Jesús acababa de hacer renacer a una mujer adúltera que iban a lapidar en el templo (Jn 8,1-11). El pasaje siguiente se ubica en el mismo lugar, donde Jesús está llevando a cabo la revelación de su identidad.

En siete momentos, en apenas dos capítulos (Jn 7-8), Jesús se presenta como:

(1) …El enviado del Padre
(2) …La fuente de agua viva
(3) …La luz del mundo
(4) …El “Yo Soy”, revelado en el Éxodo
(5) …El Hijo dador de libertad
(6) …El dador de vida
(7) …El Hijo de Dios pre-existente

En esta ocasión se detiene en ‘Yo soy la luz del mundo’ (8,12).

¿Por qué tiene fuerza esta auto-presentación? Curiosamente ni al paralítico ni a la mujer adúltera, Jesús les pidió que le siguieran después del evento de la curación o del perdón. A cada persona le compete la decisión de caminar libre y sin cadenas, o, al contrario, de quedarse preso de lo que le tenía encadenado.

Como hemos visto, Jesús lo que Jesús busca es abrir caminos, de ahí su revelación y sus argumentos. Sin, embargo, se encontrará con una serie de objeciones por parte de sus adversarios.

Es así como a la revelación de Jesús como ‘la luz del mundo’ (8,12) le siguen dos objeciones: (8,13: ‘Tu testimonio no vale’; 8,19: ‘¿Dónde está tu Padre?’), frente a las cuales da los argumentos para que esa revelación sea acogida (8,14-18.19).

Profundicemos en el gran significado de esta revelación, pero comencemos con el contexto.

Primero, el contexto en el que Jesús anuncia que es la ‘luz’

El narrador nos dice que Jesús estaba en el templo, en ‘la sala del tesoro’, donde un conjunto de 13 recipientes recibían las ofrendas de la gente (8,20). Es el mismo lugar donde ocurre la ofrenda de la viuda (Mc 12,41).

Desde antes también nos ha informado que está transcurriendo la fiesta de los Tabernáculos, que celebra los grandes dones de Dios al pueblo de Israel. Ya es el último día, el más solemne (7,37).

Que Jesús proponga el tema de la luz se entiende porque esta era una fiesta en la que abundaba la luz. En la explanada del Templo de Jerusalén se encendían cuatro lámparas (menorá) de siete brazos grandes que irradiaban sobre toda Jerusalén (así Misnhá, Sukka 5,2-4).

Jesús se vale de un ambiente, que parece propicio, para su revelación ‘Yo soy la luz…’.

Segundo, Jesús como ‘luz’ y los discípulos como sus seguidores

‘Yo soy la luz del mundo’ (8,12a)

Jesús se auto-proclama como luz del mundo (8,12a). Desde el prólogo de este evangelio Jesús ha sido presentado así (1,4.5.7.8.9). Pero esta es la primera vez que Jesús que Jesús lo dice

¿Qué quiere decir?

Uno. Hay que recordar que la luz es una fuente de energía y de vida y por tanto una necesidad vital para todo ser humano. Así como como ocurre con el pan y con el agua, también necesitamos de la luz. No nos sorprenda que Jesús diga sus ‘Yo soy’ en relación con estos elementos.

Dos. La luz nos permite apreciar y distinguir el entorno. Por medio de ella podemos ver la riqueza del mundo: la naturaleza, los seres humanos y las cosas. Sólo a través de ella podemos percibir la gran diversidad que caracteriza el mundo, su realidad y su plenitud.

Tres. La luz también tiene que ver con nuestros sentimientos: nos da seguridad, nos hace sentir bien. En cambio la oscuridad nos infunde temor y ansiedad.

Cuatro. La luz define el existir, por eso el nacimiento es un “alumbramiento” y morir es cerrar los ojos a la luz. La muerte es semejante a las tinieblas, caracterizadas por su rigidez y su frialdad.

Quinto. En el camino de la vida necesitamos de la luz del conocimiento y del discernimiento. Sin la luz él es condenado a vagar en la oscuridad ética y existencial

Por todo lo anterior, la simbólica de la luz, ayuda a comprender quién es Dios y cuál es su obra con nosotros:

En el Salmo 36,10 (‘En ti está la fuente de la vida y en tu luz vemos la luz’) la luz es el rostro de Dios. Del rostro de Dios emana todo.
La enseñanza de Dios en la Torá se compara con el efecto de la luz: ‘Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero’ (Salmo 119,105; ver Prov 6,23).
Dios mismo ya se había identificado con la luz desde el Antiguo Testamento: guió al pueblo por el desierto con su fuego nocturno, abriendo los caminos del éxodo.

