Negación y traición son los dos puntos clave de esta página del evangelio de Juan. En un momento tan sublime en el amor se abre una herida.

Estamos en el corazón de la última cena. El narrador nos lleva a lo que ocurre inmediatamente después del lavatorio de los pies: un gran contraste, al amor fiel del Maestro que se da por entero se contrapone la traición y el abandono por parte de los discípulos. Lo contrario del amor no es el odio, es la infidelidad.

Juan representa con un símbolo cósmico la mentira y la infidelidad de los discípulos, la noche: “Era de noche” (13,30).

La simbólica de la tiniebla es fuerte en este evangelio. Es lo opuesto de Dios que es luz, es escondimiento para no asumir o ser delatado, es ámbito en el que se pierde el rumbo, es imagen del sinsentido, representación del mal.

¿Cómo podríamos aproximarnos a esta página?

Como a un espejo, leyéndolo en primera persona. Admitiendo que todos nosotros siempre podemos fallar, que somos capaces de darle la espalda a Jesús, sea traicionándolo, sea negando la amistad con él.

Judas y Pedro son imagen del discípulo que somos, tanto en lo positivo como en lo negativo.

Pero no olvidemos que el protagonista es Jesús. No es la falla de los discípulos, sin la fidelidad inconmovible del Maestro lo que brilla finalmente.

En ocasiones similares Jesús siempre viene a nuestro rescate para asumirnos como somos, para echarse a sus espaldas, como cordero pascual que él es, nuestras debilidades.

En un escenario que pone en el horizonte la oscuridad en la que se pierde el discípulo, brilla una luz más fuete: la gloria de Jesús: ‘Cuando Judas salió, Jesús dijo:
Ahora es glorificado el Hijo del hombre
y Dios es glorificado en él’ (13,31).

El lado más oscuro de todo ser humano puede ser vencido por un proyecto de Dios que es mucho mayor que su pecado.

Recuperemos en el texto lo propio de cada uno de sus personajes: Judas, Pedro y Jesús.

Primero, Judas: ’Uno de Ustedes me entregará’ (13,21)

De repente pareciera que el camino hasta aquí no hubiera servido para nada. Desde la óptica de los discípulos la convivencia se acaba y se habrán preguntado: ¿Qué es lo que está pasando?

El hecho de que el factor detonante, la traición, no quede oculto es importante. Jesús lo prevé para darle un sentido: el sentido de su amor por nosotros, que no sólo es su opuesto sino su principio liberador, comienzo de una nueva etapa.

Uno. Se destaca que la traición viene de dentro del grupo de amigos: ‘Uno de Ustedes…’.

Dos. Jesús le tiende la mano: ‘Aquel a quien yo le dé un bocado que voy a mojar…’ (13,26).

Mojar un pedazo de pan es para la Biblia un signo de alianza de hospitalidad. Es un gesto que comunica la voluntad de comunión que anima al maestro incluso frente a quien lo va a traicionar.

Es un: ‘Yo te quiero’. ¿Han visto alguna vez a un papá o una mamá sacar de su plato de comida para darle a un hijo suyo en la mesa? ¿Qué se está diciendo?

Jesús llena el aislamiento de Judas. Judas es, en el fondo, un hombre dejado solo.

Lo ilustra bien Mateo 27,,3-5 cuanto que cuando Judas se arrepiente (‘He pecado porque entregué sangre inocente’, 27,4) y devuelve las treinta monedas de plata, las autoridades le dijeron: ‘¿A nosotros qué nos importa? Tú verás’. ’.

Es una manera de decir: ‘Arréglatelas tú solo, es problema tuyo’. Una respuesta así es una verdadera condena.

Jesús no responde así, él entrega un pedazo de pan, tiende la mano. Jesús enfrenta la muerte para que cada vez que una persona se desespere, reciba una buena noticia que le da una esperanza, para que nunca más se diga: ‘Es problema tuyo’.

A Judas le falta una palabra de perdón, de ese perdón que renueva y da vida. Pero le falta la humildad para dejar que la mirada del Maestro se cruce con la suya, la mirada que salvó a Pedro.

Judas creía haberla embarrado totalmente y que no merecía una oportunidad. No había entendido que nada, ni siquiera su traición, habría podido separarlo de aquel que hacía pocos instantes le había lavado los pies, no con agua sino con un baño de ternura y de amor.

Pero tras el bocado entra Satanás y Judas procede según su plan preconcebido (13,27).

Segundo: Pedro: ‘No cantará el gallo antes de que tú me hayas negado tres veces’ (13,38)

Pedro se distingue porque quiere hacer algo por Jesús. Una gran pasión por el Maestro llena su corazón.

Sin embargo, quiere amar sin ser amado primero. No consigue aceptar que es Jesús quien quiere hacer algo por él.

