Jn 14,27: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’

Jesús pronunció estas palabras en el cenáculo, en un contexto de angustia, cuando ya apretaba la cercanía de la muerte y había un ambiente de zozobra entre sus seguidores (Jn 14,1).

‘Les doy mi paz’

Cada palabra es significativa: ‘Les doy… mi… paz’.

‘Les doy…’ Ante todo es un ‘don’. El evangelio de Juan muestra la otra cara de la moneda de la bienaventuranza en la que la paz resulta de un trabajo (Mt 5,9). Se acerca más a Pablo para quien ésta es fruto de la obra del Espíritu Santo (Ga 5,22).

El evangelio de Juan subraya esta otra convicción: la verdadera paz es sólo aquella que Jesús puede dar, su punto de partida no es nuestro empeño directo, aunque no lo exime.

Jesús define la paz como ‘mía’, porque es una realidad muy diferente a como la entiende y la construye el mundo.

Es ‘suya’ porque es ante todo el fruto de su victoria pascual sobre ‘el príncipe de este mundo’.

La llama ‘mía’ también porque sintetiza los bienes (el ‘Shalom’) que da a sus discípulos, como…
– la vida: ‘Yo vivo y también ustedes vivirán’ (Jn 14,9);
– el amor: ‘Y mi Padre lo amará, y también yo lo amaré y me manifestaré a él’ (14,21);
– la alegría: ‘Mi alegría estará en Ustedes’ (15,11).

‘Pero no la doy como la da el mundo’

Esta distinción es importante. En la cabeza de la gente generalmente la paz se identifica con acuerdos, con ausencia de conflictos o con una vida sin líos ni problemas.

La de Jesús no es como la que da el mundo porque no coincide con la calma, la quietud de las circunstancias o el normal equilibrio en unas relaciones sociales sin agresión. La paz que da Jesús es otra cosa, va mucho más allá.

Aclaremos todavía que la paz de Jesús se contrapone tanto a aquella que su tiempo conoció en Palestina, la del sometimiento militar con que se autofelicitaba el imperio romano, como también a esa falsa e ilusoria paz que denunciaban los profetas como Jeremías:
‘Pretenden curar el quebranto de mi pueblo diciendo a la ligera: «¡Paz, paz!», cuando no hay paz’ (6,14)

Infelizmente existe una falsa paz, una paz de fachada, y uno puede confundir las cosas.

Lo más parecido a la falsa paz que denunciaban los profetas es la imagen del poner revoque en una pared rajada, pero sin sanar primero la rajadura. A eso se refería Ezequiel:
‘Han engañado a mi pueblo, diciéndole: «Paz» y no había paz. Mi pueblo edifica un muro y ellos lo revocan de cal’ (13,10).

Entonces se habla de paz pero los conflictos siguen vigentes de otra manera, el mal que los genera sigue latente.

Entonces, ¿qué ofrece esta paz que da Jesús?

Es la paz que brota de la toma de conciencia de que mi vida le importa a Dios más de lo que me importa a mí.

Es la paz que no da la espalda al daño provocado por un conflicto, que no obvia las tinieblas del viernes santo sino que las atraviesa sabiendo que nada nos puede arrancar del amor de Dios. Siempre es posible la paz, por muy oscuras que parezcan las fuerzas contrarias.

Paradójicamente la tribulación se convierte en la puerta de la paz porque es superación del mal que la estaba causando. Más aún, es puerta porque es una salida que purifica nuestras expectativas y nos invita a dejarnos sorprender, a descubrir y construir nuevos escenarios.

En fin, en pocas palabras, es una paz ‘pascual’.

Porque es una paz pascual, nace de la cruz y atraviesa los conflictos jalonando hacia un crecimiento. Es lo más parecido a vida nueva.

Un discípulo de Jesús entiende que las tribulaciones se atraviesan pascualmente con la mirada puesta en Jesús que le precede. Sin esa travesía no hay paz real.

Es ahí que se crea una nueva situación donde lo que generó el conflicto empieza a ser superado y, lo más importante, donde la fuerza de la vida extiende sus ramas en todas las direcciones. Esta paz es toda una novedad, siempre grata y sorprendente, que brota de una raíz realmente sanada.

‘Les doy mi paz’

Si los que intentamos seguir a Jesucristo viviéramos realmente en la paz que da el Resucitado, la guerra desaparecería del mundo.