La escena parecía bien ideada por parte de los adversarios: ¿Tú qué dices’. Es decir: ‘Muestra de qué lado estás’. Si Jesús no cae por un lado, cae por el otro. La típica manera de obligar a tomar partido que se convierte en una trampa.

Sigamos el hilo de las tres partes del relato: (1) la presentación de los personajes y la situación, (2) la respuesta de Jesús a los acusadores y (3) el diálogo final de Jesús y la mujer. En medio de todo, el narrador sigue de cerca cada movimiento y palabra de Jesús.

Primero, los personajes

Son tres. Este triángulo narrativo tiene su fuerza dramática.

Por una parte una mujer sin nombre. Ningún rasgo de su apariencia física ni ningún otro dato. No es presentada como persona, sino sólo a partir de la etiqueta de su pecado: adúltera y pillada in fraganti.

A ella la llevan de un lado para otro, como si fuera un objeto, una presa que exhibir para lección de los demás, como alguien que no merecería más que la muerte.

Por otra parte un personaje colectivo, un grupo de escribas y fariseos que la acusan. Se dejan conocer por su oficio y por su radicalismo religioso. Se comportan como celosos funcionarios de lo sagrado, como los que conocen y hacen aplicar las normas al pie de la letra.

Y Jesús, a quien le interrumpen la enseñanza en el templo (8,2) para pedirle un pronunciamiento sobre el caso: ‘¿Tú qué dices?’ (8,5). Casi como si el caso diera ocasión para prolongar su lección.

Junto con la pregunta, le recuerdan a Jesús la ley divina contra el adulterio (Ex 20,14), la cual en Lv 20,10 y Dt 22,22 ordena la condenación a muerte ambos (sí, de ambos).

En este contexto, el poner a la mujer ‘en medio’ (8,3) hace quedar a Jesús en la posición de un maestro que ratifica la enseñanza bíblica y autoriza la sentencia. De hecho, lo interpelan como ‘Maestro’ (8,4).

La pregunta es embarazosa. Es verdad que la mujer se ha equivocado, pero su muerte sería mucho más grave que el pecado del cual la acusan.

¿Cómo responde Jesús?

Segundo, Jesús y los acusadores

El narrador hace notar primero un movimiento físico que realiza dos veces y que abre un intervalo para la reflexión: ’Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra’ (8,6).

Hay un desplazamiento del foco de atención. Con este gesto ahora es Jesús quien pasa al centro, colocándose en el lugar de la mujer.

El movimiento implica también al auditorio, el cual queda obligado (1) a inclinarse, (2) a hacer silencio, (3) a confrontarse sobre la monstruosidad de lo que van a hacer.

Entretanto el narrador deja ver la ansiedad de los acusadores, quienes refuerzan la presión ante el gesto enigmático de Jesús (8,7).

Este gesto no hace más que enfocar y dar el tiempo para reflexionar sobre su respuesta contrastante: ‘Aquel de ustedes que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra’ (8,7).

Según Dt 17,7 los testigos de la imputación deben arrojar la primera piedra.

Jesús reorienta la atención de la aplicación del código penal al misterio de la persona, de la mirada a un pecador al examen de sí mismos. Este desafío irrebatible desmonta la tensión.

La reacción: ‘Se fueron uno tras otro, comenzando por los más viejos’ (8,9). ¿Por qué ‘por los más viejos’? Además, no sólo se escabullen los acusadores sino ‘todo el pueblo’ (ver 8,2).

Tercero, Jesús y la mujer

Despejado el escenario (8,9), como parafrasea san Agustín, ‘permanecieron sólo dos, la mísera y la misericordia’ (‘Com. a Jn’, 33,5).

El relato se enfoca entonces en el tercer movimiento de Jesús: se levanta, a la altura de la mujer, a la altura de su corazón, con respeto y delicadeza, como todo un caballero, y entra en diálogo con ella (8,10-11).

También aquí hay tres detalles.

Uno, la llama ‘mujer’. Es la misma forma con la que Jesús se dirige a su madre en este evangelio (2,4; 19,26).

Dos, le pregunta ‘¿Dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?’. Verifica el fin del proceso condenatorio que la llevaba a su muerte.

Tres, la envía dando inicio a una nueva etapa de su vida: ‘Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar’.

Jesús se comporta como maestro verdadero. Maestro es el que construye vidas.

Jesús no es un juez que condena o absuelve, ninguna de estas dos cosas, sino el maestro que abre caminos optando por una tercera vía: se ocupa de una persona que ha fallado liberándola doblemente: de su pecado y del entorno que intenta eliminarla.

Jesús ve el caso de la mujer desde otro punto de vista: ve la persona con sus potencialidades y un futuro pendiente.

Jesús no la recrimina por lo que hizo sino que la motiva para lo que puede hacer. Jesús no inquiere a la mujer por lo que ha hecho, sino nada más por lo que hará. Jesús no le cambia el pasado sino el futuro que viene.

Abrir caminos nuevos, esto es lo que al final importa. Pocas palabras bastan para renovar una vida.

En fin…

¿Quién es Jesús?

No es un juez sino un maestro de vida. No le pide a la mujer que se humille más ni que vaya a pagar penitencia, ni siquiera le pregunta si está arrepentida. Es uno que ha venido a salvar y en ello que se enfoca.

Jesús aparece como el que abre las puertas de las prisiones y desmonta los patíbulos de condena a las que arrastramos a otros y a nosotros mismos.

¿Quién es la mujer para Jesús?

La mujer aparece como una persona cuya vida está en riesgo. Jesús no se fija de dónde viene ella, sino para dónde va. Para él es la ‘mujer’, la persona con toda su dignidad y potencialidades.

‘No vuelvas a pecar’

Es la palabra final. Vale para la mujer, pero también indirectamente para los acusadores que se han ido. En la parábola del hijo pródigo la corrección quedó pendiente. Aquí es clara.

Jesús introduce una ruptura en la existencia de la mujer, que no está marcada por el arrepentimiento de ella, sino por la misericordia de él.

El relato reposa en esta maravillosa expresión con que Jesús escribe en su corazón la palabra ‘futuro’. Su acto de misericordia marca un nuevo punto de partida inmediato.

Pues sí, esta luminosa declaración final es una expresión de amor y de perdón, los únicos dones que pueden lograr que no haya más víctimas, ni dentro ni fuera de nosotros.