Varias veces el evangelio narra cómo Jesús aprende de las mujeres. Y este es uno de los casos.

Vemos a Jesús en la escuela de una mujer, en la casa de los amigos de Betania, donde toma impulso el exceso del amor representado en una unción en la que un perfume caro se esparce completamente.

Los textos escogidos por la liturgia de aquí hasta el jueves están ambientados en el escenario de la mesa y en todos se destacan los ‘excesos’.

La mesa es signo de comunión, de relaciones profundas. En ese marco saltan a la luz las pasiones humanas, positivas y negativas. Y allí mismo Jesús expresa también lo distintivo de su vinculación con los suyos.

En este ambiente en que el amor se vuelve concreto, las expresiones y sus excesos pueden ser mejor calibrados.

El narrador enfoca los contrastes: Después de contextualizar (12,1-3), expone el insólito gesto de María de Betania (12,4-8), la crítica por parte de Judas (12,4-6) y la defensa que hace Jesús (12,7-8). Luego comenta las funestas consecuencias que tienen para Jesús y para Lázaro la afluencia de judíos curiosos (12,9-11).

Intentemos una reconstrucción:
– En el centro está Jesús, a sus pies se sitúa María, quien lleva a cabo un gesto de extraordinaria ternura con el cuerpo de Jesús.
– En el fondo se escuchan las críticas de Judas.
– Viene enseguida la palabra de Jesús que elogia a la mujer.
– Finalmente, más distantes, un grupo se asoma por otra razón: ver a Lázaro resucitado; lo cual suscita el recelo de las autoridades.

Dos movimientos internos fundamentales marcan la dinámica narrativa: el amor de los amigos que lo comprenden y lo honran (12,1-4) y el desamor de los adversarios que no lo comprenden y lo ven como una amenaza (12,5-11).

Primero, el amor en exceso

María rinde su homenaje a Jesús con un gesto cariñoso: lo unge con perfume de la mejor calidad (nardo puro importado) y en abundante cantidad (un litro) (12,3). Su costo es de “trescientos denarios” (12,5), el equivalente de la ganancia de un año para un trabajador del el campo.

Para la precaria economía de la época ¡era mucho dinero! No es extraña la crítica: gastarlo en perfume y además usarlo todo de una vez.

María no pronuncia ni una sola palabra, ni siquiera a Jesús. Pero el lenguaje de su gesto hecho con parsimonia es tan elocuente que Jesús y Judas le darán voz.

El de María es un amor por Jesús que se desborda completamente: don total, sin reservas, con delicadeza, sin esperar nada.

María está completamente absorbida por Jesús y convencida de que por él se puede ‘perder’ todo, como hace con este perfume carísimo.

El gesto es el reflejo de una opción: para María no hay nada más importante que la persona de Jesús. De esta manera entra en el misterio de Jesús y abre las puertas del sentido de su pasión.

Con todo, la opción por una existencia marcada por la centralidad de Jesús, por la dedicación exclusiva a él, por su palabra y su persona, no es entendida por todos.

Cuando miramos el panorama, ¿no es verdad que no todo mundo entiende y aprecia la opción de hombres y mujeres que dedican su vida entera, a costa de grandes renuncias, al Evangelio?

Segundo, un amor incomprendido

Judas tiene otro punto de vista, habría preferido que el perfume hubiera sido vendido para dar el dinero a los pobres (12,5). Para él la de María parece una opción irresponsable.

Algo parecido había ocurrido en otra escena donde esta misma María es confrontada por su hermana Marta. Para ella su dedicación a Jesús es irresponsable porque le carga a ella sola las tareas de la casa (Lc 10,40).

En esta otra ocasión se piensa en un desperdicio de recursos que podrían ser mejor utilizados para aliviar la pobreza.

Pero enseguida tanto el narrador, como el mismo Jesús, dan otro registro interpretativo.

Uno. El narrador…
– En confidencia con el lector, informa que la crítica proviene de ‘uno de los discípulos’ (12,4), de alguien de dentro que debía comprender mejor a Jesús.
– Retrata a Judas como el responsable de la economía del grupo y como un ladrón (12,6), como uno que piensa más bien en sus intereses: no le interesan los pobres sino el dinero. Y es que también, tristemente, se pueden hacer finanzas a costa de la causa por los pobres.

Pues bien, Judas protesta porque el perfume vale trescientos denarios, pero venderá a Jesús por mucho menos, apenas por treinta. ¿Qué valor tiene Jesús para él?

Dos. Jesús por su parte…
– Hace notar la incapacidad de Judas de ver más allá.
– Lee el gesto de María como anticipo de la unción en su muerte (12,7).
– Corrige la manera de entender el compromiso con los pobres (12,8).

La frase “porque pobres siempre tendrán con ustedes” (12,8) es un eco de Deuteronomio 15,11. No les cierra la puerta, sino todo lo contrario. No es que Jesús le pida a Judas que no socorra a los pobres, sino que los asuma en la comunidad, que los tenga consigo.

Tres, un contraste evaluativo

María de Betania y Judas son dos figuras opuestas:

Uno, María, la amiga fiel, unge a Jesús con precioso perfume; mostrando el valor que tiene su vida; Judas, el amigo traidor, provoca la muerte.

Dos. María lleva a cabo un gesto totalmente generoso y gratuito; Judas da a entender con su crítica que es esclavo del dinero.

Tres. La unción silenciosa de María, transparencia de su amor, hace que la casa se llene de la fragancia (12,3); cuando Judas abre la boca crea un clima asfixiante que delata sus turbias intenciones de fraude.

Jesús aprecia el gesto de gratuidad absoluta de la mujer, su generosidad sin límites, su don amoroso, su delicada ternura.

Esta anticipación a su sepultura arroja una luz sobre el sentido de la cruz. ¿En qué consiste?

La mujer da una lección: no guarda nada para ella. Podría haberse limitado a derramar unas cuantas gota que habrían bastado para honrar al huésped; se habría ahorrado, incluso, la crítica que la tachó de irracional.

En cambio, ella ilustra bien lo que significa el hecho de que nada surge de nuevo en la vida cuando uno se limita a la lógica de ‘esto basta’. El amor nunca es bastante.

En fin…

En Betania, en la escuela de la donación sin medida de una mujer, toma impulso lo que Jesús luego hará en la última cena con sus discípulos y en la cruz. El gesto quedará impreso en la memoria de Jesús y lo repetirá.

El mismo evangelista lo resume así: ‘Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’ (13,1). Lo llevará a cabo en el lavatorio de los pies de los suyos, incluso del traidor, y en el derramamiento de su propia sangre que purifica.

También en esta semana santa podríamos intentar llevar a cabo algún gesto como el de María, de pura gratuidad: media hora de adoración, un pequeño servicio de voluntariado donde hagan falta manos, un ramo de flores para un amigo que está triste…

Pues sí, ¿por qué no ensayar algo totalmente gratuito, sin segundas intenciones, que sea testimonio de nuestro deseo de imitar a este Dios que se da sin medida, sin cálculos, ofreciendo su vida por nuestra salvación?