El conflicto contra Jesús estalla por los aires: ‘¿Tú quien te crees?’ (8,53), le dicen. Y una vez más intentan matarlo: ‘Entonces tomaron piedras para tirárselas’ (8,59). Así concluyen los capítulos 7 y 8 del evangelio de Juan, donde Jesús ha revelado con siete expresiones su particular identidad.

Los conflictos destapan verdades profundas. Lo que aparece con claridad es la particularidad de Jesús: es Dios desde siempre y sostiene con el Padre una relación que él define con dos palabras: ‘Yo lo conozco y soy fiel a sus palabras’ (8,55).

Veamos el contenido de esta revelación y la consecuencia que tiene para el discipulado.

Primero, la última objeción contra Jesús

En los capítulos 7 y 8 de Juan, los adversarios ha n reaccionado de forma contra Jesús en nueve ocasiones:

– ‘Unos decían: ‘engaña al pueblo’ (7,12).
– ‘¿Cómo entiende de letras sin haber estudiado?’ (7,15).
– ‘Tienes un demonio’ (7,19).
– ‘¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo?’ (7,41).
– ‘Tú das testimonio de ti mismo, tu testimonio no vale’ (8,13).
– ‘¿Dónde está tu padre?’ (8,19).
– ‘Se va a suicidar’ (8,22).
– ‘Eres samaritano’ (8,48), o sea, ‘cismático’.
– ‘Tienes un demonio” (8,48).

‘Ahora estamos seguros de que tiene un demonio’ (8,52).

La acusación ‘tienes un demonio’, se usaba con frecuencia para indicar a una persona afectada por enfermedades del comportamiento, asimilables a la depresión, la epilepsia, la demencia, y no necesariamente a la posesión diabólica.

Jesús le dice a sus adversarios que con esos señalamientos: ‘Ustedes me deshonran’ (8,49).

El hecho es que no logran comprender a Jesús, se les escapa de sus esquemas y con las etiquetas que hemos visto lo ponen aparte, sin permitirse entrar en su novedad y descubrir el misterio profundo que él está dando a conocer.

Segundo, la respuesta de Jesús

Jesús dice: “Yo no tengo un demonio, sino que honro a mi Padre” (8,49).

Estamos ante la revelación más alta de Jesús en este evangelio: Él es el Hijo, que existe desde antes de la creación del mundo.

Esta afirmación nos remite al prólogo de Jn (ver 1,2-3). De la estrecha relación entre el Padre y el Hijo (el Verbo), se derivan tres características de Jesús: (1) su poder de vivificar; (2) su gloria y (3) su preexistencia.

Precisamente porque está unido al Padre, Jesús vivifica: ‘Si alguno guarda mi Palabra, no verá la muerte jamás’ (8,51).

Según esto, aceptar a Jesús –entrar en comunión con Él- es adherir a la vida, superar la muerte. Esta comunión no se logra de forma sentimental sino mediante una obediencia efectiva a sus enseñanzas.

Como lo hace notar el evangelista, esta frase de Jesús es suficiente para suscitar la ira de sus adversarios.: ‘Abraham murió, y también los profetas, y tú dices… ¿Eres tú acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió? También los profetas murieron. ¿Por quién te tienes a ti mismo?’ (8,52-53).

El ‘¿Quién crees que eres?’ (en griego ‘tina seauton poeis’) se refiere a las palabras de Jesús sobre la muerte física, por la cual -evidentemente- Abraham y los profetas pasaron.

Al replicar, Jesús lleva a sus oyentes hacia a una nueva dirección: el conocimiento de Dios. O mejor: la vida está en el conocimiento de Dios.

‘Conocer’, en la Biblia, es sinónimo de ‘amar’ (ver Os 4,1-2; Jr 22,15b-17). ‘Conocer’ a Dios no se limita a datos sobre él sino que connota una relación profunda y personal con Dios.

Jesús es el “Hijo” que conoce y obedece, de esta forma lleva a plenitud por completo la alianza sellada con Abraham, “Yo sí que le conozco” (8,55). Es así como el Hijo glorifica al Padre (8,54). Jesús ha conocido el amor del Padre y vive de él.

¿Cómo expresa ese amor-conocimiento del Padre? Viviendo según su Palabra. No es un amor sentimental, la obediencia del hijo a su Padre, la fidelidad a su palabra, es la señal de la autenticidad de ese vínculo.

Tercero, cuando uno no tiene argumentos, tira piedras

Viene así la reacción final de los adversarios: intentan lapidarlo (8,59).

Según Levítico 24,16, quien blasfeme el nombre de Dios debe ser ejecutado con la pena de muerte. No han comprendido la revelación de Jesús y rechazan abiertamente a Dios en su Verbo encarnado.

Las autoridades judías que se proclamaban a sí mismas como conocedoras de Dios, no fueron capaces de reconocer a Dios en su Hijo. Como enfatiza Jesús, no se parecen a su Padre Abraham, quien supo escuchar la Palabra de Dios y respondió con su fe.

En fin…

En adelante, toda relación con Dios se establecerá a partir de Jesús, porque en su Cruz se sella la Nueva Alianza.

Dentro de una semana estaremos celebrando el Jueves Santo y desde hoy ponemos nuestras mirada en el misterio por medio del cual llegamos al verdadero conocimiento de Dios, reconociéndolo en la fracción del pan.

En la Cruz eucarística de Jesús aprendemos a reconocer el verdadero rostro de Dios y también nuestra verdadera identidad.

Contemplar a Jesús es poder decir: “Así es como Dios quiere que yo viva”. Sólo en Jesús vemos lo que Dios quiere que sepamos y seamos.