A Pedro le cuesta aceptar su limitación, su pobreza y su necesidad de salvación. Se comporta como la típica persona que no cree necesitar de nadie, ni de mejorar.

Pedro habla con sinceridad, lo que lo mueve es el amor por su amigo Jesús, pero deja sentir su tono presumido: ‘¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti’ (13,37).

Esto de que dará su vida por Jesús es sincero. Es lo que ocurre cuando uno le dice a un amigo que uno está dispuesto a hacer lo que sea por él, que puede contar con uno para lo que necesite.

¿No se parece también a lo que se prometen los contrayentes cuando se casan: jugarse la vida el uno por el otro? ¿Y cuánto dura?

Nos habita una sinceridad de fondo cuando hablamos así. Sin embargo, no siempre somos conscientes de nuestra fragilidad, de que ese amor necesita vitamina, de que solos no podremos sostener las promesas.

Aún siendo sinceros ocurre que no somos verdaderos porque no somos realistas. Se nos escapa una comprensión real de nosotros mismos.

Jesús le pide a Pedro que dé el paso de la sinceridad a la verdad. En ese instante, de hecho, ignoraba sus zonas sombrías, sus debilidades escondidas, su inconstancia no admitida.

Jesús le hace entender que él no es mejor que los demás, que también a él le espera un tiempo de crisis.

Pedro debe entender que uno no puede ser misionero del evangelio si no hace primero y hasta el fondo una experiencia concreta de la misericordia de Dios.

Sin eso, uno no puede desarrollar la comprensión y la misericordia con los límites de los hermanos, sea en la comunidad o fuera de ella.

Tercero, Jesús: ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre’ (13,31).

En contraste con la noche brilla la luz de Jesús. Se puede ver en lo que hace por Judas y por Pedro.

Jesús no se limita a señalar quién es el traidor y a predecir una negación, quiere salvar a Judas de su desesperación y a Pedro de su autosuficiencia.

En esta ocasión los apóstoles no se examinan a sí mismos para descubrir la tiniebla que uno puede llevar por dentro, al traidor que podemos ser. Ellos prefieren mirar a los otros.

Ante la noche que habita el corazón de Judas y ante la fe ingenua de Pedro, Jesús anuncia su glorificación.

Precisamente en el peor momento de su vida, Jesús ve la posibilidad concreta de poder manifestar la gloria del Padre, de dar testimonio de que sus palabras son verdaderas.

El momento es trágico, pero parece que poco importa. Vino al mundo a salvar y lo hará.

Uno: con Judas

Judas está perdido, ¿pero no fue precisamente para eso que vino el Mesías para salvar lo que estaba perdido?

¿Y qué hace para salvarlo? Le da un pedazo de pan, o sea, una seña de su amistad y de su fidelidad.

Pero Judas interpreta este gesto afectuoso de forma equivocada y huye del amor que se le ofrece, corre en dirección de la tiniebla que ya había empezado primero en su corazón.

Dos: con Pedro

¿Qué hace Jesús por Pedro en un momento tan dramático como este, cuando trata de mostrar que es el mejor del grupo, el primero de la clase?

Lo confirma en que será el primero, sí, que le “seguirá más tarde’ (13,36).

Pero lo hará después de haberse confrontado con su propio límite, con su debilidad, y de haber aceptado en esa herida el amor salvífico de su Maestro.

En fin…

Un episodio que nos muestra un cada vez más solo, cada vez más cercano a la muerte y, peor, incomprendido por sus seguidores, quienes deberán vivir todas las vicisitudes de la pasión y de la resurrección para llegar finalmente a entender la verdad del mensaje de Jesús con toda su grandeza.

Jesús aislado e incomprendido, en medio de una situación de engaño por arte de sus amados. Pero también los discípulos quedan solos. Sólo hay uno que permanece: el discípulo amado, quien recuesta su cabeza en el pecho de Jesús (13,25).

En nuestra vida la incomprensión, la falta de perseverancia e incluso el abandono, a veces es una compañera constante, un velo que oscurece nuestra mente y nuestro corazón ante la palabra y la persona de Jesús.

No es fácil vivir en un continua relación con Dios. Lo dejamos solo como hicieron los apóstoles después de la cena.

Pero la fidelidad del Señor es más fuerte. Judas y Pedro son invitados a aprender a apoyarse en el amor del amor más fuerte, la gloria que irradia del Crucificado.

Jesús tiende la mano. Si nos aferramos a la Cruz, entonces seremos tomados también por la fuerza de su resurrección, que tiene el poder, sin que sepamos, de remover la piedra de nuestros sepulcros y de hacer entrar la brisa fresca de la mañana, su gloria resucitada, renovadora la vida y fortalecedora del seguimiento fiel.