Y no sólo esto. La misión del enviado de Dios, el Siervo de Yahvé prometido en Isaías, había sido anunciado como ‘luz’: ‘Te he destinado para ser luz de las naciones’ (Is 42.6; 49,6; 51,4).

Pues bien, con Jesús el símbolo de la luz amplía sus dimensiones. Si, como hemos visto, en el Antiguo Testamento Yahveh fue luz para el pueblo de Israel peregrino, ahora en la plenitud de la revelación, Jesús lo es para el mundo entero, para toda la historia y para todas las situaciones de la humanidad.

Pero esto requiere una respuesta por parte del hombre, esto es, recibir esa luz, caminar bajo esa luz y mirar el gran horizonte final desde esa luz.

‘La persona que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida’ (8,12b).

En cuanto luz que es la vida o que ilumina la vida o que conduce a la vida, Jesús asocia el símbolo de la luz con la dinámica del seguimiento por parte del discípulo. Esto tiene al menos tres implicaciones:

Una. Quiere decir que el seguimiento es..

(1) Un continuo caminar pascual que transforma a fondo la vida del discípulo: un pasar de las tinieblas a la luz.

(2) Una referencia continua a Jesús quien sostiene la vida.

Dos. El texto dice: “la luz de la vida” o “luz viva” (‘to fōs tēs zōēs’, en griego). Esto significa que:

(1) No requiere ser alimentada periódicamente: es inagotable (similar al “agua de vida” que mana siempre o al ‘pan de vida’ con el que se vive para siempre).

(2) Ella vivifica, ya que vivir es ver la luz del día.

Tres. La dinámica del seguimiento de Jesús “luz” culmina en la Cruz. La Cruz de Cristo es la gran fuente de “luz”, porque ella es:

(1) Salvífica: se superan las tinieblas de la muerte.

(2) Reveladora de la identidad de Dios y del hombre.(3) Orientadora del caminar.

(4) Generadora de vida: el parto de una nueva creación (ver 16,20-22).

(5) Generadora de comunión.

(6) Fuente de gozo.

Tercero, la respuesta a las objeciones.

Pero esta maravillosa revelación no es bien recibida por los oyentes. El corazón de sus adversarios parece impenetrable. A ello Jesús responde con argumentos.

El más importante: ‘Sé de dónde he venido y adónde voy’ (8,14), esto es, del Padre Dios. El testimonio de Jesús es válido porque dentro de él está siempre el Padre como garante y porque él traduce esa presencia en sus obras, es ahí ‘donde está su Padre’ (8,19).

Al contrario de Jesús quien está plenamente consciente de su origen y del significado de su misión en el mundo, sus adversarios ni lo saben ni parecen tener intenciones de saberlo, ya que lo juzgan según las apariencias (o ’según la carne’, 8,15), no ven más allá de lo natural, no captan la hondura de su revelación. El problema es su superficialidad en la manera de abordar a la persona de Jesús.

Jesús dice repetitivamente: miren para donde estoy yendo (8,21.22; 13,33.36; 14,8,28; 16,5.10.17). Es algo que todo el que entre en su camino debe esforzarse por conocer y estar en sintonía.

En fin…

¿Cómo se juntan los símbolos de la luz y del camino? ¿Qué implican para mí?

Están unidos en la persona de Jesús. Jesus sabe de dónde viene y adonde va, está consciente de cuál es su camino y por eso hace opciones concretas y ponderadas que lo ponen en una dirección precisa: una vida orientada totalmente hacia el Padre.

Por eso es luz para nuestro camino. Seguir a Jesús implica aprender de dónde venimos y a dónde vamos.

Esta enseñanza de Jesús me empuja, entonces, a mirar más allá de mis pequeños y estrechos horizontes de vida. Jesús proviene de un gran anhelo divino y lo mismo ocurre con mi pequeña historia.

¿De dónde vengo, a dónde voy? Puede ser una buena pregunta para comenzar esta última semana de cuaresma. Una estupenda ocasión para tomar las decisiones correctas y proceder con claridad por la ruta que me lleva al Absoluto.

Vamos redescubriendo así los símbolos pascuales. El de la luz es uno de los más fuertes: Jesús es la luz en mi éxodo hacia la plenitud de vida que está en aquel del cual proviene también mi origen: el Padre Dios.