A partir de este momento ante Jesús están ‘los judíos’ (8,22), una expresión que en Juan se refiere a los dirigentes del pueblo.

Es ante ellos que Jesús pronuncia una de sus revelaciones más sublimes: ‘Yo soy’. La misma que acompañó el camino del éxodo desde la revelación a Moisés en la zarza ardiente (Ex 3,14-15) y que se puso en juego, entre fe e incredulidad, a lo largo de toda la ruta pascual.

Jesús quiere atraer a todos hacia la fe en él porque en el creer o no se pone en juego la vida. Creer en el él como el ‘Yo soy’. ¿Qué quiere decir esto?

Primero, cómo se abre camino la incredulidad

Ante todo notemos cómo va creciendo la resistencia ante Jesús. Notemos los tres pasos marcados por el narrador:

Uno: con una murmuración (‘los judíos se decían…’) a espaldas de Jesús malinterpretan sus palabras (8,22). Tuercen el sentido de su dicho sobre su ‘ida’ (8,21), como una probable intención suicida.

Dos: con una pregunta directa a Jesús, ‘¿Quién eres tú?’ (8,25), le lanzan un desprecio. Este evangelio comenzó con una pregunta similar dirigida al Bautista (1,19.21.22), en aquella ocasión la pregunta indicaba cierta apertura a la fe. Pero ahora ocurre lo contrario, el ‘¿Quién eres tú?’ aquí equivale a: ‘¿Tú quién te crees?’.

Tres: con el silencio después de la respuesta de Jesús, comentada por el narrador como de ‘incomprensión’ (8,27), se puede ver lo distantes que están de Jesús. No logran correlacionarlo con el Padre. No se trata de una incomprensión por falta de capacidad cognitiva, sino de indisposición.

Pero al mismo tiempo que una parte de los oyentes se va cerrando ante Jesús, otra parte llega a creer en él al captar la hondura de ‘lo que dice’. El narrador dice que estos son la mayoría: ‘Muchos creyeron en él’ (8,30). Y es con esta luz positiva que termina esta etapa del relato.

Segundo, ¿Qué pasa si uno no cree?

Para el evangelio el no creer es el pecado por excelencia. Es un pecado porque esta actitud es precisamente negarse la vida, es un camino de muerte. Por eso Jesús dice: ‘Morirán…’ (8,21.24).

Es de muerte porque es el cerrarse a la trascendencia, el negarse a sí mismo el futuro que está la comunión con quien nos ha generado y hacia el cual jalona la mayor necesidad de nuestra existencia.

Por eso Jesús urge la respuesta positiva. Como quien dice: ‘Si no lo hacen ahora, cuando se den cuenta ya será muy tarde’.

Algo parecido ocurrió tiempo atrás cuando el profeta Jeremías advirtió al pueblo, pero sólo reaccionaron y reconocieron la verdad de sus palabras cuando ya era tarde, cuando estaban en el exilio (Jr 34,2).

La enseñanza de Jesús distingue entre ‘el pecado’ (en singular, 8,21) y ‘los pecados’ (en plural, 8,24). En singular es el negarse la vida al no creer y en plural se dan las consecuencias: malas opciones cotidianas, rutas desacertadas en la vida que terminan arruinándola.

Tercero, el camino del creer

Un creer que es lo mismo que abrazar la vida que Dios nos da por medio de Jesús.

Hay una pista en la última frase de este pasaje. El narrador le dice al lector que aquellos que creyeron en Jesús lo hicieron al oírlo ‘hablar así’ (8,30). Entonces, ¿qué fue lo que dijo, que atrajo la fe tantos?

Uno. Cuando Jesús habla de su partida deja entender que quien está poniendo el riesgo la vida no es él, sino aquellos que se obstinan en la incredulidad (8,21.24).

Dos. Para entender a Jesús hay admitir la diferencia entre lo que proviene de lo alto y lo que proviene de este mundo.

Tres. Es de lo alto que proviene Jesús. Él es el enviado del Padre, el que es ‘veraz’ (8,26). Y la peculiaridad de su identidad proviene del hecho de que Jesús tiene el mismo nombre con el que Dios se reveló a Moisés en el Horeb: ‘Yo soy’ (8,24).

El evangelista Juan nos ofrece una impresionante proclamación de la divinidad de Jesús al presentarlo como el “Yo soy”: el Dios liberador, como el “Dios de los padres” revelado en el desierto que se pone en acción para rescatar a su pueblo.

