe, en la constatación de la plena eficacia de su Palabra y en esplendor de la caridad; es así como en la misteriosa intimidad de la amistad se recibe el “Verbo”.
(b) ‘Conocerán la Verdad’, esto es, se hace un descubrimiento progresivo de la verdad. El hombre libre es el que está animado desde el interior por la verdad; si no hay verdad en el corazón no hay libertad. Esta verdad es el conocimiento de la revelación del misterio de la persona de Jesús.
(c) ‘La verdad los hará libres: la liberación llega por medio de la verdad y consiste en compartir la filiación del hijo, el Dios verdadero.

En fin…

Esta parte del discurso revelador de Jesús nos lleva a la cumbre de la Pascua: la liberación, la acción transformadora de la revelación del Padre por medio de la persona de Jesús, la cual el discípulo interioriza por medio de la fe.

Falta poco para la celebración para la Pascua. La Palabra del Señor nos va inculcando sus convicciones para que nos arda el corazón. El grito de victoria ya se siente: “Si, pues el Hijo les da la libertad, serán realmente libres” (8,36).

Mientras tanto se escucha la voz fúnebre del contrabajo haciendo su contrapunto: “Pero ustedes tratan de matarme, a mí que les he dicho la verdad que escuché de Dios” (8,40ª).