En consecuencia, se pide lo mismo que se le pedía al Israel del éxodo: creer en Él y profundizar el camino de conocimiento de su misterio.

Pero es Jesús mismo quien se revela así. Él pronuncia el nombre de Dios con matiz de ternura: ‘Yo soy… Yo estoy contigo’ es el nombre le infunde seguridad a su pueblo. Como en el oráculo de Isaías: “No temas, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera” (Is 41,10; ver 45,1-8; ver también Dt 32,39).

Pues sí, el ‘Yo soy’ está presente en la vida y el ministerio de Jesús. La frase de Jn 8,24 podríamos parafrasearla así: “Soy yo y no otro… yo soy el Dios redentor… aquí está el liberador, la divina presencia, el absoluto”.

Cuatro. Así como viene de lo alto en cuanto enviado de Dios, paradójicamente Jesús volverá a ser puesto en lo alto de su gloria pasando por la elevación en una cruz. Expuesto en la cruz quedará más claro que él es el ‘Yo soy’. (8,28).

Para este evangelio de Juan, el verbo ‘levantar’ (en griego ‘hypsoō’) tiene los dos sentidos de ‘muerte’ y de ‘exaltación’. Esta muerte en la cruz, asumida por amor, probará que Jesús es de verdad el enviado de Dios.

Cinco. ¿Qué ‘expone’ el Crucificado? Precisamente en su muerte ignominiosa se descubre la profunda identidad de Jesús con el ‘Yo soy’, con el Padre Dios que al enviarlo siempre está con él y no lo deja solo (8,29).

En este momento cumbre, Jesús deja ver de una forma increíble cuán honda es su comunión con el Padre.

Sintamos el peso de las convicciones de Jesús repasando sus palabras:

  • ‘Sólo lo que he oído a él es lo que hablo al mundo’ (8,26).
  • ‘No hago nada por propia iniciativa; sino que el Padre me ha enseñado es lo que hablo’ (8,28)
  • ’Yo hago siempre lo que le agrada a él’ (8,29).

Jesús da a conocer entre nosotros lo que desde la eternidad ha escuchado en su diálogo de amor con el Padre. Todo lo de Jesús proviene de ahí y remite ahí.

Y subrayemos esta belleza: ‘Sólo hablo lo que el Padre me ha enseñado’. Jesús se presenta como discípulo del Padre. De ahí su perfecta adhesión al querer de él.

Jesús pinta con palabras una preciosa estampa de su interioridad: él reposa siempre en el amor y el querer prefecto de este Padre y se siente seguro en todo momento de esa presencia suya que le da fortaleza.

La imagen de Jesús discípulo del Padre es sugestiva y única, no hace más que confirmar la identidad total y la perfecta sintonía entre el Padre y el Hijo. Eso es precisamente lo que se entiende por discipulado.

Cuando Jesús llega a este punto, anota el evangelista: ‘Al hablar así, muchos creyeron en él’ (8,30).

Pues sí, el creer brota de la escucha de la palabra revelada por Jesús, quien a su vez ha mostrado lo que es ‘escuchar’ al Padre.

En fin…

¿Notamos el proceso?

Jesús fue llevando a su renuente auditorio paso a paso, desgranando el sentido e implicaciones de su ‘ida’ (8,21). Él hará su camino, pero a donde él va no llegarán quienes se cierran, en cambio sí quienes se permiten descubrirlo.

Y este es el punto de giro decisivo: en la Cruz el “Yo Soy” será exaltado. La contemplación del crucificado nos pondrá ante la divina revelación y suscitará en nosotros un caminar pascual.

En otras palabras, Jesús es el Dios del éxodo que conduce a la humanidad –junto con él- hacia el Padre. Un camino que recorre unido a Él, en una inseparable unidad de amor, de naturaleza, de conocimiento y de voluntad.

El Crucificado nos espera como signo de la máxima epifanía de Dios salvador: Él salva a todos los que lo contemplan con la fe y el amor, abrazando su profundo misterio, como lo harán el discípulo amado y su madre.

Este misterio es el despliegue de una relación intensa, de un amor primero y fundante que él, como buen discípulo del Padre, está en condiciones de transmitir.

Se trata de un luminoso descubrimiento que nos levanta hacia lo alto de Dios, que nos arranca de la lógica egoísta y cosificante del ‘aquí abajo’ que nos retiene, que corona nuestras mas hermosas búsquedas y nos atrae hacia la adoración.